Habíamos concluido nuestra anterior entrega abriendo un interrogante acerca de qué fuera en realidad ese concepto capaz de reunificar y sintetizar las múltiples líneas creativas de todo un tiempo bajo el epígrafe genérico de "Renacimiento". Dedicaremos al menos esta y otra semana para tratar de profundizar en estas y otras relacionadas farragosas cuestiones. Basta con retrotraernos intencionadamente hacia esos fondos abisales de espacio-tiempo y quedar sorprendidos por lo curiosas que a veces nos resultan las relaciones del progreso en las creencias cristianas a lo largo de la Historia. Toda la Edad Media empeñada en construir una teología de abajo-arriba, que partiendo de la presencia divina en las cosas terrenales pudiera escalar hasta Dios utilizando para ello los argumentos proporcionados por un uso, todo lo mediatizado que se quiera pero uso al fin y al cabo, de la Razón. Y lo realmente llamativo es que la llamada Modernidad, en su apuesta por la utilización verificacionista de la razón, entroncaría precisamente con toda la escolástica católica de la Edad Media, asumiendo así, sin saberlo en realidad, el relato de la metafísica de la historia como salvación en su vertiente más agnóstica y laicista.

La Reforma luterana sería en este sentido "moderna" (continúa asumiendo un posible relato de salvación) pero no en el otro, ya que propondría una teología justo al contrario, de arriba-abajo, sin mediaciones, partiendo directamente de Dios para llegar a Dios, de un modo directo y muy individual. Lutero lee a San Pablo y adquiere repentinamente una iluminación: "estamos salvados". Sobran tantos sacramentos, sobra la oración por los muertos: sólo la Gloria, sólo Dios, sólo Cristo, sólo la Fe.

Y por fin Aristóteles como sustento de toda una nueva crítica a la modernidad desde presupuestos no totalmente integrados en esa metafísica de la historia de los vencedores. Ese politeísmo racional opuesto a una mitología antropomórfica irracional y ligado a la presencia divina en la naturaleza y el lenguaje.

La exégesis histórico-crítica ya ha demostrado bien a las claras que verdad no es equivalente a facticidad; algo puede ser verdadero sin por ello tener que ser un hecho histórico. ¡¡Pero esto ya lo afirmaba San Agustín!! El acontecimiento puede conservar un enorme valor teológico sin necesariamente ser un hecho histórico constatable. Verdad no equivale a Facticidad. Pero no nos desviemos más del tema real que nos ocupa.

Entonces, ¿por qué adoptar entre los pensadores un concepto de distingo entre una supuesta edad oscura y otra luminosa y moderna? El Renacimiento trataría de fundir cuerpo y alma, corporeidad y espíritu en una unidad suprema puesto que su humanismo antropocéntrico se basa de hecho en la presencia del rayo divino dentro del ánima humana. Lo divino habita lo humano y es por ello por lo que el hombre puede convertirse en el centro indiscutible de la creación. Es el objetivo fundamental de Renacimiento: reconciliar definitivamente el Cristianismo con la Antigüedad Clásica.

En efecto, el Renacimiento como movimiento global supone no sólo el redescubrimiento alegre y fervoroso de la individualidad en su más primaveral esplendor; es ante todo una gozosa unión entre la recuperación del culto a la belleza del cuerpo profesada por griegos y romanos y una relectura muy platonizante de la esencia trágica del cristianismo. No olvidemos que fue precisamente al viejo Cosme, Cosme "El Viejo", a quien durante el concilio de Ferrara-Florencia se le ocurrió la brillante y descarada idea de refundar una especie de nueva academia de Atenas en la ciudad del Arno, en Florencia, y que será el hijo de su médico de cámara, el joven e inteligentísimo Marsilio Ficino, el escogido para tamaña y magna empresa.

Existe además dentro del Renacimiento un afán de redescubrimiento realista y experimentador de la Naturaleza y el Hombre. El anhelo fundamental es el deseo profundo de retorno del tiempo, el advenimiento gozoso de un pasado clásico renovado, rejuvenecido e ideal. El hombre comienza a ser consciente de sí mismo, de su personalidad intransferible, de sus aptitudes y potencialidades irrepetibles que le posibilitarán una mayor y recién adquirida expandida movilidad social. Ha surgido el nuevo culto a la fama: de las veneradas reliquias de los santos a las no menos admiradas producciones culturales de algunos contemporáneos entroncados con ese algo transferido desde lo divino a lo humano. Con el dominio de la representación del espacio en toda su complejidad geométrica se adquiere una nueva unidad en la diversidad de motivos escénicos dentro de la obra de arte. La autosuficiencia estética del espacio armónico que se basta a sí mismo en su matemáticamente definida proporcionalidad. El ojo del observador es ahora tenido en cuenta como nunca antes para la representación pictórica del mundo.

También el cuerpo desnudo aparece entonces como reflejo del esplendor y de la perfección divina. La analogía de la perfección corpórea con la presente y reconocible en la naturaleza y sus leyes de la proporción y medida es llevada hasta sus últimas consecuencias dentro de la esfera del arte. El hombre se abre a la interrogación constante del mundo a través de un especial ritmo poético logrado entre la flexibilidad elegante y el reposo refinado. El mejor ejemplo de esto es sin duda el David en bronce de Donatello que puede contemplarse en el Museo Nacional del Bargello (vocablo que significa capitán de la policía o alguacil) en Florencia. Creada hacia el año 1430, es la primera escultura de una figura humana a tamaño natural realizada desde la Antigüedad. Su contrapposto, motivo escultórico procedente sobre todo de las esculturas clásicas de Policleto (hacia 460-415 a.C.), equilibra maravillosamente todas las direcciones de fuerza y movimiento del aniñado y delicado cuerpo, distribuyendo en perfecta armonía espacial y física esas fuerzas motrices y de reposo entre la pierna flexionada que queda libre y la otra de apoyo. Ritmo aperturista al mundo de reposo y flexibilidad, de soporte y movimiento: las leyes naturales del movimiento han sido redescubiertas a partir del contrapunto clásico. El rostro misterioso y ensimismado también deja traslucir la asunción consciente de su futuro destino como rey de Israel. Parece, como señalara Giorgio Vasari, "haber sido modelado sobre un cuerpo vivo". La metáfora perfecta entre la tradición más estática y la búsqueda de indagación intelectual más dinámica.

El cuerpo, por lo tanto, llegará a ser más allá de su labor mediadora para representar alegórica o simbólicamente las ideas centrales del humanismo renacentista, un verdadero fin en sí mismo como personificación autosuficiente del propio arte de la mano del manierismo tardío, ejemplo de lo cual lo conforma el fascinante Rapto de las Sabinas del escultor flamenco Juan de Bolonia (1529-1608), que ya preludia en la solución que propone con su forma aserpentinada en espiral ascendente las formas expresivas del Barroco.

Resumiendo: el Renacimiento buscará en su conjunto expresar un poder de convicción de creencias e ideas dependiendo directamente de la empatía e integración lograda en la representación de los gestos corporales y la credibilidad del contexto escénico de la pintura. Buscará, en fin, representar la belleza sensual y voluptuosa de lo corpóreo y terrenal como el reflejo de la imagen de Dios en el hombre. Es cierto que la deificación corporal de ese mismo hombre en medio del sublime (concepto estético ajeno al Renacimiento) esplendor de la inmortalidad será ya cosa propia del Barroco. Pera esa ya es otra historia que no habremos de contar hoy sino más adelante cuando en otra entrega nos atrevamos a analizar más en detalle, y siempre con la guía de Eugenio Trías, los avatares seguidos por la esquiva categoría de Belleza...


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RENACER A LA VIDA (ETERNA)
Fecha de publicación: 2005-10-19 02:02:26, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1140 veces)   (a 8 personas les ha parecido interesante)
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