Tras ver la versión teatral de la novela "Nata soy" de Antonio Álamo, ahora titulada "Yo, Satán", cuya dirección corre a cargo de Álvaro Lavín y que además cuenta con la colaboración especial y mínima de la "voz" de Constantino Romero como elocuente locutor de Radio Vaticano, no podemos dejar de referir alguna importante reflexión que surge de los viperinos diálogos entre algunos personajes de la obra y que parece conectarnos con algo de lo que deseamos hablar en nuestra nueva entrega dedicada al espíritu renacentista. Si alguien nos interrogara acerca del tema vertebrador de toda la obra no tendríamos más remedio que contradecir las apreciaciones del autor de la obra (qué osadía la nuestra) y cambiar la "corrupción de la inocencia" por el filosófico tema del estupor. En un brillante momento de la representación uno de los personajes, creo que el mismísimo Papa transmutado en la figura de un patético, lúcido e irónico loco, afirma de los hombres no ser más que "el auténtico estupor de Dios". ¿Por qué? Pues porque de la generación de ese estado de estupor, de la confrontación con una situación que nos coloca al borde del precipicio de la razón, de la iluminación oscura que produce la imposibilidad de un entendimiento racional de los hechos, de todo ello se desprendería la verdadera posibilidad de un conocimiento que tiende hacia la Verdad. Si bien es cierto que algunas reflexiones que salpican el punzante texto son como mínimo gratuitas ("Dios existe sólo a ratos"), la referencia salteada pero constante al estupor como motor de profundización en el conocimiento de uno mismo y de los misterios que nos rodean es un tema digno de un tratamiento más pormenorizado y analítico. Y es esa sensación de estupor, de estupefacción ante lo inefable, justo lo que hemos experimentado en ciertos momentos al enfrentar la complejidad inherente a todo este universo estético y político que nos ocupa desde hace semanas. Por eso mismo no podemos ni queremos dejar de enlazar cuestiones y realizar algún que otro trasvase conceptual, cuyas licencias y atrevimientos sabréis disculpar del modo en que nuestro loable empeño se merece, que nos permite establecer cierta analogía entre el desafío cultural y epistemológico del movimiento renacentista y el proceso de autorrealización personal tal y como éste puede detectarse a través de ciertos fenómenos fruto de la observación y la inferencia. No olvidemos lo que ya dijimos en nuestra anterior arqueología cuando fijábamos en la referencia antropocéntrica uno de los pilares básicos en que sustentar la armonía buscada dentro del cosmos y, más importante aun, la garantía de que todo hecho terrenal o espiritual tenía como última medida de consistencia la nueva idea de "hombre".

Así las cosas, recogiendo algunas ideas muy interesantes de la Psicología Transpersonal (Stanislaw Grof, Ken Wilber) y de la Autorrealización (Antonio Blay) podemos aventurar ciertas analogías ciertamente atrevidas entre las aperturas estéticas y conceptuales llevadas a cabo por el Renacimiento tal y como queda éste entendido según nuestra anterior entrega, y ciertos presupuestos teóricos procedentes de esas escuelas herederas indirectas de las teorías psicoanalíticas inauguradas por el maestro Sigmund Freud.

Existe un axioma básico que se mantiene fuera de la esfera de la duda, como ocurre en toda teoría científica, que en este caso asevera la realidad en todo ser humano de un foco y también fondo irreductible de "Ser". Frente a esta potencialidad inherente en tres niveles (inteligencia-afectividad-espíritu) el entorno exterior propondría desde la infancia una serie de modelos de identificación para el niño, modos de ser que le servirían asimismo como guía de pensamiento, de conducta y por supuesto emocional.

El Modelo externo ofrecido por el sistema vigente estaría implícitamente demandando una adhesión por parte del niño para lograr así la valoración positiva de aquellos que le ofrecen ese modelo, habitualmente los progenitores.

Pero como el entorno normativo, se cumpla más o menos esa adhesión incondicional, fallará en algún momento, al niño le será dado reaccionar frente a esa necesaria contingencia negativa, válgame el oxímoron, de tres modos diferentes:

  1. Más identificación con el modo propuesto de ser.

  2. Rechazo y rebelión en contra del modelo propuesto de ser.

  3. Aislamiento y renuncia.

Además de todo esto es preciso tomar en consideración el hecho incontestable partiendo de estos presupuestos teóricos de que uno al fin y al cabo se intuye como potencialidad ilimitada y claro, cualquier modelo proveniente del exterior necesariamente tiene que aparecérsele al sujeto como limitado y susceptible de ser amplificado hacia un máximo de acentuación de todas sus supuestas características positivas. De esta forma ese modelo limitado quedaría amplificado y proyectado en el tiempo hacia un futuro ideal.

Por lo tanto, la identificación con los modos de ser (modelos sociales y emocionales) haría surgir un "Yo Idea" (autoconcepto de sí mismo) a partir del cual se desarrollará un "Yo Ideal" (el cómo debería llegar a ser a partir de lo que no soy con relación a lo que me demandan ser). Pero ¡ay! ese yo ideal estará perpetuamente referido a una propuesta externa que no enlazará jamás con lo que el niño realmente es.

Por esa misma razón, el argumento que escenificamos en cada instante de nuestra existencia viene determinado teleológicamente por ese ideal definitorio que marcará el rumbo hacia la consecución de un imposible: "de partida eres un pequeño fracasado que podrás lograr el éxito y el triunfo en la medida en que satisfagas todos los requerimientos de ese tu foco ideal".

Así vivimos la vida desde los presupuestos de nuestro personaje de tal forma que todo aquello, cosas y personas, que corrobore el sentido (direccional) de mi yo ideal será considerado deseable y bueno. Al contrario, lo que lo descalifique o rechace será evaluado como no deseado y nefasto para el propio bienestar.

El problema auténtico residiría entonces en vivirse como auténtica realidad viviente en lugar de cómo una simple idea que ha de ser corroborada compulsivamente en un tiempo siempre demorado e inalcanzable en realidad.

Pues bien, teniendo en consideración todos estos aspectos podríamos conjeturar que el hombre renacentista realizó algo parecido a lo que supondría a nivel existencial un giro hacia el propio fondo de Ser. Comenzó a despojarse de aquellas vestiduras externas que le habían dado sentido y protegido durante tantos siglos, permitiéndole en todo momento concebirse en función de un futuro siempre por llegar, y dio un paso muy importante hacia el descubrimiento de toda una serie de potencialidades que no eran completamente nuevas porque siempre habían estado ahí, olvidadas, reprimidas, ausentes de la consciencia, siempre en la Sombra e impulsando indirectamente las búsquedas hacia la consecución de la supuesta felicidad. El hombre del Renacimiento habría recuperado de alguna manera aquellas fuentes de poder y de originalidad que surgen directamente desde la misma esencia pulsional del hombre (a caballo siempre entre lo orgánico y lo mental) para proseguir desde su curso un trayecto hacia lo desconocido. Habría de esta manera inaugurado un camino inexplorado hasta ese momento que le podía conducir al menos en potencia hacia el logro de unos objetivos por los que podría actualizar de hecho todo ese potencial sumergido y pujante. Un nuevo horizonte hacia el interior de sí mismo y a partir de ahí hacia el infinito. El Barroco espera...

Sólo se trata de una hipotética reflexión mediante la cual nos preparamos para los acontecimientos venideros que continuaremos relatando durante las próximas y esperadas entregas culturetas...


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RENACER A LA VIDA (INTERIOR)
Fecha de publicación: 2005-10-27 02:02:31, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 958 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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