En fecha reciente un cierto tsunami económico azotó las costas del sector económico en que desarrollo mi inapreciable actividad profesional. Digo, bien, inapreciable, como la de la mayoría de los individuos que me rodean y que conmigo componen una suerte de nueva e invisible masa gris. Inapreciable por desapercibida sólo en instantes parcheados en la sucesión temporal, inapreciable por intrascendente para explicar o entender los enigmas de la existencia, inapreciable por carecer de una inserción fundamentada y sólida dentro de una marco interpretativo del entorno que nos rodea, inapreciable por estar sometida a los determinismos globales dentro de virtuales espacios de flujos inasibles e indeterminados, inapreciable, en fin, porque no sirve realmente para nada excepto para ganar dinero. Dinero, Money, qué gran canción de Pink Floyd en un disco ya mítico para todos los amantes de la buena e inmortal música. Céntrate, no desvaríes. Se trata de eso, de dinero, de puto dinero. Y, como decía, nos enteramos hace poco de una física/virtual aspiración de ingentes flujos de capital hacia el interior de un agujero negro financiero que, dada su naturaleza oscura, absorbe dividendos sin dejar escapar la "beneficiosa" luz. ¿Cómo puede estar sucediendo tal cosa? ¿A qué extraño fenómeno se debe que un volumen tan gigantesco de pecunia se volatilice de una forma que podríamos calificar de mágica? Lo inverosímil se encarna en el hecho constatado de lo imposible. En la nueva realidad líquida del capitalismo global y de ficción todo es susceptible de convertirse en puro holograma, en simulacro intangible de sí mismo, vaciándose de realidad concreta para pasar a engrosar las filas de la fantasmagoría de los hipermedia. Si miles de millones de euros desaparecen así, con un simple chasquear de dedos (bueno, también los inefables Gigatrón conseguían efectos parecidos con ciertas prendas femeninas), ¿qué no podrá suceder con nuestras inapreciables y redundantes existencias, sometidas ellas a un inexorable proceso de maquin(iz)ación, continuamente disimulado mediante la apelación hacia una distinción compulsiva del otro a través del consumo constante de bienes tan publicitados como innecesarios? Ellas también pueden desaparecer en cualquier momento y sin avisar, en medio de un entorno de sombras y niebla (gracias Woody) donde uno se convierte repentinamente en centro de conspiraciones y oscuros planes de liberación sin saber nada de nada respecto a las causas, decisiones o qué misteriosos porqués le han llevado a esa singular e inexplicable situación de ignorante víctima totalmente responsable de unos actos desconectados de cualquier significado con sentido, despojados de algún marco interpretativo que pueda proporcionarles unos antecedentes plausibles y, en consecuencia, atribuidos a la voluntad de un sí mismo tan desorientado o más que un famoso dentro de una biblioteca.

Por el contrario, apreciables, más que apreciables y perdurables, resultan las importantes contribuciones al análisis de nuestra situación actual llevadas a cabo por el sabio sociólogo polaco Zygmunt Bauman, quien expone con una clarividencia extrema, y basándose en el análisis de la lógica secuencial de la consolidación de los derechos democráticos construida por Marshall, las diferentes fases atravesadas a lo largo de tan retorcido y arduo camino. Y como muy bien señala este autor, los derechos personales (protección, seguridad, propiedad privada, libertad de elección asentada en un poder económico suficiente) mantienen una relación circular, un dilema de facto, con los derechos políticos (intervención en los procesos de elección y construcción de leyes para garantizar los anteriores), de tal manera que sólo la llegada de un núcleo poblacional que comenzó a reivindicar la posibilidad de acceder a esos derechos políticos mediante la instauración de los derechos sociales (riqueza y cultura para todos), crea las condiciones a partir de las cuales lo que antes era conservación y adecuación pasa a convertirse en reforma y transformación social. En efecto, sólo la extensión de esos derechos sociales podía garantizar el acceso de los más desfavorecidos a una serie de derechos políticos previamente asentados en una base económica consistente, precisamente la que garantizaba la tendencia a proteger aquellos derechos personales logrados mediante el propio triunfo personal y al margen del poder arbitrario de los señores y/o reyes.

Otras aportaciones brillantes residen en sus agudos análisis sobre la lógica de producción de residuos (desperdicios sólidos y humanos) y la más que preocupante disolución de los vínculos afectivos en nuestra sociedad posmoderna de hiperconsumo (el amor líquido). La lógica productiva de este capitalismo global (y de ficción global) se convierte en un animal hambriento que se alimenta de una liquidez que no deja de demandar, cada vez más y más (y también más escasa). Porque si algo nos queda claro tras leer los inteligentes y acertados diagnósticos de un pensador sin miedo como lo es Bauman es que nos encontramos en una encrucijada de muy difícil, por no decir imposible, solución. Como muy bien señala a lo largo de una conferencia memorable, no es que hayamos abandonado la idea-objetivo de transformar la realidad a través de la imaginación de utopías alternativas al orden establecido, es que vivimos inmersos dentro de una muy particular a la que perfectamente ejemplifica mediante la acertada metáfora del cazador. Si la era premoderna puede caracterizarse por la del "guardabosque", y la modernidad se identificaría mucho mejor con la del "jardinero", quien proyecta un diseño imaginado para lograr progresivamente que la realidad se vaya configurando según ese patrón, la nuestra vendría definida perfectamente por ser la era de la caza continua, ininterrumpida, sin fin, con el riesgo continuo de sufrir un fracaso si no se está a la altura del resto de competidores en el mismo juego de supervivencia. La compulsión a convertirse continuamente en otro sustituye las ansias de salvación y de redención, y de esta forma se entra en una espiral de reinvención continua del yo como la única forma de acceder a una felicidad prometida. Una cosmética de la felicidad asentada en egos inflados y autoindulgentes. Y la caza como tal, la excitación de esa actividad extremadamente competitiva y solitaria (a pesar de que pueda ejercerse en grupo) depende de que precisamente no se llegue al término de la misma, puesto que su conclusión implica el fracaso de las expectativas que le sirven de sustento perpetuo e interminable. Se caza para mantener siempre las expectativas de una presa cada vez mejor, un señuelo, un objeto imaginario de deseo. La Utopía está en el proceso mismo, y ese proceso se realiza por temor a experiencias de fracaso pasadas, no por un impulso limpio de ir hacia algo mucho mejor. Así que el cazador individualizado, liberalizado, privatizado se encuentra sometido a una presión constante de obtención de objetos de consumo y de reinterpretación constante de sí mismo que, amén de dejarle diariamente exhausto, le imposibilita la creación de auténticos lazos humanos de solidaridad y mixofilia.

Si a todo lo dicho unimos los impecables análisis que el autor nos ofrece acerca de los motivos profundos de la segregación/exclusión de las nuevas subclases de marginados dentro de las masificadas/fortificadas ciudades del siglo XXI, tendremos entonces que afirmar sin temor a equivocarnos que nos hallamos frente a uno de los análisis más lúcidos y contundentes sobre las angustias, temores, transformaciones y miedos del hombre actual inmerso en un entorno de terrible incertidumbre existencial. Porque esos miedos profundos hunden sus raíces en corrientes globales y se acaban concretizando en angustias dirigidas contra chivos expiatorios mucho más visibles e identificables. O dicho de otra forma: los problemas presentan una génesis global y la sociedad se ve constreñida a ofrecer soluciones de carácter meramente local. El fracaso con tales medidas (véase la gestión política) está garantizado. Las soluciones locales de los políticos denotan una desorientación casi tan grande como la que inútilmente tratan de paliar. Hoy en día se ha producido una brecha profunda entre dos realidades que antaño permanecían unidas: mientras que el Poder se ejerce en el espacio fluido dominado por las fuerzas y energías globales, la política queda restringida a decisiones locales desprovistas de efecto global. El divorcio entre poder y política se ha consumado y hoy los ciudadanos votan a unos títeres que potencian su histrionismo y grandilocuencia (la consigna es siempre generar más tensión, crispar, dramatizar y proyectar en el oponente toda suerte de vicios y corrupciones) en directa proporción con su perplejidad e imposibilidad real de cambiar nada. Y esa política despojada de su acción real transformadora sobre una realidad transnacional que la supera por completo, esa política convertida en mero gestor de fuerzas que la zarandean de una lado a otro sin conmiseración, trata a su vez de arrogarse un fin práctico mediante su presentación en sociedad como el mejor remedio a una inseguridad tan  ubicua como terrorífica: el Estado se convierte en suministrador de medidas policiales de protección-seguridad ciudadana a la par que otras fuerzas e intereses se encargan de resquebrajar las ciudades en fragmentos-fortalezas potenciadores de la segregación y el prejuicio. Y lo peor es que se nos deja a nosotros, individuos totalmente superados por las circunstancias, la elección última acerca de determinados asuntos que reclamarían soluciones colectivas basadas en una solidaridad entre países. La derrota del individuo, la corrosión del carácter que diría Richard Dennett, es total e inevitable.

¿Qué podemos hacer entonces? Como ha señalado muy acertadamente Slavoj Zizek en alguna de sus magníficas conferencias alrededor del mundo, ahora más que nunca estamos necesitados de una nueva Utopía en el sentido más afirmativo del término, es decir, no como huida de fracasos anteriores sino como impulso tendente a logros de mayor justicia y humanidad. Sobre cuál ha de ser o habría de ser la naturaleza de tal propósito de la imaginación llevada al poder, la respuesta no resulta para nada definitiva; estamos sencillamente a la espera. ¿O no lo estamos? ¿Escuchamos de verdad toda las señales de advertencia que hemos estado señalando de forma bastante somera? Me temo que no.

Claro que practicar una escucha diferente exigiría nuevos planteamientos y diferentes análisis que ahora mismo este sufriente escriba no osará realizar. Quedamos emplazados para otra suculenta entrega de nuestro amado y venerado Rincón.

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Fecha de publicación: 2008-02-21 07:02:08, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1244 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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