Corren días aciagos y oscuros para El Hombre. No se trata sólo de la brutalidad continua y continuada desde múltiples focos geopolíticos de complejidad creciente, tampoco solamente de una desorientación existencial generalizada provocada por una abismo ético de creciente esterilidad, ni únicamente de una percepción excesivamente pesimista lanzada sobre una realidad que se nos aparece cada vez más sombría y desposeída de encanto. ¿Dónde quedaron los dioses en este universo gélido e indiferente? Leo con inusitada delectación la excelente biografía novelada que el gran Gore Vidal dedicó a un personaje ciertamente memorable. Durante el siglo IV de nuestra era quedó liquidado definitivamente el que posiblemente constituyó último gran intento de recuperar las raíces helenísticas de la civilización occidental. En ese tiempo que ya nos parece inmemorial, oscuro y grandioso, una sombra se cernía sobre el espíritu del tiempo y amenazaba con engullir cualquier luz proveniente de la razón. Así fue como ocurrió. El Emperador Juliano, el apóstata, muere en Persia a manos de sus propios generales en un deleznable complot perpetrado por un naciente integrismo cristiano. Con Juliano fallece también el último intento por sembrar una civilización realmente tolerante con todas las confesiones de Fe. A partir de ahí ya conocemos la historia. Salvo contadas excepciones, más implicaciones monoteístas con incontroladas ansias de dominación. ¿Nos suena? Herejías e infieles, sangre y fuego. Guerra. Ya sólo cabe preguntarnos una vez más para cuándo llegará el eleusino invierno, cuándo Perséfone volverá temporalmente con Hades dejando inconsolable y profundamente triste a su progenitora Deméter. El Destino sometiendo al azar, la Tejedora, la Controladora y No hay vuelta atrás (la Inflexible) tejiendo los indescifrables hilos de la existencia. ¿Qué hierofante podrá ya desentrañar tales misterios y con qué indescifrable teúrgia se encargaría de hacerlo? ¿Qué podemos hacer para remediar el frío virtual en que hemos desembocado tras años de destrucción y escombros?
Frente a este desesperanzador panorama la imaginación comienza a sobrevolar nuevos territorios inexplorados, en huida constante del narcotizante bordoneo de un lenguaje inmovilizado de sentido, preservado de cualquier pensamiento inteligente, cual poderoso gerifalte perteneciente a un mítico y ya olvidado arte de cetrería, para de esta forma comenzar a diseñar un cierto tipo de aterrizaje sobre un nuevo oasis semántico, al modo de un discurso acerbamente finalizado, punzante, ácido y corrosivo, por medio de letales anapestos y tortuosos dáctilos, plagado de enigmáticos adjetivos e hirientes aposiciones. ¿Podría un cierto lenguaje poético, despojado de cualquier parafernalia del verso, tan sólo a base de ritmo y timbre, de sutil modulación y perfecta textura, rozar siquiera la verdad que nos habita más allá del mundo helado de la razón y los hechos consumados? ¿Podremos operar una rebelión en el centro mismo de la producción de sentido, en aquellos intersticios colmados de silencio, en esas imágenes opacas a una mera valoración verbal?
Si así lo hiciéramos nos fuera dada, como el fuego prometeico, como el supuesto y anhelado pigmalión de un Dios cuyas proyecciones de cosificación han cristalizado más en lo monstruoso que en lo santo, una posibilidad más para sobrevivir, para ser. Así sea.
 
Ryan Little: Saints and Soldiers. O habría tal vez que sustituir la conjunción por la disyuntiva "o". Para ir directamente al grano y no andarnos por las ramas con este prescindible título que podemos ubicar dentro del género bélico, subgénero belicista, afirmaremos que se trata de una triste oportunidad perdida para ahondar con más compromiso y sentido crítico en la ponzoña hedionda de la guerra. Y para la ocasión (qué sorpresa), de nuevo los soldados americanos son convocados en una fraternidad especial para ejercer de moralmente buenos y a la postre justificados en al atrocidad demente dentro de un infierno helado: tropas americanas huyendo de huestes alemanas a través de gélidos bosques nevados.
Una de las peores cosas con que uno puede toparse en un filme bélico es el sonido sensiblero de fondo remarcado en ciertos momentos con patrioteros redobles de tambor. Sí, no hay duda de que ese martilleo puede escucharse, pero ha de ser el de la locura, el anuncio tenebroso de la melodía oscura de la muerte. Hay determinados efectos, determinados discursos que hacen sonreír y no se sabe muy bien si por pena o pura y simple rabia. Las relaciones entre el grupo de soldados se van estableciendo a través de conversaciones previsibles que son puro cliché del género. Nada nuevo bajo el frío sol de invierno. Y ni tan siquiera la referencia trascendente, supuestamente personificada por el combatiente insomne y neurótico que ha ejercido de pastor misionero en tierras enemigas, logra perforar la piel mil veces curtida de los animales aun más veces cazados. La culpa, siempre la culpa y esos malditos remordimientos que vuelven del fondo la memoria para ajustar cuentas con su involuntario y desgraciado verdugo ocasional. Dos referencias tan deseables como contrapuestas y pienso aquí en el cinismo de supervivencia encarnado por el soldado que llega a sargento y luego a teniente, que muere riéndose de las pretensiones de quien carga con él a sus espaldas, de la estupenda "Cuando callan las trompetas" de John Irvin o mejor aún, en esa obra oscura, insuperable, cegadoramente lúcida del inexpugnable Sam Peckinpah y su magistral y aleccionadora "Cruz de Hierro".
Al menos, esto hay que concedérselo, queda planteado el interrogante acerca de la existencia de Dios a través del cuestionamiento que parte del hecho incontrovertible del Mal. Tarea más para Manuel Fraijó que para este bien intencionado pero advenedizo y diletante realizador. Al final, y partiendo del mismo hecho de la muerte absurda (o tal vez no) cada cual pueda extraer las conclusiones que más le convenzan y por supuesto, convengan. En un territorio inhóspito y frío, glacial como la misma muerte, a merced de la mera fortuna para sobrevivir o recibir un balazo amigo o enemigo, uno puede hallar a Dios en cada una de las víctimas inocentes que se va encontrando, en el dolor y el inútil sufrimiento de sus extenuadas vidas, o por el contrario negar la existencia de cualquier tipo de divinidad aportando como evidencia fáctica ese mismo horror que no deja de contemplar a cada instante. Curioso que el soldado incrédulo apele a la lucha por la quimera patriótica para razonar acerca de la diferencia sustancial entre ellos (los buenos aliados) y los otros (los malos nazis). Curioso que sea el creyente el que apele a una indiferenciación esencial entre cualquier soldado que se viste de uniforme para matar y aniquilar a los enemigos de su régimen y su patria. ¿Por qué esa monstruosa necesidad maniquea de proyectar nuestra más profunda sombra sobre lo que ficticiamente consideramos alteridad absoluta? Ellos, los buenos, se ganan en un segundo el cariño de la madre y la hija pertenecientes a la población belga autóctona, las tratan bien y con sumo respeto, en ningún caso ninguno de ellos siente alguna tentación dirigida hacia una mujer muy hermosa. En cambio los nazis, en otro veloz segundo, y tras hablar intercambiado dos palabras con ella, con la madre atractiva, deciden ponerse manos a la obra y violarla sin contemplaciones. ¿Por qué no admitir la posibilidad de ese terrible impulso en cualquier hombre bien como resultado de su previsible transformación en alimaña gracias a unas circunstancias abominables, bien como manifestación pura de unas tendencias habitualmente recubiertas y controladas por un complejo sistema de coerción y/o canalización sociocultural?
Si a todo esto unimos la presencia en el guión de esa casualidad forzada que mueve al espanto en el espectador, que suspira por una credibilidad que se le escatima a cada paso y está tratando de hallar sin éxito, dentro de la que sin duda resulta una escena absolutamente patética, cuando se produce el impostado encuentro entre el prisionero alemán y el que fuera su profesor de inglés, el misionero cristiano, en Alemania, y todo ello combinado además con el retorno del agente inglés al que se daba por fiambre en medio de la tormenta de nieve, entonces, ejem, uno tose, se tapa la nariz y acelera el paso de la cinta para evitar la náusea.
¿Quieres ahondar en las profundas contradicciones morales que desgarran la existencia de unos hombres y una realidad sometidos a los dictados inescrutables de unas fuerzas destructivas más allá de su comprensión consciente? Bien, bien, "La delgada línea roja" del maestro Terrence Malik es tu película. Ésta, sin embargo, ya la has visto. Rayando no lo delgado sino lo minúsculo. Mala.

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En busca de la Luz
Fecha de publicación: 2006-10-09 03:10:10, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1117 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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