Una semana más nos vemos a nosotros mismos instalados en la duda metódica cartesiana, aquella capaz de recorrer los tortuosos senderos de la incertidumbre, del escepticismo también, para tratar de aproximarse cada vez más a la fuente original de toda certeza. ¿Y dónde hallarla en unos tiempos tan sombríos como los que ahora nos suceden, y a los que sucedemos sin reparar demasiado en ello, sino a través de un proceso radical de interiorización de esa misma duda angustiosa que uno trata por todos los medios de eliminar? Porque este universo en que habitamos es el reino de la Máscara. Pero de una máscara que ha mutado su función catártica, al contraponer el velo tendido sobre la realidad constreñida de la costumbre con el velo destapado a la circulación no controlada (sólo hasta cierto punto) del deseo transgresor, pasando de esta manera a transformarse en una megaficción hipertrofiada de realidad, sin saber muy bien cuáles son los límites, si es que todavía existen, entre ficción/apariencia y realidad/presencia. Esto, tal y como han detectado Paul Virilio y otros, conlleva un grave peligro de derrumbe del soporte imaginario que hasta ese momento venía sustentando el polo de la ficción. Es justo el proceso que nos protege cada día de vernos seriamente afectados y/o trastornados por todo el perverso carrusel de imágenes ficcionales (ya sobresaturadas de realidad) que ponen a nuestra disposición inmediata los intangibles y omnipresentes hipermedia. Un mundo feliz. Mentes adoctrinadas, adocenadas frente a la caja de rayos catódicos en busca desesperada de una vía de escape a lo que de por sí se ha construido en continua y hedonista vía de huida cotidiana: la propia existencia.
Una enfermedad a la que me gustaría bautizar con el calificativo de “síndrome de la hipertrofia ficcional”. El sujeto que es víctima de este virus reticular puede presentar una extraña sensación de agónica confusión existencial, la mayor parte de las veces de carácter inconsciente, que le lleva a confundir todo aquello que sus neuronas procesan recibido desde la pantalla imaginaria como “lo real en sí”, de tal manera que aquello que no ha percibido de esa forma o de cuya realidad no tiene noticia simplemente decide que no existe. Paradójicamente lo imaginario radical acaba convirtiéndose en un empirismo que ni siquiera hubieran firmado pensadores de la talla de David Hume. Lo que no logra penetrar a través de mi sentido visual no existe. Veo, luego existo. Si no me veo, si no llego a contemplarme a mí mismo a través de un gran Ojo que posa la mirada sobre las percepciones de todos y cada uno de nosotros, entonces es casi seguro que de alguna forma muy significativa he dejado de existir, y no sólo para los otros, que a fin de cuentas son tan irreales en su identidad como yo, sino fundamentalmente para mí mismo. La duda radical acerca de mi propia identidad queda así instalada en el núcleo mismo de mi ser, en la esencia que me constituye, que como por arte de magia se ha transformado en una vaporosa imagen de... ¡nada!
¿Puede haber alguna intención didascálica en todo esto? No. Una forma de abordar la difusión entre estos límites difusos entre realidad y apariencia me viene a la memoria de un modo repentino, convulsionándome por dentro la náusea que me produce el recuerdo de la brutal “Funny Games” del inclasificable realizador Michael Haneke. El torturador se vuelve hacia nosotros, estupefactos espectadores que asistimos aterrados e impotentes al horrendo espectáculo que se nos presenta, y nos interpela como copartícipes pasivos en la génesis de una violencia sin origen y sin finalidad. De nuevo una pantalla saturada de realidad hasta los bordes mismos de lo soportable; un último filtro, delgado, frágil, casi inexistente, transparente, mortal.
Pienso por último y en indirecta conexión con todo este torbellino de ideas, que tal vez no sea tan importante nuestro logos a la hora de comprender los misterios que nos rodean cuanto más un particular ethos consustancial al propio entorno que nos ha generado. ¿De dónde proviene toda esa angustia, toda esa deformidad moral que nos rodea, toda esa desesperanza furiosa que conduce a los hombres, como ya predijera un espíritu tan lúcido como sin duda lo fue el de Blas Pascal, hacia caminos de ciega y frenética actividad sin sentido? Pero de esa desesperación puede nacer la auténtica esperanza de la Vida. ¿Asumir nuestro destino o simplemente representarlo…?
Oscar Hernández, inteligente, observador y siempre audaz, me desvela el misterio que rodea a un excelente paisaje nevado de Pieter Brueghel “El Joven”, copia en realidad del “Paisaje de invierno con trampa para pájaros” de su progenitor “El Viejo”, mientras ambos contemplamos asombrados el lienzo tras haber disfrutado además con diversas obras maestras de Raimundo Madrazo (1841-1920), Martín Rico (1833-1908) y el genial Mariano Fortuny (1838-1874), cuyo “Viejo desnudo al sol” nos impresiona profundamente; todo ello perteneciente a la instalación “El Legado Ramón de Errazu” dentro del Museo del Prado de Madrid. Precisamente en la obra de Brueghel, cuyo modelo original Oscar ha tenido la inmensa fortuna de poder contemplar recientemente en su viaje a la capital austriaca, ciudad mozartiana y freudiana por excelencia, Viena; ahí como digo es posible rastrear la presencia alegórica de la muerte en determinadas presencias aladas y, en consecuencia, ver claramente el paisaje que se nos muestra como una construcción deliberada fuera o más allá de la mera representación de un escenario natural. El paisaje se construye a través de una mirada que utiliza esa configuración de elementos de la naturaleza para vehiculizar un sentido hasta ese instante oculto para los ojos del observador común. Y entonces, podríamos preguntarnos, ¿qué es más real en ese momento: la naturaleza en que se base el artista, su representación, el significado oculto o la interpretación arrojada por nuestro bagaje de espectador incrédulo?
Las palabras del maestro Wolfgang Amadeus Mozart me llegan a continuación para concluir con la aceptación serena del misterio que nos rodea y constituye el mismo fluir de la existencia: “…puesto que la muerte (estrictamente hablando) es la verdadera meta de nuestras vidas […] Y doy gracias a mi Dios porque me ha dado la oportunidad (sé que  entendéis lo que digo [la carta escrita el 4 de abril de 1787 iba destinada a su padre gravemente enfermo] de aprender que ella (la muerte) es la llave que abre la puerta a nuestro verdadero estado de felicidad”.
La muerte, ¿algo tan real como aparente?

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Apariencias y Realidades
Fecha de publicación: 2006-02-26 04:02:21, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1207 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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