Una semana más de aproximación hacia mi particular cenit lumínico. Presento mi carta petitoria, contemplo extasiado un objeto como si de una pintura sobre él se tratase, de tal modo que su visión me transporta directamente hacia el universo de su eterna potencia de fragilidad, que me remite al pensamiento oscuro sobre la mía. Tomo una vez más su mano y ambos nos desplazamos como sombras entre una multitud anónima y desconocida cuyos movimientos resultan más producto de azares incognoscibles que de planificaciones complejas. Somos testigos de un acelerado paso del tiempo y tratamos de ubicarnos en una ciudad móvil, deslizante, quebrada y flexible, como el vuelo de un tul en medio de una repentina tempestad. Observamos la carne de los barrios habitada por el espíritu de sus demos, fijamos nuestro interés en una creciente asonada que amenaza con engullir cualquier tipo de decisión reflexiva, percibimos el eco multiplicador de los hórridos lamentos procedentes de un ejército ignaro e indolente, nos espantamos ante la visión de la hez social carcomida por la ambición y el poder... La emoción nos embarga mientras creemos adivinar los esforzados trabajos de refección llevados a cabo por un niño al tratar de reconstruir su recién diluido castillo de arena. De sus ruinas escapa el sonido poderoso de Saxon y su "Ride like the wind", en cuya montura melódica nos encabalgamos para concluir arribando en las erupciones sonoras de un magistral Jimmy Page acordado para la ocasión con la contundencia blusera de Black Crowes, cerrando así un emotivo e inolvidable homenaje a los legendarios Led Zeppelin. El misterioso arconte que ahora nos clava su mirada se reajusta al desgaire toga y laticlavia y emite una frase en una lengua anclada en el paraíso de los significados inmóviles, convertidos ya en duro y frío mármol: el sentido transformado en glacial bloque de piedra, en un petrificado monumento al extraviado misterio del ser naciente. Observo incrédulo la palma de mi mano mientras se construye en su cuenco un diminuto tahalí de cuyo interior emana una poderosa luz azulada. Trato de aprehenderla utilizando para ello la mano libre pero me resulta imposible pues el destello se halla protegido por una especie de resbaladiza toba que me impide cumplir mi objetivo. Ella me acaricia, bisbisándome una palabra hermosa y tranquilizadora, y de nuevo me siento intimado a la realización de esa conducta procedente de mi más pura fuerza instintiva. Me concentro, me esfuerzo, horado el nimbo impenetrable de mi mente: PUSH IT BOTTOM:

François Ozon: 8 mujeres. Este realizador francés es un puto genio. Así hay que decirlo, con todas las palabras, bien o mal que le pese a determinados críticos de pensamiento único o bienpensante, porque la inteligencia, la ironía, la mala leche y la sublime imaginación que este señor pone al servicio de una estructura fílmica de este calibre no merece otro calificativo que el inicial del comentario. Qué buena es. El tipo se rodea de ocho maravillosas damas y las hace sumergirse en una complicidad maravillosa, con reminiscencias hitchcockianas en su plano más surreal y teatral (la homónima de Robert Thomas es el sustento), que poco a poco deja entrever un enrevesado circuito, mejor, una complicada y compleja retícula relacional donde los deseos de cada una de las damas se entreteje con hábil sutileza con el deseo deseante de las demás féminas, configurando progresivamente una malla de enredo psicológico y emocional perfectamente punteada con un humor negro y ácido, que a su vez funciona de pantalla sobre la propia urdimbre argumental, lanzándola a modo de péndulo oscilante hacia las tripas del relato y hacia un supuesto afuera contextual que le está intrínsecamente apegado (véase el hallazgo metafílmico que supone enseñar la foto de Romy Schneider como antigua señora de la bella y perversa sirvienta Louise) dejando entrever, por así decir, los agujeros por donde se cuela inexorablemente el inconsciente suturador de la estructura lingüística puesta en juego. La feminidad, de esta guisa, es puesta asimismo en punto de abismo y llevada hacia una exploración marcada por el desconocimiento y la fabricación del semblante para el objeto sexual, al tiempo que el enigma del placer femenino se abre como flor de primavera hacia los rayos vertidos por la imposibilidad de la palabra de apresar dicha oquedad, pregunta sin respuesta o respuesta para la que no es posible formular cuestión alguna, en lo que también supone el fracaso absoluto del Hombre para entender cabalmente lo que verdaderamente se está poniendo en tela de juicio durante todo el metraje. Ellas son absolutamente maravillosas, se aman, se despedazan entre sí, mienten mientras no dejan de decir la verdad de su propio deseo, odian con el mismo fervor con que son capaces de experimentar el más sutil arrepentimiento... y cantan. Vaya si lo hacen, y muy bien por cierto: Catherine Deneuve (Gaby), Isabelle Huppert (Augustine), Emmanuelle Béart (Louise), Fanny Ardant (Pierrette), Virginie Ledoyen (Suzon), Danielle Darrieux (Mamy), Ludivine Sagnier (Catherine), Firmine Richard (Madame Chanel). Un fuerte aplauso para esta representación sobre la intrigante y excitante farsa de la vida y del amor magistralmente interpretada por un elenco de actrices en meritorio estado de gracia. Complejidad, versatilidad, observación profunda, mirada negra y compasiva se dan cita en un rompecabezas para cuya solución final, nueva apertura, tendréis que esperar hasta el último suspiro exhalado por las laberínticas damiselas. Muy Buena.

Jeremiah Chechik: El amor de los inocentes. Sensiblera, pastelera e insulsa producción norteamericana cuyo único aliciente reside en observar las evoluciones mímicas de un estupendo y "keatoniano" Johnny Depp, a ratos bien secundado por una jovencísima y algo afectada Mary Stuart Masterson, hermana en el filme del buen actor que siempre promete ser Aidan Quinn, y metida en las "cannes" de una desequilibrada mental que terminará por acceder a un cierto grado de autonomía personal gracias al amor que el bueno de Depp le proporciona y, sobre todo, a que su ambivalente relación fratricida deja paso a una relajación disipadora llamada Julianne Moore. Pero todo huele a forzado artificio en busca y captura de la lagrimilla fácil y el buen rollito alimentado por un optimismo tonto y una esperanza adocenada. Mala.

Pier Paolo Pasolini: Los cuentos de Canterbury. A ratos excesivamente veleidosa pero siempre extremadamente interesante es la aproximación efectuada por el gran Pasolini al clásico de Chaucer imbricando, eso sí, una disoluta trama con una irreverencia voluntariosa al borde la provocación constante. El vicio es mostrado en su lado más ligero y cómico... sólo aparentemente porque las cargas de profundidad están y explotan en el rostro mismo del espectador cuando el genio del creador arremete sin concesiones contra la hipocresía de las muchas morales que basan sus falsos idealismos en supuestos fundamentos trascendentales. La visión del infierno pasoliniano con ese gran culo pedorreando frailes es sencillamente antológica. Ahí la carcajada surge hipada y las entrañas se remueven al enlazarse las imágenes con el festival caníbal propuesto por Fellini en su Satyricon. Imprescindible para corazones anticatólicos y amantes de la picaresca en toda la dimensión tragicómica que la misma siempre conlleva. Buena.

Harold Ramis: Mis dobles, mi mujer y yo. ¿A semejante engendro pseudograciosillo se le viene a denominar "comedia"? En los tiempos que nos ha tocado sufrir así es, y por añadidura hay todavía quien tuvo la osadía de defender un producto tosco, torpe y repetitivo cuyo único mérito consiste en presentar de escena en cuando la dulce sonrisa de Andie McDowell tratando de comprender la multiplicidad clónico-esquizoide y desquiciada de un sobreactuado y excesivo Michael Keaton. Sólo la embarazosa situación del restaurante es dirigida con acierto, es decir, arranca una carcajada adecuadamente gestada, limitándose el resto a sucesivos clichés contextuales mal desarrollados y peor concluidos en un apretado y convencional carrusel de despropósitos. Comedia lacrimógena, feble e inconsútil. Para llorar de puro triste, wei.

Y ya os dejo una semana más, comenzando (ahora sí) la lectura desasosegante de La Mancha Humana de Philip Roth, a la espera de releer algún día Manhattan Transfer de John Dos Passos, y espantado por el advenimiento de un cotorreo generalizado en torno a un tema de esencia monárquica y baladí. En esta tierra baldía se unirán en matrimonio el poder de un símbolo vaciado de toda praxis Real y un poder real generador de la gran ficción que suele pasar por real, esta sí, más real que la realeza a que ahora se ceñirá con inusitada pacatería de quitamotas profesional. Asistiremos a un murmullo generalizado y tonto sobre cuestiones cuyo peso moral se aproxima al diletantismo sobre la conciencia de culpa atribuible a la picadura de un insecto sobre el trasero de un elefante hastiado (*). Mi mente entonces se vanagloria de su carnal ascetismo, toma su mano, y emprende el arduo camino catafítico transformador de la nada de la muerte de Dios (lo santo-lo divino) en la cuenca vacía de la realidad ilimitada de lo sagrado: el pozo inconmensurable y acechante de lo numinoso en estado preconceptual. Su mirada pregnada de una imagen luminosa y poética...

(*) ¡¡¡Oh Dios Mío!!! ¡Católicos de esta nuestra España profunda y neoliberal! Revelaos, levantaos contra un matrimonio fundamentado en el pecado, en la ignominia, en la pretensión inconcebible de un príncipe dubitativo y troncal que ahora nos desea imponer una primera reina divorciada. Pero qué cojones está pasando aquí. Y vosotros, izquierdosos de leninista ralea, ¿consentiréis tal agravio contra vuestras pretensiones anárquicas y/o republicanas? ¡Qué desastre My YisasCraist (Señor mío)! ¡Qué acto tan vil y arrogante! ¡Qué atelana tan desvergonzada e insoportable! Mas ante semejante panorama no es menester hacer gala únicamente de actitudes apofáticas sino más bien afrontar el agravio con aplomo y compostura y no dejarse arrastrar por opiniones plebeyas disfrazadas de sumiso y banal consentimiento. Cuando esto llegue a oídos del GodFather romano se impondrá la cordura eclesiástica y el sinsentido común. Confiemos en la pronta excomunión de la Real Family of Devil.

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Enigmas de Salvación III
Fecha de publicación: 2003-11-03 16:55:00, por Adrián Martínez buleo   (visto: 1208 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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