Otra semana más inserto, clavado, en medio de este particular ecúmene laboral sujeto a todo tipo de estridencias, restricciones, promociones, alharacas, mudanzas y torturas psicológicas de diversas categorías profesionales. Explotación, dolorosa exacción a unos súbditos de cuyo capital simbólico son despojados con un consentimiento aborregado y dócil, mutaciones como inofensivas formas de irenismo aplicadas sobre cualquier tipo de reserva marginal, y todo ello sin un propósito claro o definido, a no ser el de la obtención de un plus de goce mercantilista anclado en la voluptuosidad fetichista del producto: el (auto)móvil. Me dejo arrastrar por estos ensueños diurnos cabalgando sobre las perfecciones acústicas de Whitesnake, disfrutando al máximo de la poderosa y perfecta voz del gran David Coverdale, hasta arribar finalmente a la orilla melódica del excelente Watermark perteneciente a la dulce suavidad trascendente de Enya. Justo en ese instante de conclusión, cuando la estructura etérea del sonido, siempre efímera y volátil, se diluye como el pálido reflejo provocado por un rayo de sol atravesando la niebla de la aurora, ahí mismo logro forzar la huida de tales pensamientos y me embarco en el bello recuerdo de una ceremonia ritual de unión entre dos seres generosos y excepcionales, entregados con devoción al vocacional juramento hipocrático (ambos ejercen su profesión médica en el Hospital Clínico de Valencia), y cuyo emocionante y divertido enlace (la cachonda tuna de la Facultad de Medicina también estuvo animando la fiesta) me sirve de lanzadera para que mi imaginación ya coloque la alianza de un amor eterno que me unirá a Ella para siempre. Enhorabuena para Vicente y Cristina. Ahora no puedo dejar de contemplar una luminosidad cuyo desmesurado brillo ciega mi percepción, pero es sólo un breve instante, hasta que mi visión se adapta a esa incandescencia móvil de iridiscente zumbido a la que inevitablemente terminaré presionando: PUSH IT NOW:

King Vidor: Stella Dallas. Sin duda este filme cuenta con uno de los momentos cumbre dentro de la historia del séptimo vicio, una secuencia final que constituye un auténtico pináculo artístico, ofreciendo además un desenlace absolutamente reversible, un supuesto "happy end" atravesado por un patetismo existencial y moral al que sucumbe inexorablemente el supuesto sacrificio materno, en realidad una autoinmolación perversa rebosante de placer masoquista. Porque Stella Dallas, magistralmente interpretada por una soberbia Barbara Stanwyck, es una figura femenina realmente atractiva dentro de su patología, llamémosla así, sociopática, dado que su morbosa ambición de ascenso social y económico la transforma progresivamente en un ser tristísimo y desesperado debido también a la ambigüedad con que enfrenta ese deseo devorador y a la paradójica condición de una clase social tan decadente como atractiva, que jamás podría aceptar entre sus elitistas filas a un ser tan vulgar y mediocre como en el fondo ella misma se considera y se autopercibe, por más esfuerzos de transformación imaginaria que lleve a cabo. En cambio, su hija, en quien depositará todas sus esperanzas de redención y realización póstuma de su deseo, es justamente su polo opuesto: elegante, comedida, humilde, desinteresada... un espejo que le retorna su propia imagen distorsionada, que también es la de su marido y con la que desesperadamente desea identificarse, en lo que termina por convertirse en una alienación en la figura del vástago suficientemente disfrazada de abnegación maternal para hacerla, desde luego, soportable e invisible. De ahí surge la potencia nebulosa del final, de ahí precisamente la turbadora sensación de que esa pantomima de felicidad lacrimógena esconde un horror más profundo, más insondable, que no es otro que su propia incapacidad de dar, de amar con generosidad, de facilitar el desarrollo real e independiente de la hija sin necesidad de retirarse a modo de sacrificio extremo; su impotencia interior para desmontar su apendicular relación con su propio y tiránico egoísmo. Todo ello reconcentrado en una mirada a través de otro espejo, contemplando la boda de pastel, que denota el feliz triunfo de una amargura sin límites. Memorable.

Ricardo Wullicher: La nave de los locos. Filme de combate político a favor de los pisoteados derechos de la población indígena "mapuche" en plena Patagonia argentina, que si bien carece de interés puramente cinematográfico al contar con una dirección muy limitada y un guión más que previsible, con tópicos a granel, cumple a la perfección una función aleccionadora y me atrevería a decir que hasta didáctica, al mostrar la infamia especuladora que se abate sin piedad sobre los más desfavorecidos del planeta supuestamente globalizado (más bien g-local-izado). Un libelo en imágenes que verán con deleite quienes, como el presente amanuense, hayan contactado siquiera levemente con el universo mapuche (hermosa reunión la que tuve oportunidad de disfrutar en pleno Santiago de Chile). Loable.

Matt Williams: La fuerza del amor. Hay gente que lamentablemente confunde emociones puras con sensiblería barata, o lo que es lo mismo, sentimientos profundos con charlatanería sobre los mismos, realidades con espejos, vivencia con simulacro. Y entre el pelotón de estos desgraciados se halla el realizador de esta irrisoria producción yankee, que no sólo pretende moralizar, y de qué modo tan grosero y tosco, acerca de lo bueno y malo que uno debe o no debe aceptar en su vida, sino que lo hace con aires ufanos y pretendida carga reflexiva, consiguiendo en cambio un efecto cómico nutrido de lágrima fácil y eslóganes más trillados que el discurso de nuestra podrida izquierda "nacional". La hermosa Natalie Portman, en efecto, responde al nominativo de "Novalie Nation" (dios, qué juego de palabras tan inteligente), y no tiene mejor ocurrencia que la de ponerle a su pequeña "Americus Nation" (a estas alturas el espectador ya ha sentido algún atisbo de náusea), todo para acabar encontrándose con la caridad de una "hermana" que le pega al sexo y al alcohol con la necesaria contrición (desdibujada Stockard Channing; antigua promiscua supuestamente liberada en "Grease") autojustificadora, y disfrutando de la amistad de una más que apetitosa Ashley Judd en el papel más agradecido de la cinta, alcanzando una cierta densidad dramática cuando su personaje ha de enfrentarse al horror del engaño y el abuso pedófilo, mas se trata sólo de un espejismo ya que pronto, instantáneamente, esa línea narrativa es neutralizada con la correspondiente moralina fácil, el consejo grandilocuente y la irritante ausencia de introspección. El tópico y típico desenlace abunda un poco más en el entuerto perpetrado. Lamentable.

Jaume Balagueró: Darkness. Este interesante realizador catalán, que ya nos sorprendiera gratamente con la inquietante "Los sin nombre", nos vuelve a entregar de nuevo (es mi segundo visionado) un ejercicio de terrorífico estilo cinematográfico en el mejor sentido de la expresión. Maneja más presupuesto, actores de renombre internacional, y vuelve a lograr una obra aterradora e inquietante, donde la auténtica protagonista es la oscuridad que habita en una mansión tenebrosa y que proviene desde dentro de los propios protagonistas de la trama. Porque a Balagueró continúan obsesionándole los mismos temas, especialmente la investigación sobre la procedencia del Mal Absoluto y su posible encarnación en conductas concretas, más exactamente en la podredumbre relacional anidada en toda estructuración familiar. Los homenajes al cine de terror son variados y le sirven para montar un argumento que no por tópico resulta menos efectivo, sobre todo si tenemos en cuenta la magnífica resolución de la cinta con un punto de caliginosa ironía que cierra perfectamente el infernal desenlace. Lástima que este más que interesante cineasta sea también responsable junto a Paco Plaza ("El segundo nombre") de "OT, La película", pero ya sabemos que cuando se trata de buscar financiación el alma o el talento se venden al mejor postor. Lo dicho, "Oscuridad" es un film que hará las delicias de cualquier buen aficionado a las intrigas del más allá, que siempre son especulares de las acaecidas aquí mismo, en el más acá. Lena Olin y Anna Paquin brillan en el negro denso del horror. Muy Interesante.

Y ya os dejo una semana más envuelto en la vorágine de una cotidianeidad encargada de absorber diariamente mis fuerzas que, a pesar de estas maquínicas restricciones, están destinadas a expresar una adoración continua, con la delectación y dulzura de que mi corazón es capaz, dirigida a Ella, pues de sus ojos se nutre mi propia mirada, de sus labios mis palabras, de su tacto mis gestos, de sus intuiciones mis pensamientos, de su bondad mi confianza, de su entrega sin fisuras la mía sin restricciones, de su ilimitada comprensión mi entendimiento profundo. Y es como un ensueño maravilloso, una armonía perfecta construida desde una musicalidad que surge de las profundidades del tiempo (¿tal vez una pieza interpretada en el modo frigio?), un crepúsculo carnal teñido de alheña que deja paso a una tibieza de sombras o una desopilante visión "a-dos" fabricada a través de una complicidad íntima e intransferible. Pienso entonces en la retórica gorgiana de Isócrates, en la Alejandría de Lawrence Durrell, en el Dublín de Joyce, en la dialéctica de Aristóteles, y soy plenamente consciente de la azarosa perdurabilidad de las luminosas y entecas creaciones humanas sometidas a la inclemente erosión del olvido. ¿Quién nos recordará? ¿En qué medida seguiremos viviendo en el recuerdo de los demás? ¿Qué importa eso si se ha llegado a rozar con la punta de los dedos la eternidad de un instante rociado con el flamígero elixir del Amor Verdadero? ¿No es acaso ese momento el mejor reflejo de la frágil trascendencia de lo humano?

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Fecha de publicación: 2003-10-22 09:29:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1119 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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