De acuerdo, queda admitida la protesta. Este producto está básicamente destinado al consumo de los numerosos incondicionales del maestro, léase lynchianos convencidos como el que suscribe y escribe este intenso y (así lo espero) acertado comentario. Si alguno de vosotros o alguna de vosotras (esto de la igualdad terminológica ya me está tocando los webs) anda por el mundo convencido (paso) de que en esto o aquello del cine lo ha visto todo, pues, ejem, siento enmendarle la plana ya que su creencia no puede ser más la antípoda de la auténtica realidad. De igual forma artística, si alguien sostuviera que la cima de lo "crípticamente escheriano" lo colmaba  su anterior Mulholland Drive, pues que se vaya haciendo a la idea de que sus estructuras mentales van a ser pulverizadas en un tiempo dilatado y contraído (cuántico) tan despreciable como eterno, que no es otro que el articulado mediante las n-dimensiones paralelas, psíquicas y en profundidad creciente que el genio cocina a fuego (camina conmigo) lento durante las tres horas cinematográficas más alucinantes y alucinadas de los últimos años oscuros. Sí, habéis acertado, estoy hablando de la última obra maestra del incomparable, inigualable, inimitable y siempre inquietante David Lynch: Ese monumento onírico, lisérgico, metalingüístico, enigmático, esquizoanalítico y enrevesadamente desconcertante que es Inland Empire. La libertad del cineasta en esta su probablemente obra más radical tanto en planteamientos como en resultados es total y absoluta, sin concesiones a nada ni a nadie, pasando olímpicamente de los gustos más convencionales del respetable, con el supuesto objetivo (es un decir) de ir convirtiendo progresivamente sus imágenes en un dédalo imposible con solapamiento de estructura de cajas chinas articulado sobre canales de comunicación soterrados entre las representaciones más ocultas de la dimensión inconsciente de la psique. Dicho así puede parecer un galimatías imposible de descifrar aun poniendo mucho empeño en dicho propósito. Pero que nadie se llame a engaño. Es un galimatías imposible de descifrar, maravilloso y endiabladamente ensamblado a prueba de cualquier intento voluntarioso de descomposición en partes lógicas articulables. Lynch destruye deliberadamente el poder del guión con argumento y se limpia el culo (perdón, el lynchano) con él, desterrando los imaginarios e hipócritas trampantojos de las producciones comerciales hollywoodieneses que asolan las salas oscuras de todo el mundo. Lynch se ha propuesto narrar desde/para/por la pura imagen en movimiento como la auténtica, la única forma en realidad de acceder a universos emocionales y mentales bizarros que de otra manera sería imposible abordar sin traicionar las auténticas leyes que rigen el funcionamiento psíquico del material inconsciente. Las frases que emiten los personajes son icebergs que apuntan a otras referencias de la película que las resignifican y otorgan nuevos sentidos lanzados también en dirección futura, si es que hablar en esos términos temporales puede tener algún sentido concreto dentro de ese universo multiplicado y desbocado (precisamente esa percepción de intemporalidad de la pesadilla la obtiene Lynch a base de tratar pasado, presente y futuro como una sola y única realidad temporal); un universo que a la vez destila una i-lógica (léase lógica imaginaria) tan matemáticamente perversa que nos hace pensar (es sólo una ilusión más) en un nebuloso mecanismo de relojería responsable de todos y cada uno de los movimientos de los actores, verdaderas sombras dentro de un teatro de inescrutable opacidad.

Hay muy pocos directores capaces de crear una atmósfera desasosegante, enigmática y perfectamente reconocible como fruto genuino de su estilo con tan sólo un plano de duración muy escasa, dos sombras y el adecuado sonido acompañando al conjunto. Es lo que necesita Lynch para sumergir al espectador desde los primeros segundos en una realidad alternativa. Este prestidigitador portentoso nos azota nuevamente con su propuesta más radical hasta el momento, agotadora, profundamente autorreferencial y al tiempo creadora de nuevos matices dentro de un lenguaje del misterio que parece no agotarse jamás cuando es ejecutado con la potencia con que lo hace el maestro. Lo ha logrado una vez más. Puede que, tal y como reconoce en un momento de la película una extraordinaria Laura Dern, la frase "no sé que pasó primero y creo que me ha jodido la cabeza" tenga algo que ver con el propio proceso creativo del director. Algo extraño, oscuro, perversamente maravilloso y sin duda genial bulle en las anfractuosidades de ese cerebro torturado capaz de producir mundos oníricos y cabalísticos de este calibre.

No pares David, por favor, continúa exprimiendo tus neuronas más (o menos) psicoanalizables para que expulsen todo el fuego y la angustia contenida en el vacío de un agujero por el que asomarnos al abismo insondable que nos habita. Demos, pues, las gracias a un creador total, a un hombre que lo arriesga todo en cada una de sus propuestas cinematográficas y que nos hace experimentar el cine como un territorio no finado, alternativo, con miles de posibilidades todavía abiertas para quien se atreva todavía a desviarse de los caminos más comerciales y esperados, sin concesiones, en un más que loable intento por ofrecer un discurso límite entre lo narrativo, lo metanarrativo y lo puramente artístico, aprovechando las nuevas posibilidades ofrecidas por la tecnología digital y sin renunciar jamás a la emoción abstracta extraída a base de dirigir con suma habilidad a unos actores de raza. El resultado, reitero, es siempre fascinante, un vector de fuerza resultado de extrañas componentes, síntesis de la preponderancia de una fantasía totalmente liberada de las habituales ataduras impuestas por la coherencia racional, pero manteniendo también un necesario contacto con los mecanismos de conducta sujetos a la posibilidad de predicción, que son a su vez la materia donde poder manifestar y plasmar esas recurrentes obsesiones que acaban tejiendo alrededor nuestro una alambicada y opresiva tela de araña en la que nuestros deseos más inconfesables relacionados con el sexo y la violencia quedan atrapados como moscas. Claustrofóbica, densa, laberíntica, libérrima en todos los sentidos y sinsentidos, Inland Empire es la culminación lógica de una carrera coherente y fiel a unos planteamientos artísticos tan singulares como insobornables, la creación definitiva de un alquimista de la imagen comprometido con su forma de entender tanto la creación artística -también es un nada desdeñable pintor y poeta influenciado por artistas de la talla de Poe o Bacon- como la propia vida: posiblemente para él una y la misma cosa.

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INLAND EMPIRE de David Lynch
Fecha de publicacin: 2009-06-11 01:06:18, por Adrin Martnez Buleo   (visto: 2105 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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