(incluye útil lista de regalos al final del ladrillo

Una semana más asaltado por emociones muy intensas que me hacen experimentar con auténtica fruición los nuevos desafíos conceptuales que nos hemos marcado como meta. Objetivo éste que se verá interrumpido con esta nueva entrega y hasta pasadas las merecidas vacaciones navideñas, época que habría de servirnos a todos y a todas para revisar planes, fracasos, éxitos, propuestas y tendencias con el ojo puesto en los deseables cambios del próximo ciclo anual.

Embriagado también por una ternura algo debilitante, me digo a mí mismo que quizá lo mejor sea conectar una contundente fuente de sonido para retornar con garantías a las meditaciones relacionadas con el anuncio que os comunicaba al final de la anterior entrega cultureta. Música metálica, progresiva, de claras reminiscencias clásicas, mitológica y alucinada; tonantes melodías entremezcladas con suaves matizaciones armónicas y retazos de clave bachianos. Al gran Oscar Hernández debo el goce absoluto que me produce revisitar una y otra vez las hermosas e inapelables composiciones de un grupo tan bueno como Symphony X. El oscuro soplo de la tragedia inunda sus notas, el aliento de una epopeya sonora (tal vez únicamente superada por los ya míticos “Dream Theater”) abre los poros auditivos para que todo ese torrente incontenible de fuerza penetre hasta los rincones más escondidos del alma. Sin duda resulta muy complicado decidirse por un disco de su magnífica discografía pero yo particularmente me quedo con su entrega del año 2000 titulada “V: The New Mythology Suite”. Un disco perfecto, redondo en el sentido más eximio del término, plagado de hallazgos novedosos y con el siempre reconocible perfume de los clásicos. Una creación para escuchar una y otra y otra y... n-sima vez en la serie interminable del disfrute que sólo las obras maestras son capaces de proporcionar. Aquí la diferencia entre sus discos conlleva una repetición constante en su escucha. Bien, ya he dado con los términos que nos interesan y vienen ocupando durante los últimos tiempos. Es hora de arrumbar cualquier otro interés distractor (muy a mi pesar abandono momentáneamente la lectura de “Kafka en la orilla” del japonés Haruki Murakami, soñando también con devorar muy pronto “Vida y Destino” de Vasili Grossman y “Las Benévolas” de Jonathan Littell) y ponernos manos a la obra. Lo prometido es deuda, eso dicen. Prosigamos, pues, nuestra labor desestabilizadora.

¿Qué podemos comentar para nuestros oscuros propósitos diferenciadores de repetición acerca de una cinta tan potente, subversiva, rebelde, inclasificable y libre como lo es sin duda “Shortbus” del inteligente director norteamericano John Cameron Mitchell?

A pesar de que los resultados cinematográficos no son los esperados a partir de las expectativas construidas desde su anterior película (la brillante “Hedwig and the angry inch”), no hay duda de que existe una evolución consistente, y bajo nuestro particular punto de vista, muy coherente, hacia una teorización diversa sobre la posibilidad de la “relación sexual”, entendida ésta dentro de una acepción de marcado carácter psicoanalítico.

Si en la citada “Hedwig” se partía de una plataforma existencial-sexual digamos que “neutral”, sin diferencias anatómicas o biológicas ontológicamente fundantes, y era la diferenciación sexual y de género un proceso posterior, aquí en “Shortbus” ocurre que esa neutralidad ontológica fundante está descartada porque se asume la presencia de la Pulsión (el habla atravesada por la inercia de la repetición que habita las pasiones, es decir, la presencia del Goce) con base ontológica presente en los mismos fundamentos de la existencia.

Podemos colegir dos razonamientos consecuencia de la reflexión anterior.

UNO. Asumir la pulsión como neutra, sí, pero no así la existencia, que aparece como desgarrada, hendida, en falta desde sus mismos fundamentos ontológicos.

DOS. Que nunca puede haber relación sexual en el inconsciente. Esto supone admitir que la relación sexual y el amor son intentos suplementarios y desesperados por tratar de anotar en el inconsciente aquello mismo que no puede ser escrito en ese lugar ausente.

De esta manera, la posibilidad de un goce compartido posible deja paso a la constatación de un goce siempre solitario e incapaz de (tal y como sucede también con el mismo fenómeno existencial de la muerte) llegar al otro.

Si antes la deuda y la culpa remitían a la posibilidad de acceso a esa existencia neutral primigenia (el mito platónico de las dos mitades tan bellamente plasmado en la parte final de “Hedwig”), ahora ambas aparecen atrapadas en un masoquismo moral que las acentúa compulsivamente en la medida en que ambas son el pretexto para renunciar a placeres considerados como prohibidos. Así, la culpa y la deuda se satisfacen inconscientemente en incrementan el goce logrado a través de la renuncia. Se goza, pues, a través del sufrimiento. La renuncia al placer lleva por lo tanto a un goce laminado por la tensión y la repetición.

Por lo tanto, se ha operado un tránsito, una transformación en el mismo seno del acceso al goce. Si en la primera parte de la ecuación esa resolución optimista resultaba creíble, ahora por el contrario deja totalmente de serlo. Mientras que la utilización de la palabra como mediación de acceso a un goce imposible, por muy mítico que sea presentado, garantiza precisamente la distancia que posibilita la existencia de un deseo ilusionado de fusión (de dos en Uno), la disolución de esa distancia vía representación de lo puramente real del goce (la multitud de entes solitarios que sólo pueden gozar uno-a-uno sin posibilidad de fusión compartida) hace que el significante no pueda mantener una ilusión más allá del puro placer autista, atomizado, plenamente individual de cada individuo consigo mismo a través del uso de partes corporales de los demás. Mientras que, en definitiva, la primera visión trata desesperadamente de resguardar la visión del amante como un todo digno de respeto amatorio, ahora el amante es pura carne troceada al servicio del goce parcial de las pulsiones. Por eso el final de “Shortbus” resulta tan increíble como inverosímil. Y Cameron Mitchell lo sabe.

La relación sexual no tiene significante que la inscriba en el inconsciente, como tal no es posible, y es precisamente en estos laberintos del deseo donde anida la dimensión del fantasma, paradójica sin duda, puesto que la fijación en determinados objetos no impide el advenimiento de esa relación sexual plena sino que precisamente la finalidad de los mismos es taponar un vacío que en realidad no existe para conferirle así su consistencia fantasmática. Pero evidentemente renunciar al objeto no garantiza nunca el acceso a la totalidad inmaculada, pues esta nunca ha existido ni existirá como tal. De esta forma lo que aparece como obstáculo para la plena identidad y satisfacción de la relación sexual es en realidad su condición de positividad: el cuerpo extraño que introduce la desintegración y el antagonismo en la relación es lo que precisamente hace posible la construcción de una imagen fantasmática de consistencia plena, orden y armonía sobre la misma.

Nada más por el momento. Como ya fue comentado en el anterior número del Rincón, simplemente dejaos imbuir por un universo extraño para que sus significantes os penetren y provoquen nuevos e inesperados significados. Sólo me resta desearos lo mejor para unas fechas tan señaladas (de clichés y buenas intenciones) como las que nos aguardan durante las próximas semanas. El Rincón tampoco puede desaprovechar la ocasión para ofreceros una pequeña lista de regalos culturetas que os asegurarán, en el peor de los casos, toda un serie de reacciones en los receptores de los mismos dignas de consideración y estudio. Tened a mano la cámara de vídeo y/o fotos para inmortalizar los signos iniciales tras el primer visionado: cejas a lo alto, ceño fruncido, temblor apenas perceptible en la mano que sostiene el papel de regalo, hilillo de saliva que escapa involuntariamente, retortijones, castañetear de dientes, puños cerrados, lividez, tics y contracciones rápidas en los músculos del párpado, tartamudeo e imposibilidad transitoria de articular sonido inteligible, vahído, vómito en el traje, flatulencia, diarrea, congoja suprarrenal, acidosis metabólica, tortazo con palma extendida, taquilalia y fuga de ideas, despersonalización, insulto prolongado y/o expulsión del entorno antes amigable o familiar. Ahí queda nuestra lista estrella de Navidad. Merece la pena ver la cara de los agraciados y quién sabe, hasta puede que alguien acierte regalando su tan inesperado como irreverente obsequio: 

 

-) Seminarios completos de Jacques Lacan.

-) Escritos completos de Jacques Lacan.

-) “The pervert’s guide to the cinema” de Zizek sin subtítulos en castellano.

-) Trabajos para orquesta de Toru Takemitsu.

-) “El gran silencio” de Philip Gröning.

-) “El Arca Rusa” de Alexander Sokurov.

-) “Historia de la locura en la época clásica” de Michel Foucault.

-) “Persona” de Ingmar Bergman.

-) “La batalla de los Simios Gigantes” de Inoshiro Honda.

-) Serie “Las claves del Románico (temporadas I y II)”.

-) Todo el Rincón editado a doble cara, con tamaño reducido, sin organización en párrafos y cuidada encuadernación en piel.


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Diferencia y Repetición III
Fecha de publicación: 2007-12-03 08:12:35, por Ardrián Martínez Buleo   (visto: 1163 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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Diferencia y Repetición III

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