No soporta las temperaturas extremas. Desde antes de nacer se le dispensa mucho mimo que debe continuar durante su conservación.

El vino, es un elemento vivo que se encuentra en constante evolución. Por eso, este preciado líquido requiere muchas atenciones durante toda su existencia. Desde antes de su nacimiento, se invierte en él mucho esfuerzo y dedicación, que debe preservarse hasta que se consume. Para dispensar un trato correcto a este líquido, se deben tener en cuenta ciertos aspectos que determinan su adecuada conservación.

Las botellas deben estar siempre tumbadas para que el corcho se conserve húmedo, de esta manera mantiene su humedad impidiendo la entrada al mayor enemigo del buen vino: el aire. Los cambios bruscos ambientales también le hacen un flaco favor, la habitación donde se almacena el vino no debe presentar oscilaciones violentas de temperatura. Hoy en día debido a las modernas técnicas de elaboración y estabilización de vinos, pueden soportar tranquilamente temperaturas que oscila entre 8º a 20º ó 25º.

En cuanto a la luz, las botellas deben permanecer a oscuras, a lo sumo en penumbra, ya que modifica el color, el sabor y el aroma del vino. Las situaciones extremas son el peor aliado para la conservación de todas sus propiedades, si la habitación es demasiado seca, el corcho se contraerá y dejará pasar el aire, en cambio si es demasiado húmeda, se corre el riesgo de que el corcho se enmohezca contagiando al vino. La ventilación de la habitación también es un requisito ineludible, ya que evita que se enmohezca el vino. Debe contar con una ventana exterior, y así mismo se recomienda evitar la calefacción, ya que se secaría los corchos.

Por otra parte, no debe haber ruidos cercanos ocasionados por máquinas, ya que originan que las reacciones químicas, que lenta y constantemente se están produciendo en el interior de una botella, se aceleren con lo que se consiguen un proceso distinto e imposible de determinar de antemano.
En cuanto al tiempo de conservación, varia en función del tipo de vino. Los blancos deben consumirse, por lo general, antes de los dos años desde su embotellamiento, los rosados convienen no conservarlos más de diez o doce meses y los tintos tienen una vida más larga, algunos de ellos, en casos excepcionales, pueden llegar a conservarse hasta los 15 o 20 años.

Sin duda, merece la pena dedicar un poco de esmero a este preciado caldo durante su conservación. Con tan sólo un poco de cuidado, el vino sabrá agradecer las atenciones recibidas.

 

fuente: http://www.calidalia.com/index.php/bodega/content/view/full/3337

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Cómo conservar el vino
Fecha de publicación: 2004-12-17 10:46:00, por admin   (visto: 1741 veces)   (a 8 personas les ha parecido interesante)
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