Una semana más asaltado por dudas y reflexiones que me lanzan inevitablemente hacia ciertos abismos de amenazante incompleción en que continuar ciertas indagaciones caracterizadas por su persistente opacidad. En lugar de atollarme en ese fango de incertidumbre metafísica quedo, por así decirlo, profundamente arrepentido de mi arrogante soberbia de aficionado diletante y trato por todos los medios a mi alcance de hallar ese punto de certeza a partir del cual comenzar de nuevo con la rememoración de la interminable historia del pensamiento. Bien sé que, y en esto sólo me remito a los inapelables descubrimientos realizados por el maestro Sigmund Freud en obras como "Más allá del principio del placer" del año 1922, aquello que somos incapaces de recordar estamos necesariamente condenados a repetir. Por eso es mejor inventar una historia en torno a un espacio vacío que no intentar apenas colmar ese hueco y abandonar esa brecha a un olvido que ni siquiera podría ser nombrado como tal. Rememorar, hablar, relatar y construir un sentido nuestro dando vueltas sobre ese agujero estructurante, constituyente, y que es previo incluso a cualquier represión de carácter originario. Cabe preguntarse entonces si existe de veras algo que podamos caracterizar de inmutable, de inmóvil y eternamente compacto para asentar sobre su esencia incorruptible una vocación de permanencia consciente tras nuestra desaparición terrenal. "Sólo existe y tiene ser verdaderamente, lo que siempre permanece inconmutable", nos dirá San Agustín de Hipona en esta frase tan bella como misteriosa. Sumergiéndose en sus apasionantes "Confesiones" uno se da cuenta de hasta qué punto puede un solo tema polarizar la reflexión de una mente privilegiada, provocar en un primer momento un fenómeno de amplitud expansiva hacia otros aspectos directa y no tan directamente relacionados, arrojando sobre los mismos una nueva luz perspectívica, y transformarse en una segunda fase en un movimiento retráctil capaz de configurar una densidad conceptual infinita sobre el aspecto inicial que de esta manera, en fuerza de una sesgada y axiomática lógica deductiva, queda definitivamente convertido en piedra inamovible de todo un sistema filosófico cerrado. El intuitivo e inteligentísimo pensador cristiano y neoplatónico logra ofrecernos la ilusión de haber atrapado tras arduos y dolorosos procesos reflexivos la bestia de toda teología que se precie: el problema del Mal. Su búsqueda, el camino insaciable que marca su apetito por hallar una certeza indiscutible en medio de las tinieblas que oscurecen la luz proveniente del interior del alma es una de las mejores ilustraciones de empeño y valentía intelectual que podemos rescatar de nuestro legado cristiano occidental. Mientras cierro con suma delicadeza las páginas de mi ejemplar llegan hasta mis oídos los elegantes y límpidos sonidos procedentes de dos guitarras privilegiadas, Lee Ritenour y Larry Carlton en un memorable mano a mano grabado en el año 1995, disco al que profeso un cariño muy especial, pues me fue presentado por mi querido y admirado Oscar Hernández, ahora mismo en plena labor investigadora dentro de las tendencias musicales relacionadas con el jazz, la fusión y el flamenco, en un momento muy delicado de mi existencia y que, lo recuerdo bien, disparó mis emociones hacia representaciones del pasado que me hablaban de una pérdida que en aquellos instantes consideraba (afortunadamente estaba muy equivocado al respecto) insalvable, irrecuperable, definitiva. Mis recuerdos mezclados de anhelos y un difuso sentimiento de culpa dirigieron mi vista interior hacia ella una vez más, y entonces imaginé, rodeado de esas melodías, que tal vez uno pueda también disponer siempre de una segunda oportunidad para enmendar aquellos sucesos que de no ser así volverán a nosotros para golpearnos con inusitada violencia interior. También es deseable recordar para volver a repetir de forma nueva y otorgar así un nuevo significado a lo mismo supuestamente inmutable. Laberintos de emoción y pensamiento por los que transito hasta adormecer mi conciencia en el remanso de tranquilidad que me proporciona su regazo. Repito el movimiento que me permite fusionarme con la luminosidad circundante. Presiono esa luz. PUSH IT REPEAT:

Brad Anderson: El maquinista. El realizador británico que tan gratamente nos sorprendiera con la inquietante "Sesión 9", construye para esta ocasión una desasosegante historia sobre la génesis y configuración estructural de la psicosis paranoica entendida en su vertiente más violenta y autodestructiva. Pero la sabiduría de Anderson se demuestra no sólo en la planificación de lo que se oculta y se muestra en un alarde de precisión a la hora de mostrar los datos informativos en el momento justo y la atmósfera más adecuada, sino al mismo tiempo y principalmente al haber planteado con sumo acierto una odisea existencial que le sirve de marco conceptual para poder indagar con sentido sobre el enigmático asunto del funcionamiento de la memoria y el propio estatuto indescifrable del olvido. De esta manera, habiéndonos presentado al personaje al que tan prodigiosamente sabe encarnar un extremadamente delgado Christian Bale mediante la dedicación sonámbula a una actividad maquínica y alienante, el filme utiliza hábilmente el contexto del fabril trabajo nocturno para introducir el acontecimiento de la "repetición" engarzado a la producción de un accidente que lanza el relato hacia las dimensiones de la deuda culpable y la Muerte. Se trata entonces de ir percibiendo el retorno ciego de "algo" que previamente ha sido expulsado de la consciencia por la angustia insoportable que hubiera producido su recuerdo explícito, en un juego de sutil identificación del espectador con el personaje protagonista, para que progresivamente la aparición de esos símbolos-significantes (las "letras" del juego del ahorcado son huellas que marcan ese silencio innombrable) vaya informando la rememoración de una historia capaz de construir un recuerdo catártico en relación al agujero producido por el hecho no aceptado, repudiado y moralmente acusador. Hay algo profundamente ominoso, siniestro, demoníaco en aquello que retorna desde un ámbito situado más allá de todo significado asumible por el personaje y que le señala en forma de alucinación psicótica, de representación que viene desde ese "real" que remite a esos orígenes míticos donde lo simbólico expulsa de sí mismo a ese trozo de "cosa" para siempre signado como estigma del Destino sobre el que necesariamente hay que volver. El dedo acusador de ese destino obscuro, indescifrable, acrecienta el sentimiento de culpa inconsciente del maquinista y eso a su vez incrementa la voluntad sádica de su conciencia, que goza a través de esa alucinación conformando un universo paranoico que terminará por desvelar-se en la aterradora Verdad que esconde. Todo parece apuntar a esa última conversión luminaria e incandescente del olvido en materia olvidada, una especie de acontecimiento olvidado sometido a sucesivos olvidos para que nada pueda retornar del origen de la historia, sino únicamente una huella, un límite, un gozne que es pura ceniza, sustancia descompuesta, aniquilada, desvirtuada y sin figura. Finalmente al personaje de "El Maquinista" le será dado haber adivinado y reconstruido un origen tachado a través de la repetición persistente y endiablada de una ausencia imposible de traer al presente. Una verdadera metáfora de la cifra del destino hablante de todo ser humano. Excelente.


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De Retornos y Olvidos
Fecha de publicación: 2005-05-10 11:38:11, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1073 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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