Otra semana embarcado en exóticas aventuras de pensamiento y emoción, sin mecanismos de disociación fóbicos que entorpezcan una comunión extática de absoluta integridad, sin la rebaba oscura de una duda repetitiva o el parvo testimonio sombrío de una aclaración indeseada. Y para celebrar esta armónica luminosidad, esta jovialidad dulce del espíritu, qué mejor que la grandiosidad musical del maestro Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594), disfrutando de una edición excepcional Pro Cantione Antiqua con algunas de sus misas entre las que destaco sobremanera su Missa Brevis y la Missa Lauda Sion, compendios de excelencia vocal y sentido de la grandiosidad oferente. Mi memoria retrocede unos años y me veo sentado en una clase de 1º de Bachillerato, clase de música, con aquel buen profesor que amaba las composiciones del maestro del XVI y que trataba de que nosotros, sus despiadados alumnos, brutos e incultos, fuésemos en algún sentido partícipes de aquel milagro sonoro. El profesor Ceferino (gran hombre) y el maestro Palestrina, unidos para siempre en las imágenes de mi recuerdo y en la vitalidad de una polifonía sencillamente arrebatadora. Una vez levitado y aterrizado, casi sin aliento, es la hora de proseguir con el Bark at the Moon de Ozzy Osbourne y concluir con el último trabajo de Fito & Fitipaldis, "Lo más lejos, a tu lado", una obra bien resuelta, inteligente y que se ofrece como pantalla reflectora del talento del gran Fito (Platero y Tú). En este instante Ella me roza suavemente la mano y ambos nos miramos con fijeza, casi absortos, pues nuestras respectivas luces interiores emiten su brillo al unísono: son imanes que nos atraen irremediablemente hacia los territorios compartidos de la memoria: PUSH IT REGRESSION:

Alfred Hithcock: Marnie, la ladrona. Esta una historia de robos materiales y de robos anímicos, del robo considerado en su aspecto más sintomático y, profundizando aun más, de cómo una estructura neurótica puede sostener un modo de comportamiento caracterizado por la apropiación de lo ajeno y la huida hacia ninguna parte. Las relaciones entre el cine de Hitchcock y la teoría psicoanalítica en su versión "traumática" siempre fueron sólidas y fructíferas (véase como ejemplo paradigmático la interesante "Recuerda"), y para demostrarlo esta cinta con la hermosa Tippi Hedren ("Los Pájaros") atrapada en una neurosis que la incapacita para poder disfrutar de una relación "normal" con el género opuesto. La sombría belleza de esta gran película, su oscuro atractivo reside precisamente en mostrarnos cómo un acto intencionalmente consciente como el robo de dinero puedo estar soportado por toda una enigmática red de relaciones y afectos anclada en el "episodio traumático" reprimido y alejado por completo de las zonas de la consciencia, y del que sólo ella tiene noticia de modo indirecto a través de ciertos síntomas fóbicos (angustia provocada por ciertos estímulos) frente a los que responde huyendo de aquellas situaciones que los originan. Pero las causas, las verdaderas causas de su malestar son completamente otras.

Nuestra protagonista vive amarrada, estrujada, cercada por un relación materno-filial de carácter patológico, de tal modo que ella se pone en lugar de lo que cree que su madre desea, se identifica con esa "cosa" que roba (el Falo-dinero), quitándoselo a los hombres que lo poseen y otorgándoselo como ofrenda, como regalo. Así imaginariamente niega el deseo de un Otro en la madre y pretende satisfacerla por completo, sin necesidad de que un tercero (un hombre) intervenga en ese intercambio dual. Pero el espectador avezado puede y debe hacerse las siguientes preguntas: ¿de dónde le viene esa necesidad de exclusión de los hombres? ¿Cómo se relaciona ella misma con ellos? La clave nos la dará sabiamente el realizador a través de la figura de Sean Connery, el hombre que acaba enamorándose de ella y desarmándola definitivamente cuando en una secuencia memorable la enfrenta a la figura de su madre y a la rememoración subsecuente de la escena donde tuvo lugar el trauma posteriormente reprimido: ella, siendo niña, y con intención de defender a su madre, golpeó a uno de sus amantes causándole la muerte. De esta forma cumple en su inconsciente el deseo de matar al Rival (la madre solía exponerla a la visión excluyente de sus conquistas) en la pugna por apropiarse del objeto amado y la culpa monstruosa conlleva la posterior represión de todo lo sucedido. A partir de ese instante es lógico que la figura masculina sea el enemigo que debe ser alejado pues simboliza el peligro, la amenaza de castración, la violencia. Ella se ha de relacionar con hombres para despojarlos de lo que poseen de valor (el dinero), pero lo hace considerándolos como meros objetos manipulables a los que seduce y luego abandona. Pero Connery se adentra justo en lo mollar del asunto al enfrentarla a un dilema paralizante cuando le permite que le robe. Es como si el robo le hiciera quebrantar la ley prohibitiva del incesto y que su marido, al desmarcarse del lugar desde donde se ejerce, anulase de un plumazo la satisfacción producida al transgredirla. Esto debilitará aun más sus defensas y posibilitará esa citada catarsis en compañía de la madre que concluye una maravillosa historia cuasiclínica extraordinariamente filmada por un Hithcock dueño de recursos narrativos perfectamente engarzados y puestos al servicio de la exploración del proceso inconsciente. Agilidad y conocimiento se dan la mano en un ejercicio de cine de múltiples pliegues y lecturas. Muy Buena.

Y ya os dejo una semana más, contemplando con inusitada delectación el concierto para guitarra y pequeña orquesta de H. Villa-Lobos (1887-1959), acariciando las pastas de la Minima Moralia de Theodor W.Adorno, observando petrificado la excelente portada de Ciudad de Dios de Fernando Meirelles y percibiéndome feliz por el triunfo arrollador de la última etapa de "El Señor de los Anillos" en la puritana ceremonia de entrega de las estatuillas doradas. El reconocimiento a una trilogía que ya ha entrado por méritos propios en la historia del buen cine era totalmente necesario. Nos olvidamos de ripios moralistas o soflamas estúpidas, dejamos atrás discursos apologéticos, panegíricos inmerecidos u opúsculos de simple neófito, contemplamos de verdad el rostro de Zapatético (Z-Peta o el candidato que peta), nos fijamos con inusitada profusión en el movimiento casi imperceptible del "büshgote" de AzNá (de Ná) que prefiere mejor rajar-hoy que mañana, nos sonrojamos con el encogimiento ideológico de una nostalgia que sueña con los zares en llamas y nos preguntamos con todas estas evidencias qué resultados saldrán de unas urnas marcadas por el sano escepticismo y la incredulidad. Qué más da si a la vuelta de la esquina nos espera un hecho anclado en las raíces del mundo: la glorificación injusta y perpetua de una sumisión frente a un poder simbólico cuya subsistencia sólo depende de la irracionalidad del pueblo. El pasado nacional retorna en forma de compulsiva repetición. Trataremos de borrarlo de nuestra memoria.


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Fecha de publicación: 2004-03-01 16:20:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1228 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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