El oscuro mito de Glenn Gould me ofrece la sonoridad que ahora demando mientras escribo escuchando las bachianas Variaciones Goldberg. Las emociones, siempre tendentes a ofrecer su cara más petrificada y rocosa, son continuamente desgastadas por el oleaje impetuoso, y a veces gratuito, de la vida. La Vida con mayúsculas, esa que se abre camino desde la oscuridad de la Noche mediante un Deseo incognoscible y misterioso de "Ser", surgido desde las profundidades del Tiempo para acabar encarnado en un Llanto que demanda alimento y calor al frío Universo que le ha visto aparecer. ¿De dónde proviene todo este misterio? ¿Qué rara concurrencia de elementos provoca la exaltación necesaria para que un flujo de no-consciencia decida tomar forma en la materia sublime de la Carne? Explorar el camino inverso, la Muerte como nuevo Nacimiento, puede llevarnos a mundos de una opacidad insondable. Tal vez podamos comentar con más detenimiento estos y otros asuntos relacionados a través de la abstracción aplicada por el gran cineasta Gus Van Sant a la hora de recrear los últimos momentos del Kurt Cobain antes de llevar a cabo su extinción final. La tentación es mucha pero debemos concluir lo previamente abierto.

Puede que por el momento, y para proseguir con lo ya iniciado en nuestra anterior entrega cultureta, lo más apropiado resulte acabalar una reflexión a medio contar, intentando inútilmente –admitido queda- definir una cierta perspectiva isótropa, algo como equivalente en múltiples direcciones de (sin)sentido.

Antes de llegar a conclusiones definitivas, afirmaciones semejando axiomas inamovibles, por densos e impenetrables, que se nos aparezcan tan cerrados al desciframiento habitual como un puño contraído negando su apertura al intentar ser forzado por la inocua fuerza de un niño, será necesario precisar una serie de aspectos que resulta indispensable al propósito que nos anima: comprender algo, por pequeño que sea, acerca de la diferencia de los sexos.

Nos dirigimos casi a ciegas hacia una conceptualización de algo que ha dado en llamarse "función fálica". El primer problema importante que uno se encuentra al utilizar esa terminología es el no pequeño de tratar de despojarla de innumerables adherencias de significado que permanecen pegadas a los significantes. Lo que está claro es que la lógica de las identificaciones sexuales hace que todos nosotros, los seres hablantes, nos vayamos posicionando/posesionando del lado masculino o femenino independientemente de nuestro sexo biológico. Estas identificaciones implican siempre la movilización del aparato simbólico constituido por el lenguaje y el inconsciente. De hecho, habría que concluir que el inconsciente no sería sino una especie de sedimento simbólico precipitado por el hecho de que somos hablantes y además biológicamente sexuados.

Otro aspecto muy importante a tener en cuenta es el espinoso tema del Deseo, que entendido en su particular especificidad atendería a la particularidad de los objetos deseados, siendo el resultado de restar a la demanda generalista de amor la necesidad concreta de satisfacción. Podría decirse que las continuas repeticiones de la demanda dirigida al Otro conforman una figura topológica precisa, el toro (como un neumático agujereado en el centro), cuyo giro no contabilizaría el deseo al realizar éste una vuelta de más (¿otra vuelta de tuerca?).

En estrecha relación con lo anterior surgiría, filosóficamente enhiesto, el Falo como término fundamental de toda la construcción teórica, significante situado precisamente en la grieta del deseo, siendo por este motivo el significante del deseo, que quedará irremediablemente marcado en las vicisitudes de la castración.

Y por último precisamente la Castración, operación que no se juega en el ámbito imaginario sino a nivel simbólico, y que lógicamente está referida a la castración de la madre. ¿De qué se trata en esta situación? ¿De qué va en realidad todo este embrollo? En pocas palabras: La Madre, el Otro, demanda al niño que sea el falo porque desea precisamente el Falo, el significante del deseo. A esa demanda el hijo responde queriendo ser el falo para colmar el deseo de la madre, lo cual está condenado estructuralmente al fracaso. Es imposible satisfacer la demanda del Otro siendo el falo. La falta-en-ser es, pues, inherente al hecho mismo de ser hablante.

A estas alturas alguno de vosotros estará acordándose de toda mi familia y no precisamente por mi recién estrenada segunda paternidad. No importa no entender exactamente qué se quiere decir con todo esto. Dudo mucho que los mismos analistas sepan a veces de qué están hablando si tuvieran que definirlo de un modo estrictamente empírico. Digamos que la teoría avanza produciendo sentido y reestructurando los puntos de anclaje de la praxis analítica. Y al revés. La práctica arroja resultados que modifican perspectivas puramente teóricas. Nosotros no pretendemos aquí ser ni lo uno ni lo otro, ni teóricos ni técnicos, simplemente apropiarnos de unas cuantas metáforas para mejor abordar relatos y propuestas de otra índole, transversales, de clara y reconocida convergencia con el "arte de la imagen".

Hasta este momento había pensado que quizá lo mejor fuera continuar con la línea expositiva más árida para a continuación pasar a una ejemplificación visual. ¿Y si procediéramos justo al contrario? Se me ocurre que puede resultar más productivo por la siguiente razón: es indispensable sumergirse en el medio de comprensión, dentro de su jerga aparentemente críptica e incomprensible, antes de establecer conexiones propias con el ámbito experiencial propio; dicho de otra forma: con un modelo desde el que partir para el análisis es posible luego retornar al terreno fundamentador del mismo con mayores probabilidades de éxito.

Para tal fin yo particularmente he elegido una cinta del director independiente norteamericano John Cameron Mitchell en directa relación con su anterior "Hedwig and the angry inch", de tan grato recuerdo para mí y cuyo comentario fue uno de los primeros apuntes reseñados en el Rincón. En este caso me propongo establecer una contraposición entre su provocadora (y ciertamente menor en cuanto a resultados cinematográficos se refiere) "Shortbus", que explora con más o menos acierto algunos de los más importantes enigmas vinculados a la identidad sexual y la consecución del placer pulsional, y la citada "Hedwig", donde conscientemente el cineasta propone una posibilidad optimista en la carrera por superar la diferencia de los sexos. Una apasionante exploración que nos llevará en las próximas entregas hacia territorios políticamente incorrectos.

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Diferencia y/o Repetición II
Fecha de publicación: 2007-11-16 01:11:42, por Adrián M. Buleo   (visto: 1249 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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