Comienza una semana que promete emociones laborales fuertes, al máximo de la resistencia humanoide, elongando los límites de soportabilidad hasta peligrosos puntos de no retorno, como una ecuación de geometría trascendente fundamentada en el estiramiento de la materia psíquica, es decir, una auténtico riesgo de capotar con la nave de la razón en el furioso mar de las obligaciones, es decir, algo así. Asíntotas que conducen hasta un absurdo infinito de castigos-premios-recompensas, "sanguijuelas" que diría un personaje de Capra, y para soportar el asedio escucho con admiración el Speaking of Now del genio Pat Metheny (muy grande Raúl), me abro a un océano de posibilidades sonoras con La Mer de Debussy, brinco con ímpetu flexionando mis extremidades toas al durísimo ritmo de Limp Bizkit, y finalizo agotado (los años no perdonan excepto donde han de hacerlo) tratando de tomar nuevo aliento mediante la dulzura melódica de Lee Ritenour y Dave Grusin (qué gran disco Oscar, gracias de nuevo). Me reconforta el recuerdo de un fausto fin de semana marcado por el afecto familiar sincero y reflexiono sobre cantidad de sucesos ocurridos hasta la fecha. Mi imaginación se deja seducir por el flujo del tiempo, me abandono al transcurrir ininterrumpido de los segundos, los minutos, las horas, mientras me percibo hecho de la misma materia etérea que parece deslizar el propio espacio circundante, al que también somete a sus caprichosas sinuosidades, y pienso en la necesidad apremiante de concentrarme en un punto, en un solo trabajo, en un foco artístico que durante esta semana nos arrebatará inexorablemente el corazón. PUSH:


"Las Horas" de Stephen Daldry: El doloroso transcurso de la emoción pura.

Nos encontramos en esta ocasión frente a la que sin duda puede convertirse en mejor película del año 2002, y esto gane o pierda la preciada estatuilla dorada, una recompensa siempre de segundo orden si la comparamos con los muy superiores galardones otorgados en otras geografías cinematográficas más independientes. Y es que efectivamente se trata de una auténtica obra de arte en el sentido denso y pleno del término, un perfecto ejercicio de cinematografía madura y reflexiva, donde los grandes temas de la existencia son planteados sin pudor y a fondo, sin escamotear dureza o las necesarias torsiones afectivas, las mismas que terminan por provocar un estallido de iluminación cegadora, como una ardiente lucerna derramando hilos de significado y sensibilidad extrema sobre el tafetán urdido con la materia de la vida cotidiana.

Tres historias, tres ejes femeninos nacidos de la doble fuerza centrífuga, para irradiar el cauce por el que avanza el ramificado río de la existencia, y centrípeta, para el dolor y la lucidez próxima al abismo de la autoextinción, que anida en el alma de una mujer excepcional, talentosa, de inusual sensibilidad hacia los imperceptibles pliegues del sufrimiento, asediada por los fantasmas de la enfermedad mental, y surcada por una ambigüedad sexual en plena fuga con su deseo, que no es otra que la ya clásica de la literatura del siglo XX Virgina Woolf, cuya sublime potencia creativa cristalizada en la novela "La Señora Dalloway" materializa "al tiempo" esa ficción en vidas secuenciales semejantes a universos paralelos que nosotros, afortunados espectadores, podemos imbricar a través del excepcional montaje del filme, un prodigio constructivo afianzado en una dirección majestuosa, siempre atenta a los diferentes y complejos matices afectivos que se dibujan en cada mirada, en cada silencio, en cada gesto de emocionante contención, en cada explosión de fulgurante verdad, más la delicadeza melódica debida a un inspirado Philip Glass.

Basado a su vez en la novela de Michael Cunningham, por la que este escritor obtuvo reconocimiento de lectores y crítica ganando el prestigioso premio Pulitzer en 1998, el guión que proporciona a la película de Daldry una arquitectura narrativa robusta y eficaz es un sólido trabajo de adaptación libre del texto literario, en el que David Hare pudo contar con la libertad otorgada por el propio novelista para afrontar con fidelidad no sujeta a restricciones una encomiable tarea de reelaboración creativa del material original, ofreciendo como resultado un escrito apto para convertirse, como afortunadamente así ha sido, en una obra de incuestionable grandeza. La acción se concentra en circuitos de múltiples resonancias afectivas conectados por la estructura invisible sustentadora de la narración, y toda ella transcurre durante un día en la vida de tres mujeres situadas en diferentes tiempos cronológicos, que sin embargo funcionan como una misma temporalidad ficcional, para ellas más real, por tanto, que la supuestamente objetiva, convirtiendo así en material de conciencia un maravilloso engarce de vidas y afectos en el mismo interior desde donde se produce la creación literaria de Virginia Woolf, maravillosamente encarnada por la mejor Nicole Kidman imaginable. El dispositivo funciona de modo natural y hace fluir las emociones de una fecha a otra, de un lugar a otro, en espirales de profundización perfectamente anudadas en torno a la configuración de personajes que Woolf va conformando en su propia mente, hasta llegar a perfilar la verdadera esencia de la asfixia existencial, del sufrimiento, el dolor, el abandono, la soledad y la valentía de vivir con todas las consecuencias o morir en el intento, insertando para lograr tal objetivo el elemento que ejerce de visionario complemento de Virginia, poeta e intuitivo, homosexual, hipersensible, lúcido y enfermo terminal de SIDA, Richard (Ed Harris, soberbia interpretación la suya), operando su desvelamiento a modo de cierre suturador sobre un universo habitado por una poética de la creación-destrucción, una sucesión interminable y alternativa de orden y caos, de esclavitud y liberación en el que la vida ha de amarse desesperadamente aunque ello suponga la total aniquilación de uno mismo.

La ama de casa Laura Brown a la que da vida una excelente Julianne Moore, y la editora y perfecta anfitriona que es Clarissa Vaughan, excelentemente actuada por Meryl Streep y cuyo sobrenombre es precisamente el de "Mrs. Dalloway", bautismo nominal apodado por Richard, también su antiguo amante, son ambas la cara de una misma moneda sin rostro, o mejor dicho, con la faz de un espejo que refleja la vacuidad encerrada en proyectos preprogramados de vida, donde la felicidad se reduce finalmente a un estado de transcurso uniforme y homogeneizador en busca de la reducción del conflicto a un nivel de excitación nulo. Pero en el interior de esa superficie en calma, reflectante de una supuesta e inexistente armonía, se fragua la tensión, el descontento, la frustración, porque la vida se filtra a su través mediante resquicios inapreciables y estimula el deseo, la inconformidad, el ansia de libertad, de superación, de confrontación incluso con la fatalidad de una existencia que no sea nunca más destino, sino camino compuesto, libremente edificado, sin redención, sin arrepentimiento, a partir de los fragmentos recogidos al quebrar el uniforme cristal. Anfractuosa senda la que conduce hacia esta toma de consciencia, que surge como un magma abrasador desde las profundidades de quien es capaz de anticipar esas vidas reales en su figuración literaria, capturadora del oscuro acontecer de la existencia humana, numinoso y mortal, con el único fin de mirar cara a cara la sombría luminosidad constitutiva del enigmático e inexorable palpitar del tiempo, la vida diluyéndose en el transcurso de unas pocas horas, mientras refulge todopoderosa en el instante mismo de su eterna desaparición.

Sigo todavía emocionado al redactar estas grises palabras que en muy poca medida pueden aproximarnos hacia la verdadera magnitud del acontecimiento. Pero al menos lo han intentado. Ya lo sabéis: Obra Maestra con evidente marchamo de clásico.


Y ya os abandono una vez más, echado en brazos de la diosa fortuna, esperando un tiempo que me rescate de la eterna repetición de Lo Mismo, para compartir confidencias con Richard Yates, Virginia Woolf y Louis Ferdinand Céline. Ser poseedor de un sentido trastocado del devenir, admirar con nuevo punto de vista el tejido temporal de los acontecimientos, sumergirse en el dolor profundo nacido de la intuición de una nada tan absurda como plena de significado, ¡vivir y morir cada día al ritmo inquebrantable de las horas! Enigma preternatural del acontecer. Tic tac tic tac tic tac tic tac tic tac... STOP



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Fecha de publicación: 2003-03-11 17:19:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1124 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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