EL FUEGO FATUO de Louis Malle (1963)

El maestro francés Louis Malle nos regaló con esta joya una de las cintas más lúcidas y desesperadas de la historia del cine, todo un recital interpretativo de Maurice Ronet al servicio de un hombre que ha decidido suicidarse y antes de cumplir su objetivo decide pasar revista a su existencia aproximándose por última vez a quienes fueran amigos y compañeros, en busca tal vez de un significado que pudiera salvarle pero que definitivamente no llega. Ese doloroso periplo le enfrentará a él, y a nosotros con él, a toda una serie de alternativas vitales, las nuestras, incapaces de paliar en el fondo un sentimiento de vacío ante una realidad extraña y absurda que se escapa entre los dedos como arena de un desierto interminable. Todo narrado con una extremada sensibilidad poética que se fundamenta tanto en la excelsa fotografía en blanco y negro lograda por Ghislain Cloquet como en la melancólica cadencia aportada por la música de Erik Satie. Una obra maestra absolutamente radical.

 

DEJAD PASO AL MAÑANA de Leo McCarey (1937)

Fue y continúa siendo para muchos uno de los grandes directores del Hollywood clásico, sí , de esa maquinaria artística capaz de hacer más de cincuenta obras maestras en un solo año. Sobrio, sencillo pero jamás simple, escueto, sabio, sentimental sin caer en ningún tipo de sentimentalismo, el gran Leo McCarey firmó esta auténtica joya, hoy considerada a la altura de los “Cuentos de Tokio” de Ozu, con su estilo habitual, sin ternezas innecesarias, sin subrayados cargantes, yendo pues a la esencia de la emoción al entrar de lleno en la última fase vital de una pareja de ancianos que se verá obligada a experimentar una situación verdaderamente patética y dolorosamente actual: afrontar la penuria económica mediante la forzosa separación y siendo acogidos por unos hijos que viven esa responsabilidad como una carga indeseada y frustrante. La dirección de actores es magnífica, igual que la precisa puesta en escena, con una cadencia perfecta en el uso del espacio y del tiempo, y todo ello para potenciar de una manera honda y verdadera los sentimientos que surgen de la pantalla para alcanzarnos de lleno en pleno corazón, conmoviéndonos hasta los tuétanos. Welles decía que con esta película lloraban hasta las piedras, y tenía razón. Si en determinados momentos de la cinta y, sobre todo, en la última media hora no te embarga una profunda e incontenible emoción entonces puedo proporcionarte un buen psicoanalista porque a buen seguro lo precisas. Un clásico que no te puedes ni debes perder.

 

LA CUESTIÓN HUMANA de Nicolas Klotz (2007)

Esta es una película dura, densa, oscura y profundamente lúcida para todos aquellos que no deseen continuar con los ojos bien cerrados (o cerrados de par en par que diría el maestro Kubrick) en lo que se refiere al mundo empresarial y sus ponzoñas. El protagonista, en efecto, es un psicólogo del trabajo encargado de la selección y evaluación de los empleados y cuyos consejos han servido para efectuar una importante “reestructuración” dentro de la empresa traducida en despidos masivos y un incremento de la ratio productiva. Ahora se le encarga una turbia misión consistente en evaluar al director general del ente privado, que últimamente ha dado muestras de cierto desequilibrio al menos conductual a través de comportamientos imprevisibles o extraños. Lo que el psicólogo, magistralmente interpretado por el actor y también director Matthieu Amalric (La escafandra y la mariposa), encuentra en su búsqueda no lo desvelaré aquí, pero digamos que es la piedra angular de un discurso reflexivo y muy crítico con las tácticas de poder, dominación y alienación presentes en el propio lenguaje utilizado por el sistema empresarial a la hora de tomar decisiones relacionadas con los supuestos recursos humanos de que se alimenta. Al establecer una esclarecedora relación entre el lenguaje tecnificado, supuestamente objetivo y neutral, utilizado por la subalterna psicología industrial y la jerigonza economicista al servicio de los intereses productivos guiados por el objetivo de la rentabilidad económica y la obtención desmesurada de beneficios materiales, y otro tipo de lenguaje igualmente atiborrado de tecnicismos que sirvió para describir pormenorizadamente metodologías de exterminio real de miles de personas, la película logra alcanzar una hondura que da vértigo y pone de manifiesto un peligro más que evidente, absolutamente real: De nuevo, y casi sin que seamos conscientes de ello, se está utilizando el lenguaje como arma de destrucción masiva, ocultando la verdadera y dramática realidad humana mediante la elaboración de informes sancionados por toda una supuesta legión de expertos y tecnócratas cuya función principal es la de soslayar la auténtica responsabilidad del horror provocado por aquellos que detentan el poder y lo usan sin ningún tipo de cortapisa, es decir, estamos asistiendo a la proliferación de oscuras estrategias de saber-poder amparadas en una falsa neutralidad pseudocientífica y que están destruyendo ante nuestros ojos los últimos resquicios de humanidad presentes en un entorno tan despiadado e hipercompetitivo como el del mundo empresarial. Si a todo ello unimos que tal despropósito viene avalado por políticas medrosas que hunden sus raíces en tales lodos, nos haremos una idea aproximada de la magna y creciente gravedad del asunto, de muy difícil detección y peor solución. Esta gran película, valiente, arriesgada, sin concesiones, se atreve con tan espinoso asunto y provoca la reacción buscada: Dolor, indignación y lucidez. Necesaria.

 

SED DE MAL de Orson Welles (1958)

Que Welles era un auténtico genio hoy por hoy nadie lo pone en duda. Pero lo era tanto que sus coétaneos miopes, en este caso los productores de la Universal, fueron incapaces de valorar lo que tenían delante de sus ojos y se aplicaron a cortar y montar a su normalizada manera, a lo cual el director respondió airadamente y desde ese mismo instante se acabó su relación (siempre fue mala) con Hollywood y algunas de sus imposiciones más sonoras. Por fortuna sí podemos disfrutar de un montaje bastante aproximado a la idea original concebida por el realizador, y se nos aparece entonces una película apabullante en su iniciativa, disruptiva en su concepción, magistral en todos los aspectos narrativos y formales, y, finalmente, tocada por una mente privilegiada que con apenas siete años interpretaba Shakespeare en un juego de teatro representando todos los papeles de sus obras. No hacía cine, Él era el Cine, y tal vez su auténtica tragedia fue la de ser un adelantado a su tiempo, un visionario genial que halló obstáculos por doquier y dio en innumerables bajíos para sacar adelante su incomensurable arte. Pero lo hizo, unas veces solo, en otras ocasiones gracias al apoyo de reconocidos actores como Charlton Heston que en esta ocasión interpreta con su habitual solvencia a un policía mejicano de frontera envuelto en una sombría y compleja trama de poder, traición, corrupción y violencia, temas todos ellos tratados por el maestro a lo largo de su indispensable filmografía. Cine negro reinventado, puro cine en definitiva, que puede degustarse con fruición siendo una vez más epatado por ese arranque memorable, un plano secuencia que ya forma parte de la intemporal historia del cine. Obra Maestra, Clásico y todo lo que queráis añadirle: os faltarán adjetivos.

 

TRISTANA de Luis Buñuel (1970)

Resulta que Luis Buñuel ha sido uno de los realizadores más grandes dentro de la historia del Séptimo Vicio. Y toda su filmografía, incluida esta auténtica maravilla considerada una obra menor dentro de la misma, así lo demuestra. Para mí de menor no tiene nada (también estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera), pues adapta una complicada obra de Benito Pérez Galdós llevándosela a su terreno, siendo fiel a unos postulados estéticos capaces de cruzar con éxito un naturalismo de piedra –la sólida gravidez toledana– con un onirismo crítico preñado de simbolismo y de un misterio inagotable productor de múltiples capas de sentido. El resultado es, pues, deslumbrante, cegador, de una inusitada y cruda belleza, trágica e irónica al unísono, y cuyos mimbres se tejen a partir de un guión prodigioso y una interpretación, la de Fernando Rey, de esas que no se olvidan fácilmente y quedan evidentemente para el recuerdo. Frente a tanto diletante seudovanguardista, tanto cafre filmando su ombligo para hacer pasar por ultramoderno lo que no es más que paja mental, tanto memo disertando acerca del espacio y el tiempo sin haber comprendido su concreto manejo observando a los grandes maestros del siglo pasado, y, en fin, ante tanto postulante a genio sin verdadero talento ni originalidad, de nuevo aquí un cineasta total que con esta maravilla vuelve a dejar obsoletos a todos esos aficionados que denuestan el pasado per se y se invisten de una supuesta radicalidad sin haber llegado a comprender que para crear y subvertir antes es necesario conocer y dominar. Magistral.

 

MARGIN CALL de J. C. Chandor (2011)

Alguien sugirió que esta cinta despedía olor a Shakespeare. ¿Cómorrr? ¡Pues claro! ¿Acaso no son el poder, la traición, la codicia o la culpa temas estrellas que el bardo inglés no se cansaba de tratar una y otra vez con inusitada fortuna literaria? Su vigencia, en efecto, es total, y a fe que recomiendo devorar esta película tras el visionado de “La cuestión humana” porque de esa forma se nos borrará definitivamente cualquier atisbo de optimismo respecto al ser humano, solo o en relación, individual o colectivamente hablando. Y a pesar de todo… capaz de crear arte con mayúsculas y dar con la explicación inflacionaria del Universo tras el Big Bang… o en este caso durante los instantes iniciales de su reverso tenebroso, un Big Crunch económico originado en los sótanos de la ambición desmesurada, en las cloacas del cinismo y el dolo, en los fangos deletéreos del poder financiero y, más aun, en la sombría tramoya de la representación humana. Desde el despido laboral masivo con que da comienzo la obra, seguido por la falsía calculada presente en el discurso del lúcido pero a la postre hipócrita personaje magistralmente interpretado por Kevin Spacey, pasando por el descubrimiento de la Gran Mentira anidada en los activos-basura, la tensa y desasosegante toma de decisiones comandada por un tiburón (grande Jeremy Irons) a la altura del amoral Gekko ideado por Oliver Stone, hasta, concluyendo, el pesimista pero absolutamente real desenlace de la tragedia, todo, repito, todo huele a inflamable verdad en esta cinta que no deja títere con cabeza colocando las cartas boca arriba a modo de espejos donde puedan quedar definitivamente reflejados nuestros más oscuros temores y nuestras más inconfesables complicidades. Esta sí es una película de terror. Tal vez porque lo que cuenta con admirable precisión imaginamos que sucedió exactamente así y, sobre todo, bien con diferentes máscaras o bajo distintas coyunturas socioeconómicas, estamos seguros de que no dejará de suceder jamás. Imprescindible.

 

LAURA de Otto Preminger (1944)

Preminger durante mucho tiempo fue considerado un director importante pero menor, lo cual, afortunadamente, cambió de forma radical al ser conscientes muchos cineastas (entre ellos alguno de la Nouvelle Vague) de la deuda contraída con el maestro en cuanto a la modernidad de ciertos planteamientos narrativos se refiere (“Buenos días, tristeza” con Jean Seberg precisamente). Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de la excelencia de esta grandísima película, un envoltorio de cine negro para una historia dura y sin concesiones acerca de la fascinación de la feminidad y los oscuros semblantes del deseo en torno a ese misterio insondable encarnado en la preciosa figura y el luminoso rostro de una maravillosa Gene Tierney. También la sombra de Pigmalión se cuela en la alambicada historia de la mano del escritor y columnista excelentemente interpretado por un Clifton Webb en estado de gracia, un altivo y refinado personaje con más oscuros que claros cuya enmascarada debilidad sexual, de la que su desmedido y obsesivo afán de posesión es una consecuencia lógica, le hará concebir la absurda idea de control e inmovilidad absolutos de la persona amada en un intento desesperado por detener el tiempo (los relojes tienen una gran carga simbólica dentro del escenario) y, con él, la irrefrenable movilidad del deseo. Compleja, inteligente y caleidoscópica, la cinta de Preminger es todo un regalo para el paladar cinéfilo y una inmejorable ocasión para volver a disfrutar con probablemente la película de la que el gran director afirmaba sentirse más orgulloso. No me extraña. Magistral.

 

THOR de Kenneth Branagh (2011)

Lamentable incursión la efectuada por el prestigioso actor y director Kenneth Branagh en el universo del cine de acción vía adaptación de uno de los superhéroes más emblemáticos de la factoría Marvel, THOR, el dios del trueno y uno de los famosos Vengadores, que en lugar de ofrecer un espectáculo solvente y vibrante se pierde incomprensiblemente en lánguidas ínfulas autorales a medio camino entre lo que se pretendía y lo que no se supo o quiso hacer. Y es que Branahg, el hamletiano prohombre de la marca “Shakespeare”, trata de aunar inútilmente una historia de trágicas reminiscencias –qué desprovisto de verdad y emoción resulta todo, desde el sueño de un Odin penosamente encarnado por Sir Anthony Hopkins hasta la usurpación del trono operada por el hermano traidor, con ese inexplicable tour de force penitencial incluido dentro de una trama que rápidamente desapega al espectador al mostrar sin pudor todas sus carencias–, de carácter más introspectivo, con otra poblada de fuegos artificiales y explosiones varias en una mezcla tan imposible como inútil, y que deja la rasposa sensación de lo impostado, una solemne y ensoberbecida badajada a cargo de un reputado cineasta y a expensas de la inteligencia que le presuponemos y que presuponemos que él asimismo nos presupone. Kenneth, majo, haz lo que sabes y no vuelvas a exponerte ni a exponernos a este vergonzante sonrojo porque ni tú te lo mereces ni nosotros, que te admiramos sinceramente (ahí están su magistral versión de “Hamlet” o esa maravilla que es “En lo más crudo del crudo invierno” para demostrarlo), necesitamos sufrir más de lo debido. Por cierto, este actorazo (ironía amigos) que es Chirs Hemsworth, ¿no creéis que pueda estar influyendo negativamente en las ya de por sí mermadas dotes interpretativas de la Pataky? ¿Qué tal ambos en lo último que quizás esté ahora mismo perpetrando Bigas Luna?

 

SAL GORDA de Fernando Trueba (1983)

Tras el, imagino que también para Trueba, inesperado éxito que en su momento obtuvo su fresca y desenfadada “Ópera prima”, el director español enfocó un nuevo ataque al público repitiendo fórmula y actores, los impagables Óscar Ladoire y Antonio Resines, dentro de una rocambolesca historia sazonada con humor absurdo y sátira comedida, donde acaba tratándose con cierta condescendencia aquello que en un principio parece que será puesto como chupa de dómine, y para nada, ofreciendo a la postre un divertido envoltorio con algunos momentos ciertamente desopilantes como la surreal entrevista que una joven Carmen Maura le realiza en televisión al compositor tarumba. Desde nuestra óptica actual, una mirada entre nostálgica y desencantada hacia un país que en aquellos años explosionaba de vida y creatividad gamberra, canalla en ocasiones y que en no pocos casos terminó en trágicos excesos, pero que se abría a un mundo de posibilidades, ilusiones y cándidas esperanzas de cambio que, como el transcurrir del tiempo se ha encargado desgraciadamente de ilustrar, no siempre llegarían a buen puerto ni se materializarían con la íntegra transparencia que algunos de los falsos prebostes de la época aseguraban encarnar o, al menos, representar. Silvia Munt conduciendo un dos caballos rojo: Imposible resistirse a este encanto vintage.

 

AGUAS PANTANOSAS de Jean Renoir (1941)

Poco conocida e incluso valorada es esta maravilla absoluta del maestro Renoir, un auténtico homenaje al cine de otro grande, John Ford, sobre todo en cuanto a ciertos aspectos temáticos se refiere, porque luego, claro, está la dirección del propio Renoir, su inconfundible estilo casi transparente, ligero, fresco, ágil, capaz de transmitir realidad y vida con esa atención a los detalles tan característica de su cine, logrando incluso que esa vital expresividad se traslade con acierto a la interpretación del gran Dana Andrews, un actor habitualmente mucho más constreñido y tal vez menos natural en sus inmensos e innumerables personajes. Renoir, pues, insufla aliento poético y emoción a un relato sombrío y asfixiante, con el amenazante pantano y sus alimañas como telón de fondo para una historia de condenas y violencias donde al final, paradójicamente, se tiende hacia una lectura más rouseeauniana del conjunto, contraponiendo con sumo acierto la naturaleza salvaje pero “buena” frente a una supuesta humanidad más civilizada pero esencialmente corrupta. Más allá del esquematismo de la propuesta se alza este cine sublime con el que acceder sin cortapisas a las esperanzas más luminosas que fermentan en el corazón humano.

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Fecha de publicación: 2012-09-03 08:09:22, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 846 veces)   (a 1 personas les ha parecido interesante)
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