OPTIMISTAS de Goran Paskaljevic (2006).

Paskaljevic es un cineasta duro y comprometido. ¿Con qué? Podríamos decir que con el género humano y sus miserias, es decir, proveedor de una mirada muy particular sobre la condición humana que puede balancear entre lo cómico y lo trágico, sin perder un fino sentido del humor que sabe utilizar con maestría para suavizar determinadas aristas y a la vez profundizando en desgarros verdaderamente traumáticos acompañando a sus criaturas hasta donde puede y sabe que ha de llegar. ¿Para qué? En ningún caso para ofrecer salidas complacientes o fáciles, al contrario, más bien para dejar suspendido el juicio en una visión completa y compleja que puede ser leída desde múltiples capas y en diferentes niveles, cosa que consigue admirablemente con la última y prodigiosa imagen que cierra su estupenda OPTIMISTAS, una película que se reivindica deliberadamente como menor pero que no lo es tanto, puesto que nos regala un paisaje profundo, cotidiano, áspero pero dolorosamente entrañable y hondamente humano sobre el que se recortan unas criaturas arrojadas al terrible espectáculo de la vida, existencias todas ellas atravesadas por diferentes tipos de sufrimiento (algunos más duros y flagrantes que otros) con que ir construyendo a macha martillo, con sobrio despojamiento, unos ejemplos sobre algo que nos atañe a todos: el esfuerzo por mantener la ilusión y la esperanza en medio de circunstancias extremadamente adversas, y cómo esa decisión se sostiene casi siempre sobre renuncias y engaños que pueden resultar incluso más humillantes que las propias realidades que tratan (consciente o inconscientemente) de tapar. Por eso resulta tan eficaz, conmovedora e impactante la conclusión de la película, y por eso además funciona a la perfección como metáfora inagotable de la propia esencia que nos constituye: un maltrecho grupo de crédulos necesitados de un milagro que acabe con sus penalidades, o al menos que las convierta en más soportables, revolcándose en una charca inmunda que les han vendido como manantial salvífico que sanará unos cuerpos enfermos u otros corazones rotos. Siempre habrá oídos para quien blanda la solución perfecta a nuestros problemas y nos recomiende u ofrezca precisamente aquello que queremos (y necesitamos desesperadamente) oír, venga el mensaje de donde venga, originado dentro o fuera de nuestro círculo de influencia, propuesto como medida de resignación o de falsa rebeldía. ¿Buena? Por supuesto. ¿Necesaria? Incluso más.

 

THIS IS IT de Michael Jackson.

Mis temores quedaron disipados al instante. Por un lado contaba con la opinión favorable de una gran admiradora y conocedora del mito, por otro, y tras las hagiográficas opiniones iniciales, da comienzo un espectáculo deslumbrante que en absoluto abusa de la alabanza desmedida y ofrece una aproximación "artística" al trabajo de un vocalista excepcional, que además nos descubre entre bambalinas su ímpetu creativo en facetas mucho menos conocidas de su quehacer diario en la preparación exhaustiva (rozando lo obsesivo en algunas ocasiones) de un mega espectáculo cuya monumental dimensión logramos vislumbrar a través de unos ensayos donde todos los participantes se implicaban a fondo y entregaban todo su potencial sin reservas. Particularmente me interesa destacar la gran receptividad que demuestra en la preparación musical de los temas, recabando opiniones de todos sus colaboradores y ofreciendo alternativas y explicaciones con un tacto y una cortesía impropios de alguien cuyo ego hubiera sido tan desmedido como solía pensarse. Jackson comunica con sumo cuidado todo aquello que necesita a sus músicos, bailarines, coreógrafos y técnicos, y lo hace de tal manera que siempre logra obtener el máximo rendimiento de todos ellos, animados por un entusiasmo sincero del que también se contagia el propio artista durante la preparación de los diferentes números musicales. Tanto se ha dicho y comentado respecto a la alambicada y difícil personalidad de Michael, que realmente produce una satisfacción inmensa contemplar un documental centrado básicamente en su trabajo creativo, en la generación de sus ideas musicales, en cómo surgen determinados patrones relacionales a partir de esas mismas ideas y logran materializarse mediante la colaboración compleja de un equipo de profesionales excelente liderado por un visionario de la escena musical. Porque si algo nos queda claro viendo y disfrutando de esta obra mayúscula es que Michael Jackson, el cantante, compositor, bailarín y coreógrafo que nos abandonó en circunstancias todavía poco esclarecidas hasta el momento, era un hombre entregado por entero a su labor profesional, una actividad que conocía y amaba profundamente, y que muy probablemente le otorgaba un equilibrio interior que no experimentaba en otros ámbitos de su vida sobre los que ejercía un escaso o nulo control. Pero aquí, sobre un escenario, se transformaba en una personalidad poderosa y omnisciente, al tanto de todos los pequeños detalles que pudieran mejorar el efecto perseguido, atravesado por un fulgor surgido de una dedicación extrema y un talento descomunal. Pérdida irreparable la suya, desde luego, pero su legado es enorme e imperecedero. Esta película le rinde merecido homenaje y lo hace evitando innecesarios ditirambos. Más que imprescindible, necesaria.

 

EL PRESTAMISTA de Sidney Lumet (1964).

Obra densa, sombría, áspera, cortante, que enseña a la perfección el vaciamiento existencial que puede operarse en un superviviente del Holocausto, y cómo es imposible escapar a esos sucesos traumáticos porque el horror, lo ominoso, la humillación y el terror siempre retornan para golpear de nuevo. ROD STEIGER está más allá de cualquier elogio, ofreciendo un recital interpretativo difícilmente igualable. Y su grito sin voz audible, cuyo atronador silencio atraviesa el aire y podemos escuchar sobrecogidos como si se tratara del espantoso lamento de millones de víctimas aullando de dolor al unísono, es algo que se marca a fuego en la memoria, impresiona profundamente, tanto y de tal forma, que no se olvida (ni debiera olvidarse) jamás. Necesaria e imprescindible.

 

PLANETA PROHIBIDO de Fred M. Wilcox (1956).

Nos hallamos en pleno siglo XXIII viajando a bordo de un crucero interestelar con rumbo al extraño planeta Altair VI en el que hace unos veinte años desapareció una expedición sin dejar aparente rastro. Allí vive el Doctor Morbius en compañía de su única hija, y él jura y perjura que fue un monstruo horrible el que logró exterminar la antigua tripulación. Este clásico de la ciencia ficción de los 50, hábilmente dirigido por Fred M. Wilcox, es un brillante ejemplo de cómo un guión ambientado en un lejano futuro de exploración y colonización espaciales puede fundamentarse con éxito en descubrimientos científicos de primer orden referidos a las oscuridades y laberintos presentes en el alma humana. Para tal fin nada mejor que utilizar con inteligente suspense el McGuffin "xenomorfo" para desviar la atención del espectador desprevenido, quien se deja atrapar por la trama y otorga credibilidad inicial a la hipótesis de la bestia cazadora de hombres (digamos que una especie de predator). Más pronto que tarde sus expectativas se verán soliviantadas y asistirá al desvelamiento psicoanalítico que pondrá al descubierto la verdad sobre todo lo sucedido: el insistente y, a la luz de los efectos criminales provocados, imprudente uso de la tecnología de una extinta civilización alienígena por parte de Morbius (clara referencia a mórbido) ha obrado un oscuro milagro: materializar en un ente físico aquellas pulsiones mortíferas que habitaban su inconsciente y pugnaban continuamente por aflorar a la superficie. Lo realmente genial es que Morbius, que vive en pleno incesto imaginario, desencadena la nueva llegada del monstruo cuando ve amenazado el dominio sobre su hija, una candorosa virgen que desplaza su deseo en busca de otro miembro (doble sentido, dentro risas) de la tripulación. Ejemplo paradigmático, pues, de cómo utilizar con sentido, buen criterio y productiva imaginación una cierta lectura esquemática de la teoría freudiana perfectamente adaptada a demandas más comerciales y que le sirve al guionista, además, para dotar de mayor densidad conceptual a un material argumental que se inspira libremente en "La tempestad" de Shakespeare. De esta forma tan brillante, lo que prometía ser exclusivamente una disquisición extraterrestre de corte aventurero, se pliega hacia el interior de la mente convirtiéndose en una interesante indagación acerca de los oscuros "aliens" que carcomen el alma humana, oscuras e indomeñables pulsiones  a las que, como sin duda suscribiría Ash (oficial médico de la Nostromo), "no afectan la conciencia, los remordimientos ni las fantasías de moralidad". De culto.

 

AVATAR de James Cameron (2009)

Muy poco, o realmente nada, puede decirse a favor de este engendro infumable del rey Midas del cine más vacuo, absurdo, vano, intrascendente y profundamente superficial (permítaseme el oxímoron) que uno pueda imaginar y se cuece allende los mares. Seré breve. El verdadero cine, el que cuenta algo porque tiene algo que contar, resiste la prueba del algodón de cualquier formato, y ésta seudopelícula, porque en realidad se trata de un videojuego de larga duración -aunque para muchos esto ya es indistinguible en sus afanes de colonización comercial-, no aguanta ni diez minutos de una mirada mínimamente trabajada. Lamentable, irrisoria, incoherente, con unas escenas que dan vergüenza ajena por la ínfima calidad de sus diálogos, y acumulando más tópicos por  fotograma de los que cualquier inteligencia media debería estar dispuesta a aceptar. No querido, no somos idiotas, no nos vendas esta basura como si fuera una obra de autor. Es más que lógico, necesario e ineluctable, que por mucho marketing y pasta que le metieran al producto, a poco que alguien valorase lo que se estaba poniendo en juego, este mutante de hipertrofia digital cayera derrotado por una película de verdad, esta sí, como sin duda lo es EN TIERRA HOSTIL. Cameron, si quieres hacer algo original, primero aprende a escribir, y no copies descaradamente "Bailando con lobos" aderezándola además con una filosofía ecologista barata que produce entre socarronería y sonrojo. Aprende a hacer cine. Sabes contar historias porque dominas el medio, ¿por qué quieres dártelas de autor cuando no lo eres? Por otro lado, y no menos llamativo, resulta la nefasta dirección de actores, todos ellos encorsetados en personajes acartonados y sin vida. No Sigourney, tu director no ganó porque Bigelow fuera mujer, sino porque esa mujer supo hacer CINE DE/CON VERDAD, y tu chico sólo una pirotecnia vacía, una cohetería técnicamente deslumbrante pero anímicamente muerta. Así que lo diré clarito: Mala, mala, muy mala, mala de solemnidad. Era mucho mejor "Titanic", válgame el señor. Para la segunda parte, yo le recomiendo hacerla en 4-D, añadiéndole una nueva dimensión inteligente. A ésta le falta un hervor.

 

EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS de Terry Gilliam (2009)

Puro Terry Gilliam, con ecos de El Rey Pescador. Un derroche de creatividad y fantasía. Fue además la última película del tristemente desaparecido Heath Ledger, que firma también un buena interpretación. Una fábula de resonancias fáusticas, irreverente, surreal, y que no desaprovecha la ocasión para dar un buen palo a los benéficos lavados de conciencia. Que salga adelante el Quijote de Terry, por favor, que no haya calamidad que lo impida porque promete ser increíble. Este hombre es genial. Fascinante.

 

CALLE MAYOR de Juan Antonio Bardem (1956).

Vuelvo a ver esta maravillosa película y repito sensaciones y deleite al contemplar una película nacida en España y que habla de España, de un país cuya miseria moral hace que el aire sea prácticamente irrespirable, antes y ahora. Su particularismo (desmentido por Bardem en el prólogo para evitar la censura de la época), no es un obstáculo para que poco a poco crezca y se convierta en una obra mayúscula, poderosa, de trágico aliento y universal alcance, transformándose a la postre en una disección casi entomológica acerca de la vileza y la crueldad que puede enquistarse en el corazón humano si éste vive paralizado, aceptándolas mediante una conformidad que puede producirse bajo diferentes máscaras y en diferentes marcos políticos , por unas normas grupales y sociales fundamentadas en la irracionalidad, la presión abrumadora de la opinión pública (la imagen deformada devuelta por los medios o nuestros vecinos a la que nos vemos abocados a ajustarnos de alguna manera), y el sometimiento ciego a autoridades (físicas o simbólicas) ajenas y/o (auto)impuestas. Precisamente por todo ello la obra maestra de Juan Antonio BARDEM continúa tan vigente como en aquellos años oscuros donde, verbigracia, la mujer era sistemática y brutalmente sojuzgada por toda una serie de códigos morales destinados a cumplir un solo objetivo: confinarla en espacios reducidos (físicos y mentales) donde poder recluir su deseo y aplastar toda iniciativa emancipadora que pudiera albergar. Afortunadamente la preponderancia de todo este perverso mecanismo represor ha disminuido de manera considerable en algunas formas de organización social vinculadas a ciertos lugares geopolíticos, pero eso no debería hacernos olvidar los subterfugios que siguen poniéndose en juego a la hora de establecer diferenciaciones y humillar las legítimas aspiraciones de mujeres y hombres. Veremos, pues, cómo los efectos nocivos de todo ese entorno sombrío y opresivo alcanzan inexorablemente las vidas y conciencias de todos los protagonistas del drama, incluido aquel que de forma valiente y crítica decide desembarazarse para siempre de todo ese contexto miserable, pero especialmente reverberando en la soledad de la protagonista, una maravillosa BETSY BLAIR, cuya última y luctuosa expresión, contemplada por nosotros tras un cristal sobre el que se derrama la copiosa lluvia, con la mirada perdida y el alma arrasada por la brutalidad del desengaño sufrido, concentra la más desgarradora oscuridad, toda la tristeza y el dolor del universo encerrada entre cuatro paredes. Jamás un final resultó tan lúcido, desolador y amargo. Sin concesiones. Magistral.

 

FAT CITY de John Huston (1972).

Del maestro John Huston nos llega una película extraordinaria, cruda, descarnada, quizás la mejor aproximación efectuada por cualquier cineasta a la sombría figura del perdedor. Una obra desesperada, triste, doliente, que cuenta en su haber con uno de esos momentos de gran cine que huelen a pura eternidad.

 

VALS CON BASHIR de Ari Folman (2009)

La MASACRE DE SABRA Y CHATILA fue una matanza de palestinos que tuvo lugar en dichos campos de refugiados, situados al oeste de Beirut, durante la Guerra del Líbano de 1982, a manos de la falange libanesa en respuesta a la Masacre de Damour. Según la Comisión Kahan (creada ex profeso para investigar lo ocurrido), las Fuerzas de Defensa de Israel apostadas en el Líbano fueron indirectamente responsables de los hechos por no haber actuado para evitar las matanzas. Esta masacre mereció la calificación de acto de genocidio por parte de la Asamblea General de Naciones Unidas. Puestos en contexto, la cruda, soberbia e hipnótica cinta de Folman va mucho más allá de la mera referencia historicista, por muy dura que ésta pueda resultar, y con suma valentía y determinación se adentra en los oscuros territorios del trastorno postraumático y las secuelas en algunos de los participantes en aquel terrible episodio, que no desentonaría en cualquier historia universal de la Infamia. La animación logra una atmósfera opresiva y onírica, la adecuada para explorar las pesadillas del protagonista en conexión con recuerdos reprimidos que pugnan por aflorar anudados a un indeterminado sentimiento de culpa. Las últimas imágenes corroboran en la realidad todo aquello que se nos ha contado en la ficción; no hubiera hecho falta: la implacable y rotunda narración ya había logrado sobradamente su objetivo: conmovernos profundamente y ofrecer la verdad más oculta de todo aquel horrible suceso, cuyos mortíferos ecos de desolación y muerte continúan plenamente audibles en nuestra triste actualidad.

 

SPACE COWBOYS de Clint Eastwood (2000).

No es la mejor de sensei Eastwood, qué duda cabe, pero ya quisieran muchos atesorar un gramo del cine que desprenden sus imágenes. Clint rueda siempre con maestría y pulso firme, ofreciendo para la espacial ocasión su particular homenaje a unos viejos piratas que encontrarán en la ingravidez su posible redención. De obligado visionado, aunque más no sea que por el maravilloso último plano acompañado del "Fly me to the moon" de Sinatra. Qué bueno es este cineasta, y qué grande. Recién cumplidos los 80 años y preparando sus dos próximas entregas. ¿Alguien da más?

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FILMOLITOS (IX)
Fecha de publicación: 2010-11-01 09:11:28, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 4248 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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