Otra semana más en la crónica sobre el eterno retorno de lo mismo. Menos mal que para el nuevo desafío que se me presenta cuento con el estupendo recuerdo de dos reuniones extraordinarias centradas en encuentros de gran valor humano y afectivo, cuyas dos protagonistas son dos mujeres excepcionales, valientes, independientes, inteligentes, bellas y bondadosas: Ruth Fernández y Ester Padrones, dos personas cuya calidad humana nos otorga el privilegio de una especial amistad a quienes hemos tenido la fortuna de conocerlas. Para celebrarlo, el toque selecto de Chuck Loeb en su último e innovador trabajo All There Is, la elegancia inconmensurable de Al Di Meola cuando nos sugiere Kiss my Axe, y el funk refinado practicando por ese genio incombustible que responde al nombre de George Benson, con piezas maestras como Inside Love, Kisses in the Moonlight o Lady Love Me (One More Time). También la tristeza llega a mi sufrido y sufriente corazón con la marcha momentánea de alguien depositario de un afecto muy especial, mientras ultimo con inusitada pasión el nuevo refugio de mis inquietudes. Desde el rincón donde se situará la reproducción clásica vislumbro el futuro como si efectivamente estuviese cien por cien determinado. Me aproximo con sigilo. Contemplo mi sombra alargada acercándose a cámara lenta, la mano produce una elongación máxima que precede mi auténtica articulación, ya no sé muy bien lo que es real o deja de serlo, creo permanecer estático y sin embargo... sin embargo... oigo un click y todo comienza. Push it:

Peter Bogdanovich: Qué me pasa doctor. Cuando la comedia se hace bien, con oficio, con buena historia, con excelentes actores, diálogos precisos, gags oportunos, confusiones estudiadas y secuencias desternillantes por las empinadas rampas de la ciudad de San Francisco, he aquí el maravilloso resultado: un producto magnífico de alta elegancia, cuyo humor es afilado e inteligente, dejando una estela de divertimento difícil de olvidar, léase la hilarante suplantación de personalidad que la bohemia Barbra Streisand, genial como siempre, efectúa sobre la prometida de un extraordinario Ryan O´Neal en su conseguido papel de investigador sumiso y despistado, o esos dos estibadores urbanos tratando de evitar que un cristal enorme con una X central se haga añicos entre las sucesivas embestidas de una troupe automovilística enloquecida, en lo que sin duda constituye una de las persecuciones más surrealistas que uno pueda imaginar. Muy Buena.

Milos Forman: Amadeus (montaje del director). Película que adora mi gran amigo Oscar Hernández, y cuya opinión al respecto comparto al 100%, es esta maravilla del séptimo vicio, una majestuosa producción donde todo resplandece con luz propia, ofreciendo un hermoso espectáculo de imagen y música al borde del éxtasis sensitivo. El maestro Forman refleja con inusitada exquisitez formal la particular odisea interior de un personaje absolutamente memorable, radical, maravilloso, inconcebible, que no es Mozart por supuesto, cuya grandeza está más del lado de lo "no humano", sino su escindido y espiritualmente corroído verdugo, Antonio Salieri (un F. Abraham Murray sencillamente prodigioso, magistral), nuestro santo patrón, el de la mayoría, nuestro Mesías, pues él, en un último mohín a medio camino entre la locura y la iluminación divina, nos absuelve a todos, sí, a todos nosotros, los mediocres del mundo. Porque si algo queda claro tras visionar el gran filme de Forman es que la genialidad es un don divino, azaroso, caprichoso, no sujeto a ruegos o plegarías, otorgado porque "sí", en plena arrogancia afirmativa, independientemente del resto de ámbitos de la personalidad o de las capacidades del portador de esa especie de cáncer anímico que termina por anular, cuando su extensibilidad es desproporcionada, la propia perspectiva autocrítica. Mozart, inmaduro, infantilizado, perfecto artificio caracteriológico para presentar el contraste con el hieratismo y la contención de Salieri, funciona casi sin proponérselo como caja de resonancia de un Dios cruel y juguetón, que no escucha los lamentos de un hombre que le entregó todo su esfuerzo a cambio de una sola melodía nacida de las entrañas del Absoluto. No la obtuvo y su venganza fue terrible. La última noche de Mozart, en un trabajo delirante sobre la composición del Réquiem, instigado con fervorosa crueldad por un extasiado Salieri, constituye un monumento de arrebatadora tensión emocional, una lección profundísima y sorprendente sobre el funcionamiento acelerado, inabarcable e inalcanzable de la inteligencia creativa de un genio. No hay forma de calificar las vivencias que continúa provocando esta joya visual a través de sus inagotables lecturas. Complicado catalogarla pero lo haré: Clásico indiscutible.

Norberto López Amado: Nos miran. Decepcionante incursión española en el subgénero del thriller psicológico con tintes sobrenaturales, terreno ya suficientemente abonado y con ilustres representantes entre los que destaca nuestro admirado Amenábar ("Nos miran" curiosamente adapta la novela de Javier García Sánchez llamada "Los otros"). En esta ocasión el terror se construye desde el enigma sin resolver que supone el paradero desconocido de gente desaparecida de repente, de modo inexplicable y sin presumibles causas que puedan explicar el críptico suceso. Ahora resulta que viven en el otro lado del espejo de la realidad, alimentados por un odio insaciable hacia todo lo vivo y que motiva su desesperada cacería de nuevas víctimas. Sólo la mirada ingenua de un niño, o quien logre recuperarla, puede acceder a esa realidad paralela. La idea es sugerente y atractiva, no así su desarrollo, con un interés fluctuante hasta la mitad del metraje y un desenlace excesivamente previsible. Resalto ciertos toques de importante dirección centrados fundamentalmente en las secuencias referidas al pasado del protagonista, un siempre extraordinario Carmelo Gómez. Curiosidad susceptible de ser alquilada en vuestro vídeo club más cercano, más tratándose de la ópera prima de un realizador que ya es capaz de suministrar interesantes apuntes de eficacia narrativa.

Alexander Payne: A propósito de Schmidt. Un grandísimo actor enfrentado a un papel jugoso que borda a la perfección. Resultado: enorme película y nominación al Oscar. No es para menos. Se trata de una comedia ácida, muy negra, con dosis alícuotas de amargura y comicidad sabiamente administradas por un director que muestra con adecuado distanciamiento crítico, sin perder por ello la necesaria complicidad emocional que la evolución existencial de Walter Schmidt le reclama, la fase final en la vida de un hombre marcado por la mezquindad, el desarraigo y la soledad más absolutas. Al final de un trayecto vital, que es asimismo crónica corrosiva de una sociedad marcada por la incomunicación entre seres humanos, el olvido vergonzante del productivamente inservible "mayor" y una religiosidad de consumo, el derrotado Schmidt descubrirá la verdad sublime que encierra la mera existencia, cuando por fin se le hace presente en forma de inesperado y profundo lazo afectivo con quien menos podía esperar. Primer plano de Jack Nicholson que se graba a fuego en el corazón. Emoción pura, sin aditamentos, no adulterada, de verdad. Muy Buena.

James Foley: Cámara sellada. El competente director de "Éxito a cualquier precio", ya recomendada hace tiempo aquí en el Rincón, firma una aceptable entrega comercial basada en una novela de John Grisham, con un reparto muy competente encabezado por el gran Gene Hackman y la todavía hermosísima Faye Dunaway, y el preclaro objetivo de someter a reflexión inteligente el brutal castigo estatal cristalizado en la Pena de Muerte, una maquinaria de venganza tan inútil como el propio crimen por el que el presunto asesino ha sido condenado. Sin llegar a cumbres tan excelsas como las conquistadas por "A sangre fría" de Brooks, es un filme correcto que al menos sabe plantear la escabrosa cuestión con dignidad y desarrollar la trama hasta sus últimas consecuencias lógicas, en el caso que nos ocupa más bien ilógicas. Se ve con agrado y promueve el pensamiento ético, que no es poco.

José María Forqué: Atraco a las tres. El clásico del cine español revisitado otra vez más para provocar el mismo entusiasmo que hace años, y que continuará ofreciendo a sus, esperemos, interminables espectadores/admiradores. Un grupo de funcionarios más gris que la personalidad de Aznar se enfrascan en planear un atraco a la sucursal bancaria de la que son empleados, pronto esclavizados por el nuevo director del recinto, un despótico burócrata que ocupará el lugar del que hasta ahora fue, se jubila, un jefe bondadoso y ejemplar. Comienza así una odisea humorística en clave de surrealista sainete, concédaseme la expresión, merecedora de todos los elogios que puedan ocurrírsenos. José Luis López Vázquez es el maestro indiscutible de un inspiradísimo reparto, bien acompañado por la inefable Gracita Morales, el bonachón Cassen, el gallardo Manuel Alexandre y el temeroso Alfredo Landa. El atraco final, sencillamente indescriptible, memorable. Clásico indiscutible y una de las cumbres de la acidez cómica en estado puro.

Nacho Pérez de la Paz y Jesús Ruiz: Marta y Alrededores. Notable retrato que yo no denominaría generacional, sino más bien temporal, a modo de estudio sincrónico de un momento vital especialmente delicado para el ser humano en los tiempos que nos ha tocado sufrir: los 30 y sus alrededores. Un punto de la existencia donde uno ya se plantea lo logrado hasta ese instante, dónde quedaron los sueños de antaño, qué es posible esperar de la vida y con quién, finalmente, poder compartir un proyecto vital en común, si es que tal cosa no ha ocurrido o está ocurriendo todavía, en cuyo caso se planteará la idoneidad de la relación al ser comparada con otras opciones pasadas o presentes. En fin, toda una problemática compleja de la que nadie está a salvo y que queda perfectamente reflejada a través de unos diálogos punzantes, una dirección de actores muy conseguida y un ritmo ágil en la narración que contagia rápidamente al espectador, provocando un espontáneo y sostenido interés en las vicisitudes sufridas por unos personajes frágiles y reales, que terminan por desnudar su alma derribando todas las mentiras en las que suelen atrincherar sus posiciones defensivas, como animales heridos y temerosos, a la espera de una felicidad utópica que una vez rozada es postergada de nuevo por un compulsivo deseo de novedad. De esta forma, los protagonistas condenados a una insatisfacción endémica, permanente, se cierra una inteligente reflexión sobre el vacío y el lleno cotidiano en las nuevas sociedades de la soledad cibernética. Extrae carcajadas inteligentes y ofrece perspectivas que mueven al replanteamiento vital. Espléndidos Tristán Ulloa y Marta Belaustegui. Buena.

Ya me esfumo una semana más, con el recuerdo de dos reuniones maravillosas acompañado de amigos leales y fantásticos, atesorando La conciencia de Zeno de Italo Svevo en inadecuada espera de lectura, con los consejos morales de Séneca esperando mi definitivo abordaje, y una hermosa y rijosa hénide alimentado mis fantasías más desbocadas. La mujer, ese gran enigma del Universo, ese misterio único e inabordable que en significativas ocasiones toma forma concreta en sensibilidades especiales capaces de deslumbrar la previsible maquinaria afectiva masculina. El existir de la mujer es la respuesta a nuestra búsqueda de trascendencia, el fundamento de toda esencia, el arbotante de nuestra frágil certeza, el porvenir de una ilusión. Y muy pronto la esperada experiencia sublime que nos proporcionará "The hours"... el número mágico, tres mujeres...

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Tres mujeres
Fecha de publicación: 2003-02-24 15:52:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1061 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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