Por Utrech todo va bien.
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Por Utrech todo va bien.

Es para mí un honor y un privilegio para nuestro amado Rincón el poder enviaros un escrito de uno de sus integrantes más recientes, filólogo especialista en culturas clásicas, actualmente coordinador-profesor del Instituto Cervantes en su sede holandesa, y familiar muy cercano de quien os habla...

21 nov 2002



Es para mí un honor y un privilegio para nuestro amado Rincón el poder enviaros un escrito de uno de sus integrantes más recientes, filólogo especialista en culturas clásicas, actualmente coordinador-profesor del Instituto Cervantes en su sede holandesa, y familiar muy cercano de quien os habla. Viajero incansable, aventurero de los de verdad, él se considera ciudadano del mundo y trabaja en la expansión de eso hoy por hoy tan maltratado y a lo que solemos llamar "Cultura". A punto ya, esperemos sea lo antes posible, de publicar una magna novela que promete hacer las delicias de los más exigentes, ahora nos deleita con esta interesantísima y ajustada reflexión sobre la necesidad de recuperar la memoria para dar sentido a lo que vemos y hacemos. Un auténtico placer. Os dejo con Fabio Aguado Millán y este sugerente e inteligente artículo:

 

Por Utrecht todo va bien. Poco a poco estoy aprendiendo a mesurar no los defectos y las virtudes de este pueblo bárbaro, sino las contradicciones y grandezas que todas las culturas del mundo atesoran en los salones privados y las plazas públicas.

Hoy hablaba sobre esto con Pepejn Zweneenberg, un cultureta holandés, ocupa, homosexual y alternativo. Sin movernos del salón, mientras escuchábamos el Llibre Vermell, en versión del New London Consort y Philip Pickett, hemos viajado a Marruecos, Holanda, Alemania, España, y al pueblo, nuestro pueblo de La Mancha. Los dos sabíamos que todos estos lugares son auténticos por que son únicos, todos han soportado, con mejor o peor suerte, un devenir histórico diferente, una historia construida día a día con millones de ladrillos humanos.

Pero, ¡ay, Adrián, si olvidamos esta historia! Y no hablo sólo de la que se escribe con mayúsculas en las academias y universidades, sino de la historia cotidiana, la nuestra y la de nuestros padres y los padres de los padres. La épica vestida de guerras civiles, la lírica romancera de coplas gitanas, la comedia de zarzuela y revista de camisa azul, la tragedia del hambre son verdades que no están completas.

La silla en que se sentaba mi abuela Luciana a atizar el fuego, la vieja máquina de escribir que mi abuelo Millán tenía en su despacho, la virgen de mi abuela Pitula y la vieja cuadra del abuelo Julián forman, entre mil detalles humanos más, la parte fundamental de la Historia mayúscula.

Pongamos por caso la máquina de escribir de Millán. De niño lo veía escribir con dos dedos y no pensaba más allá de lo que estaba viendo, sorprendido por una torpe rapidez que a mí me parecía supersónica. Es ahora, después de haber leído en estos años alguna que otra noticia histórica y haber revisitado los momentos más tiernos y horribles que han visto mis ojos, cuando las piezas comienzan a completarse y encajar. La asociación fenicia, que pasaría luego a púnicos, griegos y romanos, a pesar las variaciones impuestas por el discurrir del tiempo y sus sangrientas evoluciones y revoluciones cívicas, llegó prácticamente intacta hasta los años cincuenta. En aquellos tiempos en que la horca del hambre jugaba a los dados con los miserables, mi abuelo escribía a máquina las cartas de su modesta sociedad con Ramón el Gordo, pescadero del pueblo vecino de Villarrobledo, al mayorista Soriano de Madrid, de quien eran clientes. Y cuando el género llegaba a su destino, mientras los dos socios repartían el pescado por los pueblos más alejados con su vieja furgoneta Citröen, el tío Ángel, requiescat in pace, cogía su bici, la cargaba con tres cajas de sardinas y, por poco más de la comida (¡era tanta la necesidad y tan pocas las ganancias!), pedaleaba a los más cercanos para que la sociedad de su patrón siguiera engordando, lentamente pero con paso firme. Sociedades mercantiles, clientelismo y esclavitud... ¿no suena esto a romano?

Hemos de ver la Historia no sólo en el pasado, pues entonces no sirve de nada, sino también y principalmente en el presente, en las historias cotidianas de las gentes. Los ojos están para ver y la mente para comprender lo que vemos a partir de lo que hemos aprendido y sentido desde que gritamos por primera vez.

Mitra, dios oriental adoptado por las legiones romanas, famoso entre los más famosos en tiempos de Jesucristo, nació un día de invierno (¿25 de diciembre?) en una gruta. Y otros prodigios, conocidos por los que celebramos la Natividad, Pasión, Muerte y Resurrección del palestino, acompañaron los días del gran dios de las tierras que, en los días que vivimos, pueden estallar en mil pedazos de desolación, miseria y muerte.

Aún puedo ver, y espero que por muchos años, a mi abuela Pitula rezando frente a su virgen los crudos días del invierno castellano. Pide gracias y ofrece promesas. ¿Hacían acaso otra cosa los antiguos cuando imploraban a Mitra y al resto de los dioses? Quien tenga ojos, que vea la claridad del las aguas del arroyo del tiempo de los hombres.

Aprendamos de la Historia para, desde el conocimiento, la observación y la reflexión, aportar una pequeña dádiva de sentido común a nuestros días de pan y circo. Todo en este mundo está conectado. Desde que el hombre es hombre, es decir, mucho antes del sapiens, nuestros predecesores en esta tierra amiga y cruel no han dejado de moverse por ella, y su testimonio aún está presente en el más alejado rincón de esta aldea global. La comida y el hambre, los odios y las guerras, los éxtasis y el trance, la alegría y los fastos cívicos, el miedo ante la grandeza del mundo, ¡qué pequeño es el hombre y cómo se engrandece cuando se reúnen todos los pensamientos de los que nos precedieron, para lo mejor y lo peor!

El hombre es una especie única que puede guardar su memoria en la memoria de los hombres (¿para qué sino el lenguaje?). No nos engañemos, que su evolución no es tanto genética como cultural. Miremos atrás para conocernos mejor a nosotros mismos, pues quien no conoce el testamento de la Historia que nos legaron nuestros ancestros, los anónimos y los celebrados, no será capaz de comprender la herencia de miles de años en la que estamos obligados a vivir.

¡Qué sorpresa la primera vez que escuché música beréber! La simplicidad de la escala pentatónica en una melodía rítmica repetitiva me llevó a los campos de la China interior, donde los hombres cantan durante la mayor parte del día canciones a sus amadas, y estas responden con ingenuos cantos de agudísimas voces de ruiseñor.

¡Qué sorpresa cuando supe que en algunas aldeas del Atlas, los jóvenes del pueblo amazigh hacen lo mismo que en el lejano oriente! A partir de entonces, comencé a mirar a todos los marroquíes de rasgos beréberes (la inmensa mayoría, por cierto). De pelo muy negro, piel morena curtida por el sol de miles de años entre las montañas fronterizas del gran desierto, cuerpo delgado y pequeño, pero fibroso, y ojos mongoles, no sería una estulticia plantearse como acertada la parentela entre estos dos pueblos tan alejados en el tiempo y la distancia, pero unidos por el folklore y quién sabe si los genes.

Algún día espero hablarte de este pueblo, que sufre día a día el olvido del mundo sólo por no pertenecer ni a Partos ni a Romanos, habiendo estado, sin embargo, dominados por el yugo de ambos durante dos mil años. Cuando la historia se oculta, minimiza o desprecia con fines dominadores, la justicia del conquistador viste la arrogante mentira de verdad incontestable y sellada por los dioses, ya sean éstos paganos u oficiales.

Pero cuidado, que la historia traidora de la vida y las academias, en dosis superiores o circunstancias especiales, puede ser contraproducente. Hace unos días, y éste fue el motivo de toda la reflexión, disfruté de una película de los años en que el caudillo cruzado gobernaba los destinos de Las Españas con la gracia de su dios (con minúscula, pues Dios seguro que no podía admitir aquella grave y premeditada torpeza).

La película, titulada El último caballo, podía parecer anodina para mis amigos sesentaiochistas, mosqueados eternamente ante todo aquello que pueda oler a españolada de yugo y flechas. Sin embargo, cuando nos detenemos en el guión y la dirección, no ha de caber la menor duda de que sacaremos buen y placentero provecho de su disfrute. Edgar Neville, con esta historia quijotil, promete y cumple.

Un jovencísimo Fernán Gómez, acompañado por un aún más joven José Luis Ozores, se compadece del caballo al que ha servido durante sus muchos años de servicio militar de postguerra y, para que no lo mate el toro en la plaza de Las Ventas, lo compra. Pero los tiempos han cambiado y en el Madrid de las prisas ya no hay lugar para los caballos.

Fernán Gómez cabalga por las calles del foro de Las Españas como Don Quijote por el Campo de San Juan, y donde los manchegos veían un caballero anacrónico, ahora vemos un caballo fuera de su eje espacio-temporal. Los caballeros terminaron cuando Las Españas fueron una, y los caballos, cuando volvieron a serlo, después de unos pocos años de sueño utópico.

Pero lo más interesante quizá sea el discurso sobre la Edad de Oro que el protagonista nos ofrece, junto con su sancho y su dulcinea particulares, en una rancia taberna. Al igual que el hidalgo manchego alabara los siglos dichosos aquellos que vieron las fazañas de los valientes caballeros, que Dios mandó al mundo para poner justicia allá donde no hubiere, los tres borrachos rememoraron los bucólicos días de tierra, flores y caballos que el asfalto de las carreteras y el hormigón de las grandes ciudades trataba de enterrar. Además, como hiciera el de la triste figura, llegaron al punto de despreciar su tiempo y, aunque la comedia termine felizmente, se condenaron a vivir en la utopía de un pasado idealizado.

Perdona por haber terminado la historia por el principio, pero a veces el comienzo no tiene por qué ser lo primero. Sea como sea, la conclusión está muy clara: la historia está en el presente, pero el presente no es la historia.

Salud.

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