¿...Por qué proseguir sin hacer un pequeño alto en el largo camino y cuestionarnos acerca de un fenómeno tan controvertido como el de la "Belleza"? Habiendo releído, como sin duda ya habréis hecho, nuestros anteriores números arqueológicos seis ("Tensiones Estéticas") y siete ("Renacer (a la vida eterna)") nos está permitido entonces formular el siguiente interrogante: ¿en qué consiste realmente el fenómeno de la Belleza?
Como ya quedó sugerido en aquella ocasión cuando hablábamos de ciertas "conceptualizaciones teóricas del esotérico neoplatonismo renacentista" (ver "Tensiones Estéticas") con relación a la peculiar obra de Miguel Ángel, y siguiendo las líneas maestras marcadas por las investigaciones filosóficas de Eugenio Trías, resulta importante y casi imprescindible referir el concepto renacentista de lo bello con la síntesis peculiar efectuada por pensadores como Marsilio Ficino y Pico della Mirandola entre la metafísica de corte platónica y la escolástica medieval cristiana, oponiéndose a corrientes más racionalistas y naturalistas representadas por artistas como Leonardo Da Vinci. La Belleza se presenta entonces como un principio espiritual atrayente y ordenador de un proceso dinámico de creación y de recogimiento impulsado por una fuerza inmensa, el Eros, el Amor, y susceptible de ofrecer a quien sea capaz de seguirlo en toda su magnitud la posibilidad de fusión con el Uno creador, inmaterial y divino que es origen y fin de la Vida. La Belleza sería algo así como la primera cristalización del rayo luminoso y divino procedente del Uno-Sol creador antes de ser capturado como objeto inteligible por la primera de las hipóstasis, el entendimiento (alma y materia son las siguientes), es decir, una idea espiritual capaz de comunicar su fuerza al alma del hombre y tirar de su talento para que pueda arrancar de la materia degradante la forma que aspire a duplicar esa esencia; forma que por otra parte permitirá alcanzar esas elevadas cotas de espiritualidad mediante un recogimiento contemplativo también ofrecido por el entendimiento y su comprensión del objeto artístico creado. Pero la Belleza es siempre más que el entendimiento que trata de comprender y llegar al Uno a su través: el velo de lo divino, es materialización de lo divino pero no es lo divino; oculta también algo insondable, abisal, tenebroso y refractario a cualquier teoría proveniente del entendimiento contemplativo. La Materia, en efecto, puede ofrecer signos de belleza diseminados en su seno y es tarea principal del artista extraer de ella la obra artística que permita remontar el vuelo hasta las más altas cimas de unidad ideativa y formal mediante la tendencia inequívoca hacia la asimilación de la Belleza.
Pero seguimos preguntándonos: ¿qué es la Belleza? Mejor aún: ¿qué extraño y enigmático misterio se oculta tras el velo de la Belleza? Nos asalta el por otra parte lógico temor de que este profundo fenómeno se haya finalmente comprendido tan de distinta manera que como aquellos geniales artistas lo comprendieran, la lógica duda referida a su inasible concreción teórica, que optamos por sumergirnos una vez más en nuestros recuerdos y situarnos ahora mismo en la Galería de los Uffizi, exactamente en la Sala de Sandro Botticelli (1445-1510), donde nos quedamos literalmente extasiados al contemplar durante largo rato las dos obras maestras que por derecho propio ya se cuentan entre las más famosas y admiradas de cuantas pueblan las múltiples historias del arte.
En El nacimiento de Venus en realidad no vemos nacer a la diosa del amor, sino que la vemos llegar a las costas de la isla de Citera, surgiendo del mar en una concha, siendo empujada por Céfiro y Aura (divinidades del viento) y encarnando una particular personificación de la belleza, mejor dicho, de un determinado concepto de belleza renacentista fruto y resultado de una humanista y platonizada síntesis entre mitología griega y virtud cristiana. La belleza se muestra así en la forma de unidad indisoluble entre espíritu y sensualidad.
En La Primavera, Venus personifica una hermosa alegoría del bello refinamiento renacentista, constituyendo una representación plástica de la llegada de la primavera, entendida en su dimensión de renovación hermosa de la vida, tal y como fue descrita por los poetas Angelo Poliziano y Ovidio. Y es que de nuevo la virtud cristiana hace su aparición cuando la ninfa Cloris queda transformada en Flora tras la excesivamente impetuosa aproximación galante de Céfiro. Es la alegoría poética más conseguida del Renacimiento, produciendo en nosotros, atónitos espectadores, un sentimiento maravilloso de ensueño mágico y mágica forma rítmica. Se trata, pues, de un sentido extremadamente refinado de Belleza. Pero en realidad ¿de qué tipo de belleza estamos hablando? Una vez más las lúcidas tesis del gran pensador español Eugenio Trías nos iluminan aquí con particular acierto y son las que trataremos de reproducir acto seguido.
Todo el cuadro de "La Primavera" puede entenderse desde los presupuestos neoplatónicos de Marsilio Ficino que ya hemos citado al inicio de nuestro particular viaje arqueológico de hoy. Es en "La primavera" un concepto de belleza sensible lo que en efecto se está poniendo en juego, una categoría impregnada de gozo terrenal y amoroso que sirve de referente y de atractor al anhelo erótico que busca incansable fundirse con su objeto de deseo. Esa unión de hecho puede alcanzarse y esto viene perfectamente simbolizado por el cruce de diagonales descendentes (el deseo de la pasión visible en la dirección de Céfiro y Cupido) y ascendentes (tendencia hacia el Uno supremo bien detectable en la figura de las Gracias danzantes y en el gesto disipador de nubes de Mercurio) que quedan maravillosamente armonizadas mediante la figura central de Venus.
Luego existe un más allá de la representación sensible de la belleza inserta en la escena del cuadro que nos remite a un más allá de su perfecta proporción y armonía materiales y que es trasunto visible de otra escena, de otra belleza mucho más esencial, espiritual y unitaria que justamente el genial pintor tratará de captar en su otro lienzo "El Nacimiento de Venus". Pero esa belleza primordial, primigenia, purísima y esencial sólo es visible durante un fugaz espacio temporal en el mismo instante de su nacimiento pues lo que inmediatamente después le espera es la Hora que le tiende un agitado velo, el recubrimiento que la reconvertirá en la Venus sensible y fértil de "La Primavera". Por tanto, la belleza sensible es ilusión, imagen que vela otra más esencial que únicamente puede vislumbrarse durante un instante demasiado fugaz como para ser atrapado en toda su inconmensurable magnitud y significado. Pero aún hay más, quiero decir un más allá de ese más allá constituido por la belleza como idea emanada del principio rector y origen de todas las demás hipóstasis descendentes. Y ese más allá que no se ve, que no se revela pero que se intuye en toda su poderosa y oscura fuerza de determinación y de límite no es otro que lo siniestro, aquello que según palabras de Trías es "condición y límite de lo bello", eso cuya visión nos sería imposible de soportar y cuya visión precisamente anularía todo el efecto estético de la obra de arte destinada a sugerir su presencia pero a no mostrarla explícitamente jamás. ¿Y que es eso tan siniestro, tan terrible y repugnante que se esconde tras el velo de la belleza y sin cuyo concurso el mismo efecto de la belleza quedaría disipado por cuanto su existencia es la que otorga una fuerza marcadamente ritual y dramática? ¿Cuáles son esos demonios que habitan en el abismo de la oscuridad no visible y que sin embargo quedan anticipados y sugeridos en una superficie de representación donde reverberan sus ecos de agonía y de muerte?
Y nosotros, llegados a este punto, nos preguntamos además lo siguiente: ¿podría haber algo más siniestro, más imposible de soportar, más inconcebible y terrible para el espíritu que nos anima que imaginar una semana sin nuestra particular y bella arqueología de un viaje tan soñado como real?
La semana próxima, donde trataremos de responder al interrogante sobre las zonas más sombrías de la belleza que dejamos planteado, os traerá por fin la última etapa arqueológica hasta pasadas las fiestas Navideñas. Durante ese breve lapso de tiempo comeremos turrón, mazapán, nos reuniremos con amigos y familia, y continuaremos imaginando cómo sería vivir en un mundo sin injusticia, sin fanatismos baratos, sin violencia gratuita, sin corrupción política, sin patrias ni banderas, sin explotación sistemática de los débiles por los fuertes, sin distribución arbitraria de la riqueza, sin construcciones ideológicas fundamentadas en complejos personales, sin demagogia ni retórica con fines oportunistas, sin pobreza ni enfermedades, sin fealdad ni rutina, sin...

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SINIESTRA BELLEZA
Fecha de publicación: 2005-11-25 02:02:31, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1696 veces)   (a 8 personas les ha parecido interesante)
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