Fraude de Orson Welles (1973). Ensayo cinematográfico lúcido e irónico acerca de la creatividad artística y sus muchas trampas y artificios. Welles se desnuda ante la cámara y los espectadores para ofrecernos algunas de las claves por las que la ilusión fabricada puede llegar a ser considerada obra de arte. ¿Qué es copia y qué original en un mundo dominado por la repetición en serie y la falsificación de la vida? La vida como simulacro, el arte imitando la vida y viceversa. Todo un deleite para los sentidos y la inteligencia. La enormidad creativa de Welles era capaz de suplir cualquier limitación, de medios, técnicos, actores, lo que fuera, y es una lástima que su anhelado proyecto para filmar "El Quijote" jamás llegara a buen molino. En definitiva, FRAUDE es uno de los más lúcidos trabajos acerca de el arte de la ficción y la ficción del arte.

 

John Sturges: Duelo de titanes (1957). El responsable de "Los 7 magníficos" nos deleita una vez más con este maravilloso filme que muy posiblemente, junto a otros como "Centauros del desierto" de Ford o "Sin Perdón" de Eastwood, se halle entre los mejores westerns de la historia. La materia de la que se nutre es el mítico duelo que tuvo lugar en OK Corral en la ciudad de Tombstone entre el clan tribal de los Clanton y el núcleo familiar duro encabezado por el inflexible y orgulloso Wyatt Earp. Sin duda es la mejor aproximación a aquel trágico conflicto porque amén de contar con dos fabulosos actores en estado de gracia, Burt Lancaster y Kirk Douglas, que bordan sus interpretaciones encarnando a Wyatt y Doc Holliday respectivamente, el vigoroso retrato efectuado por Sturges en ningún momento se olvida de dotar a los protagonistas de uno y otro bando de las necesarias fragilidad y contradicción humanas posibilitadoras de una aproximación veraz en su doble vertiente intimista y contextual, y no simplemente enérgica o falsamente épica, clichés ambos muy habituales en producciones de este cariz. El mejor ejemplo de lo que digo es la dolorosa, trágica y ambivalente relación que Holliday, un hombre asediado por la soledad y la autodestrucción extremas, mantiene con su pareja dejándose conducir por una pulsión sadomasoquista anudada interiormente a dos actitudes aparentemente irreconciliables -vida licenciosa y disoluta con un compromiso moral férreo cuando éste se finalmente se adquiere-, que lo son sólo de forma superficial porque ambas se nutren de idéntica fuente de energía interna. Sturges explora estas distorsiones de carácter con mano maestra y hace evolucionar la narración con una sensación de tensión creciente e incontenible que desembocará inexorablemente en unas secuencias finales realmente memorables. Una cita obligada para cualquier amante no sólo del western sino del buen cine a secas, en estado puro. Obra Maestra.

 

José María Forqué: Atraco a las tres (1962). El clásico del cine español revisitado una vez más para provocar el mismo entusiasmo que hace años, y que continuará ofreciendo a sus, esperemos, interminables espectadores/admiradores. Un grupo de funcionarios más gris que un cielo de Angelopoulos, se enfrasca en planear un atraco a la sucursal bancaria de la que son empleados, pronto esclavizados por el nuevo director del recinto, un despótico burócrata que ocupará el lugar del que hasta ahora fue (se jubila) un jefe bondadoso y ejemplar. Comienza así una odisea humorística en clave de surrealista sainete, concedamos la expresión, merecedora de todos los elogios que puedan ocurrírsenos. José Luis López Vázquez es el maestro indiscutible de un inspiradísimo reparto, bien acompañado por la inefable Gracita Morales, el bonachón Cassen, el gallardo Manuel Alexandre y el temeroso Alfredo Landa. El atraco final resulta una obra maestra tan indescriptible como memorable. Clásico indiscutible y una de las cumbres de la acidez cómica en estado puro. Punzante, mordaz, irónica, indispensable.

 

Charles Chaplin: Luces de la ciudad (1931). Bajo mi punto de vista una de las tres mejores películas de la historia del cine, y probablemente la más lograda del legendario actor y director. Chaplin se mete a fondo dentro de la piel de un personaje memorable para hacernos reír, desde luego, pero sobre todo para ofrecer una reflexión profunda, densa y amarga acerca de lo que somos para los demás y de lo que en realidad somos cuando todas las anclas simbólicas que nos sustentan se desploman y lo único que queda para presentarnos frente a los otros es algo más allá de las significaciones que nos atribuyen, es decir lo puramente real, la verdad desnuda. El genial juego que propone Chaplin se desempeña gracias a un error que coloca al vagabundo en un lugar equivocado. Sólo puedo decir que la última escena es una de las más emotivas, conmovedoras y ambiguas que imaginarse pueda. ¿Qué ocurrirá después de que la joven "vea" en realidad que su salvador se escapa por completo al lugar mítico que ella le había asignado? Esto es un clásico, siempre nos habla de algo nuevo sin olvidar su acervo, jamás se agota, puro arte. Magistral.

 

La edad de la inocencia de Martin Scorsese (1993). Basada en la magistral novela de Edith Wharton, la adaptación de Scorsese no defrauda las expectativas creadas y nos regala una película soberbia, hermosa, dolorosa y profunda acerca del amor y sus vericuetos que además sirve de "punto ciego", de fenómeno enmarcado que a se vez enmarca todo el contexto sociocultural que encorseta y asfixia su libre expresión. Todo se conjuga para dibujar un retrato detallado y feroz acerca de una forma de vida sometida a la tiranía de las apariencias que no duda en sacrificar a sus títeres en aras del buen nombre o la ansiada reputación social. Scorsese parece apaciguar su habitual montaje frenético y esto sólo para engañar mejor al espectador desprevenido, porque todas las claves de su cine están ahí, sintomáticas, manifestándose en sutiles presiones y manipulaciones sentimentales, consiguiendo de esta forma una perspectiva múltiple y compleja sobre un universo fosilizado cuyos seres resultan habitados por la inautenticidad de los decires, que diría Heidegger. Para aquellos que se atreven a desafiar las normas, lo que equivale a tomar lúcida consciencia de sus auténticos sentimientos, espera la soledad, el rechazo o la renuncia, la que se materializa en el corazón de Archer Newland magistralmente interpretado por un inconmensurable Daniel Day-Lewis. El resto del reparto raya a gran altura, destacando sobremanera la domesticada pasión de una inspirada Michelle Pfeiffer. Con secuencias memorables, una precisa y preciosa voz en off que marca con exquisita lucidez los flujos emocionales internos o las descripciones más certeras, Scorsese firma una obra maestra deslumbrante que se cierra con uno de esos finales que se graban a fuego en la retina. Sublime.

 

Te doy mis ojos de Icíar Bollaín (2003). Desgraciadamente el tema de la llamada violencia de género sigue estando de plena actualidad. La pregunta es: ¿dejó de estarlo alguna vez? Desde luego para las víctimas jamás. La película de Bollaín, valiente, arriesgada, nada maniqueísta, ofrece un análisis fidedigno acerca de esa red de odio, miedo, inseguridad e ignorancia que se teje alrededor de unas vidas para terminar sometiéndolas a un proceso de destrucción progresivo y, a la postre y si no se remedia a tiempo, total. La peor parte es la de la víctima que sufre el maltrato físico y/o psicológico, por supuesto, pero también el agresor paga un precio muy alto en forma de amargura, culpa y soledad (no será así en todos los casos pero sí en muchos) que acaba por apartarle del sano intercambio emocional, de la comunicación afectiva deseable, aislándole de los demás, de sí mismo y provocando la pérdida del objeto que por todos los medios trata de sujetar y anular. Porque el maltratador es un ser patético que siente miedo, un temor atroz, irracional y desmesurado a perder las anclas imaginarias con las que seguir amarrado a una vida por la que se siente profundamente amenazado, que no comprende en realidad y le desconcierta profundamente. El acierto de Bollaín es poner toda esta tremenda complejidad en imágenes, utilizando para ello un guión poderoso, diálogos precisos y el apoyo metafórico del arte para expresar sentimientos y vivencias que de otra forma hubiera sido muy complicado verbalizar. A extraer de la película un estudio perfecto ayudan (¡y de qué forma tan espléndida!) dos portentosos actores que seguramente hacen aquí las interpretaciones de su vida: Laia Marull mostrando la faz deshecha de una mujer desposeída de sí misma que inicia un proceso de reconstrucción de su propia identidad perdida, y Luis Tosar, posiblemente el mejor actor español en activo, recreando la torturada psicología de un verdugo que ama a su presa pero que acaba destruyéndolo todo por no saber afrontar con valentía su propio desierto existencial. Una joya de nuestro cine que nadie, y menos en la situación que nos concierne, debería dejar de contemplar y analizar. Magnífica y necesaria.

 

Joseph L. Mankiewicz: Mujeres en Venecia (1967). Rex Harrison y Cliff Robertson construyen una comedia perversa dentro de la perversa comedia que ya de por sí constituye el propio film. En la estela de "La Huella" o "El día de los tramposos", el gran Mankiewicz juega con nosotros, ingenuos espectadores, moviendo los hilos de nuestra credulidad con habilísima astucia, regalándonos por añadidura una escéptica y lúcida reflexión acerca del amor, el tiempo y el poder, asuntos todos ellos enmarcados por/en esa teatralidad tan absurda en que a veces se transforma nuestra propia existencia. Rebosante de perspicacia e inteligencia.

 

Yasujiro Ozu: Las hermanas Munakata (1950). Profundo y sentido estudio sobre los enigmáticos pliegues emocionales constitutivos de la feminidad a cargo del gran maestro japonés del séptimo vicio, una maravillosa obra de arte visual dirigida desde la paciente contemplación de los cambios interiores que acontecen en un marco de confrontación entre tradición-modernidad, clasicismo-renovación, que precisamente será subvertido en sus dualistas y erróneos fundamentos mediante esas transformaciones internas reflejadas en cambios perceptuales, actitudinales, que darán paso a una liberación existencial traducida en imágenes poéticas de una hondura y una belleza incomparables. Desgarro, lirismo, dolor, amor, Ozu entreteje estos temas y sentimientos desde la atenta observación, por momentos casi meditativa, ejercida sobre las reverberaciones del corazón provocadas por los movimientos de desajuste, cada vez más acentuados y liberadores, frente a una situación donde lo femenino parece abocado a una aceptación sacrificial y sumisa de un destino acusadamente patriarcal. En esas fluctuaciones Ozu posa su cámara con suavidad no exenta de dureza, extrayendo de ellas las líneas visuales maestras que casi de modo imperceptible marcan el propio fluir narrativo. Desenlace hermoso y conmovedor para una historia que llega majestuosamente al centro neurálgico donde se cuece el misterio de la emoción. Sublime la hierática Kinuyo Tanaka. Obra Maestra.

 

Grupo Salvaje de Sam Peckinpah (1970). No admite discusión: uno de los mejores western de la historia del cine. Porque el maestro Peckinpah deslumbra con una historia sombría y crepuscular en la que se dan cita unos antihéroes que arrastran tras de sí la conclusión de todo un mundo y un férreo código de conducta. Una obra maestra absoluta que cuenta en el reparto con un William Holden prodigioso que firma el papel de su vida. Ese momento antológico que encuadra al grupo dirigiéndose hacia su exterminio, forajidos plenamente conscientes de que todo acabará en breves momentos, es el homenaje más hermoso y triste que director alguno haya dedicado jamás a unos seres aplastados por el advenimiento de un tiempo que los convierte en dinosaurios a punto de extinguirse. Dura, violenta, lírica, memorable.

 

El luchador manco de Yu Wang (1971). Una legión de muchachos nos descubrimos dando golpes abstrusos de kung-fu gracias a esta maravilla del loable y noble género Wuxia. Y es que Yu Wang, actor, director y guionista de la cinta, fue capaz de firmar un clásico instantáneo que recaudó más de 300.000 euros en la España de los 70, todo un récord si tenemos en cuenta que por aquella época una entrada a la sala oscura podía costar entre 35 y 40 pesetas... Sea como fuere, la película en sí misma es un derroche de fantasía surreal con diálogos imposibles y unos personajes arquetípicos, pasado todo ello por el túrmix de una puesta en escena demencial y una dirección abrupta donde la elipsis incongruente convive con un nuevo sentido del tiempo cinematográfico. ¿El resultado? Una obra de culto que seguirá haciendo las delicias de aquellos que todavía conservamos la angustia de ver aquel golpe mortífero arrancar de cuajo el brazo del luchador, extremidad que por otra parte se aprecia sin problemas en cabestrillo mientras nuestro valeroso vengador acaba con todos los asesinos de su venerado maestro en un territorio humeante y volcánico. Esa mano negra carbonizada ya forma parte de nuestro imaginario cinéfilo. Impagable.

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Fecha de publicación: 2009-12-18 02:12:24, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 4155 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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Oscar
Te doy mis ojos publicada el (21/12/2009 19:12:49)

te doy mis ojos me pareció extraordinaria, Laia Marull y Luis Tosar hacen interpretaciones sublimes.

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