Tras la costumbrista algazara navideña que hemos disfrutado durante estas entrañables fechas (este calificativo siempre me remite a algo oscuro y poco visible, algo que ver sin duda con la entraña del asunto), nos proponemos retomar incontinenti aquello que dejamos inconcluso justo al comienzo de las mismas, comenzando, eso sí, no como la tormenta que ha comenzado a descargar su furia contra los desprevenidos transeúntes sino más bien como un céfiro ligero y agradable que anuncia sin embargo futuras convulsiones temporales.

   Contemplo la multitud conformada por el universo político-mediático alampándose por esos objetivos que inundan las mentes y los corazones de niños, jóvenes, adultos y viejos (que son mayores, muy mayores, con mucha edad, con arrugas, verrugas, surcos temporales, enfermedades y diferentes dosis de desesperación; nada, como veis, sometido a la asquerosa dictadura de lo políticamente correcto, en sus vertientes igualmente deleznables de conservadurismo disfrazado de falsa moderación o de progresismo ricachón oculto bajo la máscara del avance social), digo, por esos fines omnipresentes constitutivos del horizonte personal de todos y cada uno de los participantes en el Risk de verdad: Don Dinero y San Poder.

   Y esta apreciación nada sutil me indica la necesidad de aplazar la línea argumental que venimos tratando desde hace tres números ("Diferencia y Repetición"), viéndome así en la necesidad interior de efectuar un desvío hacia latitudes más próximas al meridiano del desprendimiento, sin que por ello pueda yo ser acusado de insensata tendencia impecune. ¿Hacia dónde derivará entonces mi siguiente comentario? Parece evidente que dadas fechas, antecedentes y reflexiones surge una vez más la figura del Hijo para subvertir parsimonias y conciencias.

   Leyendo "El Evangelio según el Hijo" del gran Norman Mailer uno puede extraer algunas conclusiones más que curiosas, lógicas. No es una obra literaria redonda, magna, pero resulta tan sugerente como provocadora en algunos puntos calientes de la doctrina cristiana. Uno tiene la sensación de que el Diablo es algo así como una especie de psicoanalista adelantado de Dios, y que sólo a través del recorrido del Mal puede llegarse al conocimiento del Bien. Ya sé, ya sé, esto no es tan original como aparenta. Lo que resulta sin embargo más aleccionador es la experiencia subjetiva de constatar las dudas, miedos, inquietudes, temores, tentaciones, pasiones y creencias del Hijo cuando se enfrenta a las demandas inescrutables del Padre.

   Cuando profundiza en el verdadero sentido de la piedad por los otros y por uno mismo entonces el libro sube de categoría de un modo palmario. ¿Cómo no estar de acuerdo con un diagnóstico tan certero como el que resulta de afirmar que la destrucción de uno mismo depende en muchas ocasiones de la piedad que guarda uno sólo para sí, o incluso que una fuente de dominación y control sobre los otros reside precisamente en la autocompasión satisfecha que cada cual gusta de ejercer para sí?

   Nos gusta vernos e imaginarnos sufriendo por los demás y esto nos congratula. ¿Y qué decir del Sermón de la Montaña, con sus Bienaventuranzas y su consigna de amor al enemigo (pon tu otra mejilla) como forma de forzar la (in)credulidad de los seguidores para lograr así un Amor incondicional al Padre? Todo parece indicar que únicamente el arrepentido del Mal absoluto se salvará, mientras que el guardián celoso del Bien absoluto se condenará porque su alma está realmente podrida. No hay nada tan subversivo como este mensaje radical. ¿El Tiempo? Sólo importa el presente, concentración en el aquí y ahora, Dios proveerá, todo suena muy oriental, muy Zen.

   Según el gran investigador Antonio Piñero el Jesús histórico era una figura perfectamente definida, un judío que deseaba instaurar el Reino de Dios precisamente "aquí y ahora" en su reducido espacio geográfico; la universalización del mensaje viene después, es principalmente una praxis de paulina raigambre. Tal vez la mixtificación de la que el propio Pablo se defiende, asumiéndola como necesaria, ante las acusaciones del Cristo genialmente interpretado por Willem Dafoe en "La última tentación de Cristo", la novela de Nikos Kazantzakis llevada al cine con pleno acierto por el gran Martin Scorsese. Cuando Jesús le increpa a Pablo por lo que está declamando, porque él no ha muerto en realidad al haber aceptado un destino de hombre común tentado por el dulce ángel (el Diablo obviamente) que se le aparece al pie de la cruz, éste le dice que le da exactamente igual que sea el Jesús verdadero o que no lo sea, ya que si no hubiera fallecido crucificado tal y como lo está predicando sería necesario inventar esa historia. Puro poder del Mito.

   Algo parecido a lo que sucede en la gran ópera rock que es "Jesucristo Superstar". Tal y como le interpela Judas tras el ajusticiamiento de Pilato, ¿por qué no haber elegido precisamente esta época de líquida hipermodernidad para potenciar el efecto revolucionario a través de los mass (y cada vez más) media? Se equivoca Judas. En la cultura de la imagen-realidad virtual asociada al simulacro, Cristo no hubiera sido más que otro espectáculo fungible, un loco televisado de feria, un iluminado psicótico. Tampoco Mailer puede renunciar a "la última tentación" con Cristo en la Cruz, pero lo que hay que agradecerle y reconocerle es su enorme valentía a la hora de plasmar unos diálogos brillantísimos entre el sibilino Diablo y el clarividente y torturado Jesús, y entre éste y un lúcido Judas. Sin apartarse de la sucesión evangélica de hechos canónicos, la interpretación psicológica y existencial de lo que va acaeciendo en toda la trayectoria que le conducirá hacia la crucifixión es de indudable interés para dar mayor sentido y coherencia a las muchas antinomias que los relatos evangélicos muestran, no tratando deliberadamente de ocultar, lo que habla sin duda a favor de una existencia histórica de la figura mítica, hecho por otra parte absolutamente probado.

   El tramo final es de gran calado emocional y nos regala una visión de lo sagrado como ilimitado en munificencia pero de ninguna manera omnipotente. Dios hace lo que puede y utiliza a Su Hijo como mediador y transmisor de un Amor incondicional, redentor y misericordioso por y para el género humano, especialmente el afectado por la marginación y el mal. Nada que ver, como uno puede imaginar sin problemas, con odiosas prácticas religiosas vinculadas a determinadas épocas de especial cerrazón intelectual.

   Y nada mejor para comprobarlo que volver una y otra vez a la extraordinaria obra de Luis Gutiérrez titulada "Cornelia Bororquia o la víctima de la Inquisición", donde son vapuleados de manera tan inteligente como inmisericorde Don Luis María de Borbón, sobrino de Carlos III, arzobispo de Sevilla y cuñado de Godoy (era esposo de su hermana, la duquesa de Chinchón), así como Ramón de Arce, protegido del mismo Godoy e Inquisidor General en aquellos tiempos de oscuridad y convulsión social. Para el autor de esta enorme obrita que contó con varias publicaciones y un gran éxito de lectores ávidos de aire límpido y libertad, la tesis definitiva aplicable a cualquier ideología religiosa es la prueba del algodón de la racionalidad, o lo que es lo mismo, si es Intolerante entonces es Falsa. Lo cual me parece de un acierto absoluto. Pero hay que tener mucho cuidado con esta aseveración ya que: -) El hecho de no sea intolerante (que sea Tolerante) no significa que sea Verdadera. Puede ser Tolerante y perfectamente Falsa. -) Lo que sí puede afirmarse es que si no es Falsa entonces necesariamente no es Intolerante. Si es Verdadera es Tolerante (pero no necesariamente al revés como ya he apuntado arriba).

   La cuestión, pues, se reduce entonces a la siguiente pregunta: ¿cómo distinguir la ideología verdadera de la falsa? ¿Cómo dilucidar los criterios que nos permitirán optar entre una creencia verdadera y otra que no lo es? Hemos llegado al problema de la Verdad y nos hemos de preguntar con el prefecto romano: ¿Qué es la Verdad? Mailer pone las siguientes palabras en boca de aquel que se declarará inocente de la sangre que está a punto de derramarse: "Donde esté la verdad, no habrá paz. Donde haya paz, no encontrarás la verdad". La clave parece residir, pues, en no construir una particular esencia de lo verdadero a partir de antecedentes condicionales, puesto que ninguno de ellos en realidad la garantiza. Es al contrario, por lo que el enigma sigue abierto y la sustanciación se resiste. Deseo no proseguir azacanado en semejantes disquisiciones y pienso que resultaría muy agradable descansar mi mente por un rato y buscar un remanso estético de paz. Dos oportunidades se ofrecen a mi paladar: sumergirme momentáneamente en las intrincadas y subterráneas relaciones que existen entre corrientes pictóricas aparentemente disímiles, y degustar la turbulencia creativa y el dolor insondable de una creadora tan sublime como la francesa Camille Claudel.

   Pero esa será ya otra historia, otra historia cultureta. ¿Verdad o no? Sea como fuere, que haya paz.

)( parentesys.es )( La cultura al alcance de todos )

¿Verdad-era-Paz?
Fecha de publicación: 2008-01-14 07:01:09, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1323 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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