THE WIRE: DICKENS Y ESQUILO ATERRIZARON EN BALTIMORE
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THE WIRE: DICKENS Y ESQUILO ATERRIZARON EN BALTIMORE

La ficción creada por David Simon es una portentosa novela visual que logra capturar de forma hiperrealista el pálpito vital de la ciudad de Baltimore, a la vez que ofrece una relectura de la tragedia clásica trasvasando la fuerza griega del implacable destino al poder omnímodo ejercido por/desde las nuevas instituciones posmodernas.

2 ago 2010


El final de la excepcional serie creada por el no menos excepcional David Simon ha resultado ser, como era de esperar, memorable. Todo es tan grandioso, tan profundo, tan complejo, tan infinito y reticular, que es complicado tratar de abarcarlo siquiera sucintamente en unas pocas y deslavazadas líneas, que por otro lado no pueden dejar de estar marcadas por un claro y enorme signo de completa y rendida admiración.

Cuando uno llega al final de esta obra monumental e imperecedera lo primero que experimenta es tristeza, vacío, la sensación de haber perdido algo precioso que se ha esfumado para siempre. Acto seguido, uno recapacita y se da cuenta de que sí, efectivamente, tal vez jamás logrará experimentar las mismas sensaciones, idéntico placer al contemplar todo ese caudal de cine y arte, pero también de que obtendrá nuevas recompensas, quizás menos emocionales, pero de parecido o incluso mayor calado, cuando transcurrido un tiempo prudencial se decida a degustarla de nuevo. Porque THE WIRE deja huella profunda en quien la ve, y esa devoción es eterna, para siempre, como la que puede experimentare por un leal amigo, y uno sabe bien que jamás se sentirá defraudado si necesita de su sabiduría y su consuelo. Veamos, pues, algunas perlas de la quinta y, por desgracia, última temporada de la serie (un total de 60 horas del mejor cine que uno pueda imaginar, y probablemente uno de los  más grandes guiones jamás creados para el cine o la televisión, tanto da, porque The Wire supera esos supuestos opuestos).

He aquí que las resonancias de la tragedia clásica tipo Esquilo se remarcan de forma explícita (pensemos en el nefario senador Clayton Davis portando "Prometeo encadenado" antes de entrar a juicio), al igual que el indudable aspecto dickensiano de la historia (la redacción de prensa es el marco donde la realidad rebota en ficción una y otra vez), y todo ello es fundamental a la hora de interpretar puntos claves de la magna historia coral que se nos está contando, como por ejemplo la furiosa y despiadada disección casi entomológica de un alma, la del díscolo detective "Jimmy" McNulty, que se inventa todo un dispositivo distractor, ficcional al fin y al cabo, para conseguir un objetivo real e importante, y así lograr romper el círculo vicioso por el cual sólo puede continuarse la escucha mediante pruebas y procedimientos que se obtendrían tan solo en el transcurso de la misma. McNulty decide romper las reglas para que el verdadero trabajo policial se lleve a cabo, respaldado por otro personaje inolvidable, el obstinado, analítico, metódico, certero, meticuloso y sagaz sabueso Lester Freamon. Y porque necesitan con urgencia obtener recursos económicos para efectuar la escucha y echar el esparavel sobre el nuevo rey de las esquinas de Baltimore.

Así las cosas, lo que me interesa mucho resaltar es la habilidad maravillosa que tiene el guión para conectar (la serie es especialista en eso) entre sí aspectos lejanos, subterráneos, psicológicos y arquetípicos con objeto de capturar y "enganchar" la fuerza griega del fátum funcionado dentro y a través de las nuevas retículas e instituciones posmodernas.

 

Muy sutil resulta en este sentido la convergencia entre Kima Greggs y McNulty, a quien en determinado momento ella decide dejar de encubrir con su silencio. La detective Greggs arrastra una historia que también la ha situado -tanto en su vida personal (infidelidad, no asunción de responsabilidades familiares) como profesional (trampas en determinadas fases de la investigación al lado del propio McNulty, aspecto bien visible en la segunda temporada durante las pesquisas en el puerto) -, digamos que en situación de demanda respecto al Gran Otro, al Sistema y sus códigos deontológicos constitutivos del "deber ser". Así que cuando se le ofrece la clara oportunidad de congraciarse con ese código reglamentario y regulador, al que en teoría todos sirven, y que en realidad tiene su reflejo en unos procedimientos de funcionamiento real torvos y sesgados, decide (o es impelida a) aplacar su culpa entregando una víctima en sacrificio, algo que le hará recuperar su buena conciencia, aumentar de forma considerable su autoestima a base de ofrecerse a sí misma una nueva imagen moralmente mucho más aceptable de cara a los demás y, sobre todo, a ella misma. Lo curioso es que inexorablemente este movimiento también se efectúa sobre el detective McNulty, quien en la primera temporada fue el que durante unos terribles momentos se sintió completamente responsable del atentado que sufrió Kima, plantando tal vez una semilla inconsciente de venganza en el corazón de la detective, cerrando así un extenso  arco sobre estas dos existencias indisolublemente unidas. Greggs opta por la actitud deontológica olvidando cualquier otro tipo de consideración consecuencialista, detallista, olvidando incluso sus propios errores que en ocasiones McNulty haya podido tapar, como así ha sido, por petición suya. Pero cuando el Gran Otro pide reconciliación, el destino empuja con determinación y se cumple el guión con ciega exactitud matemática. La confesión y reconciliación se producirá sin acrimonia. No obstante haber pagado un alto precio personal y profesional, vemos aliviados como surge en sus vidas la redescubierta oportunidad de redimirse...

Las implicaciones éticas son, como todo el mundo puede suponer, tremendas y darían por sí solas para llenar páginas y más páginas sobre la cuestión. Y esta es solo la punta del iceberg, un fragmento muy pequeño dentro de la variedad de temas abordados y de lo que se podría decir de todos y cada uno de los personajes implicados en esta monumental novela visual: el impactante y poco épico (otro grandísimo acierto) asesinato del "robinhoodiano" Omar, la tranquilidad con que "Snoop" asume el final del camino, aceptando que muere a manos de alguien que ha sabido utilizar sus mismas armas de supervivencia, el progresivo declive moral del histrión Tommy Carcetti a pesar de sus prometedores inicios al conquistar la alcaldía, la brutal disección psicológica y existencial a que es sometido el levantisco McNulty, la sufrida redención del cándido "Bubbles" (asumir el dolor, la culpa, y dejar sitio a la vida), las dos caras de la misma moneda que suponen la elusión del averno del baladrón Namond, el chico adoptado por Colvin (un insospechado científico social) y la manifiesta caída en el mismo del joven medroso Duquan (comienza tal vez un nuevo círculo anudado a la salvación de Bubbles), el terrible pasado de abusos que se adivina en el sicario Chris, la coraza psicopática del acerado colombófilo Marlo, los tenebrosos itinerarios trazados por Nicky Sobotka (otro precioso detalle cuando reconviene al alcalde tras escuchar su propaganda en el puerto) y Michael (un posible pasado de Omar), la tragedia oscura y pragmática de "Stringer" Bell, las transformaciones positivas de Carver y "Prez", la pérfida venalidad del primitivo y frisio "Herc" (Thomas Hauk, dirigible y destructivo "tomahawk"), el íntegro e insobornable (a partir de cierto momento de su vida, el que nosotros comenzamos a ver) Cedric Daniels, la pestilente podredumbre del abogado Maurice Levy, el arribismo  instrumental de Scott Templeton, la ética periodística apegada a los hechos representada por Augusto Haynes, la fatalidad que fulmina la tentativa de autonomía moral iniciada por el sobrino de Avon Barksdale, el malogrado D´Angelo... y así un luengo etcétera, etcétera, etc.

La serie da para todo tipo de análisis sociológicos, filosóficos, antropológicos, económicos, literarios, psicológicos, periodísticos, culturales, dada su enorme e inagotable complejidad, y debido fundamentalmente a que logra ofrecer un fresco gigantesco, poliédrico, de múltiples e interrelacionadas capas, acerca del hombre (con toda su complejidad existencial) sometido a estructuras que superan su capacidad de control. Y frente a esas determinaciones se despliega toda una infinita  variedad de actitudes, posiciones, decisiones y conductas que, lejos de ofrecer soluciones fáciles o trilladas, nos sitúan directamente, y casi literalmente, dentro de los abisales laberintos que componen la ambigua condición humana. Por todo ello y mucho más The Wire es (y si no lo es ya, debería serlo) un clásico a la altura de las más grandes creaciones del séptimo arte, una obra maestra absoluta, poderosa, incontestable, definitiva; una creación sublime del espíritu humano, ese mismo al que somete a un análisis tan lúcido e implacable como trágico y compasivo. Una experiencia radical, portentosa, admirable, asombrosa, mirífica, esplendente, dura, compleja, tensa, densa, inteligente y visceral. Un viaje al fondo de la verdad en sesenta deslumbrantes dosis. Un oscuro y luminoso sendero sin retorno.

autor: Adrián Martínez Buleo

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#1

Estoy enganchado a The Wire

Oscar el 26 ago 2010
Acabo de terminar la primera temporada y debo decir que la serie me ha enganchado desde los primeros capítulos. Una vez que entras en el mundo de la serie ya no puedes dejar de conocer más sobre las turbias interrelaciones del mundo del tráfico de drogas , la corrupción política, judicial, etc... Un 10 para la serie The Wire


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