Una semana más asaltado por una serie de dudas conceptuales que acabarán dejando paso a un remanso de tranquilidad durante los meses de estío, mientras nos damos un refrescante baño de recuerdos al sacar voluntariamente del baúl de los mismos nuestras más celebradas y arriesgadas propuestas culturetas. Mientras mi alma se conmueve una vez más gracias a las delicadas notas de Keith Jarrett al interpretar magistralmente el "Clave bien temperado" del omnipresente Johann Sebastian Bach, y al tiempo me cuestiono acerca de los misterios insondables que anidan e nuestra memoria, en la experiencia que construimos tanto del espacio como del tiempo surgiendo como enigma del vacío trabajado por la forma y desde la determinante irreductibilidad de la materia. Los anhelos inquebrantables del ser humano "están ahí", no fuera, sin en un dentro que es fuera por ser más íntimo que lo más interno que pudiéramos imaginar en el carnal interior que nos configura. Pienso de esta forma, aunque tal vez esté cayendo en una imperdonable silepsis entre términos aparentemente irreconciliables al emitir este juicio, que algunos místicos, especialmente nuestro San Juan de la Cruz, del que el próximo santo Juan Pablo II en su interesante libro titulado "Cruzando el umbral de la esperanza" extrae curiosas argumentaciones para la demostración de la idea de "purgatorio" (la "llama de amor viva" como metáfora dura de la llama purificadora ejemplificada en la idea de Amor mismo), extraen de su obra escrita aquel placer doliente y agónico ligado a la experiencia límite de Dios y la Muerte, pero gozo y goce sublime e inefable al fin, que reiteradamente se les sustrae en sus reiterados encuentros corporales con ese Otro más allá de cuyo simple semblante desean obsesivamente ir. Por lo tanto, no existiría una pretendida incompatibilidad natural entre una vivencia extrema de la presencia divina y la experimentación agitada de un goce que llevaría al cuerpo hasta el turbulento paroxismo de los sentidos. De acuerdo. Pero el místico, en ese movimiento de aproximación al goce absoluto en la unión definitiva con el omnipotente hacedor de Todo estaría fracasando debido a al propia estructura ontológica faltante que nos constituye (hablamos y por eso el ser se nos escapa continuamente) y hallaría como consecuencia en su escritura un modo complementario para alcanzar ese resto de plenitud imposible de colmar. Es un cálculo siempre en menos, siempre destinado por tanto a una operación de añadido incapaz también ella misma de ofrecer la solución final a tan intrincado problema. La tristeza tras la visita de la Verdad no proviene ni sólo ni fundamentalmente de la necesidad de reexperimentar una vez más aquella plenitud perdida sino más bien de la inconfesable consciencia que invade al peregrino huésped de que aquello que le ha atravesado el alma de parte a parte no equivale a una respuesta total y absoluta a lo que él en un primer momento había planteado, no al menos de la manera profundamente corporal en que dicho mensaje divino se le ha manifestado de repente, excitando cada minúscula e imperceptible partícula conformadora de su Carne. Es posible que el místico también esté tratando en ese intento desesperado de comunicar lo que por principio es un límite infranqueable para todo ser humano por el hecho de serlo, es posible digo que trate desesperadamente de comunicar el establecimiento de una radical y perfecta separación de la substancia sexual en dos mitades perfectamente identificables, que se reconocerían mutuamente y podrían fundirse en su complementariedad en un abrazo gozoso, indisoluble, inamovible: el amado y la amada fundidos en una pasión extrema y, sobre todo, ya que esto escapa a cualquier consideración de caducidad, eterna. Quiero decir con eso que el místico, con la operación de prolongación otorgada a su especial escritura, estaría apuntalando la posibilidad real de alcanzar finalmente el Goce Mítico mediante la compleción de aquel resto que se le sustrajo en su encuentro con aquello que suponía complementario. Me resulta esto muy curioso si pienso en la operación de negación de la Castración, es decir, la negación del exilio del terreno del goce mítico, que realiza la Pornografía al fetichizar (convertir en objeto fetiche) cualquier objeto sexual, lo cual supondría el implementar el acceso a ese paraíso perdido mediante la no asunción de la diferencia entre los sexos. El Porno propondría pantallas fantasmáticas para salir de la Castración a través de la anulación de la diferencia real de los sexos; la Mística en cambio trataría de asumir esa diferencia radical para superarla mejor mediante el Amor que anularía míticamente la Castración que la constituye. Un auténtico laberinto sin salida. Tras este miniensayo algo atrevido y confuso mi mente se halla en estado de agotamiento y he de preparar con pausada premeditación aquellos escritos que habrán de acompañarnos desde el próximo día 18 de junio de 2005 en nuestra particular celebración cultureta. Su mirada vuelve a tranquilizarme. Es hora de abandonarse al sueño inconsciente de la Paz. GOTO START.


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El Don de los Sexos
Fecha de publicación: 2005-06-07 10:24:15, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1037 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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