Una semana más aguijoneado por ciertas cuestiones que se desprenden de lamentables situaciones políticas actuales y me conducen hacia el establecimiento de modelos surgidos desde la propia historia. Pienso sin ir más lejos en la constitución y ejercicio del poder desde un punto de vista muy foucaultiano, descentrado, más horizontal que vertical, reticular, cuyos tentáculos se extenderían progresivamente hacia todos los planos de la vida más cotidiana. Al rescatar ciertas fichas me acude a la mente el ejemplo casi paradigmático ocurrido hace demasiado tiempo en aquella lejana colonia que sin duda fue la Hispania Romana. Sobre todo a partir de la nueva fiscalización marcada por la llegada del emperador Augusto, quien amén de parcelar la Hispania en tres grandes provincias, las mismas en que la dinastía Julia-Claudia estableció los 14 "conventus" (modelo de partición que mucho más adelante seguirá la Iglesia al llevar a cabo sus propias divisiones administrativas), dio origen a una progresiva fiscalidad marcada por una paulatina pero inexorable intervención estatal en la financiación y gestión comercial de sus fuentes. Quizá fuera el intervencionismo imperial en el comercio del aceite bético el mejor botón de muestra de lo que vengo sosteniendo, a saber: la imposibilidad de todo poder creciente de mantenerse al margen de aquellas transacciones económicas que puedan servirle de apoyo y vehículo a su propia colonización ideológica. El riesgo que corre, aun sin saberlo, es el de sufrir como contrapartida procesos de inculturación y "contaminación" desde los mismos orígenes que trata de influenciar y a la postre subyugar. La tendencia en la Hispania fue muy clara y visible a través del derecho latino otorgado por Vespasiano (Edicto de Latinidad en el 70 d.C.), la política de tinte aristocrático practicada por Trajano y después por su excelso sucesor Adriano (qué gran novela por cierto la de Marguerite Yourcenar), hasta la confiscación operada por Septimio Severo sobre las propiedades olivareras de los grandes latifundistas béticos (193 d.C.) que apoyaron al pretendiente Albino tras el fallecimiento del emperador Cómodo. Es todavía más curioso si cabe la evolución de ese intervencionismo estatal una vez el Imperio ha entrado en un irreversible proceso de declive, ya que la aparente declinación de influencias al estar obligado a privatizar muchas funciones anteriormente públicas acaba desembocando en un atrincheramiento latifundista dentro de la economía agrícola que de nuevo se convierte en plataforma de lanzamiento para nuevas y renovadas estrategias de poder. Es decir, el poder imperial aprovecha también la descentralización para prolongar sus injerencias de una forma mucho más velada y por eso mismo menos detectable a simple vista, operando por ello nuevas metamorfosis de ocultamiento y actuación. La polarización social que dará como resultado una progresiva concentración de poder en cada vez menos manos y provocará la herética revolución bagáudica (más tarde limpiada de raíz por el visigodo Teodorico II) como reacción a la humillante señorialización latifundista. Señorialización que por cierto convivirá sin demasiados problemas con la futura monarquía visigoda: el Estado puede aceptar vectores centrífugos siempre y cuando cumplan funciones de contención y control social. De nuevo es posible detectar contracciones y expansiones en el interior mismo de la propia dinámica abarcadora del poder. Su atractivo, su irresistible influjo siempre originará una conflictiva intrínseca por su acaparamiento y disfrute que operará de elemento disgregador en lucha continua contra las tendencias concentradoras más piramidales (buen ejemplo de ello es también el sanguinario transcurso desde el modelo de Diocleciano hasta la imposición de Honorio). Es algo fascinante y a la vez muy aterrador puesto que no hay forma posible de sustraerse a los efectos más perversos surgidos en el seno de cualquier mecanismo social. Algo agotado al haber tratado de articular estas oscuridades perdidas en los abismos del tiempo, escucho para activarme el Tercer concierto de Brandeburgo en sol mayor, BWV 1048 (el catálogo Bach-Werke-Verzeichnis), uno de los seis conciertos con varios instrumentos que el maestro Johann Sebastian Bach (1685-1750) dedicó en el año 1721 a Christian Ludwig de Brandeburgo, de ahí precisamente su nombre aplicado por el musicólogo alemán Philipp Spitta (1841-1894) en el siglo XIX. Por aquellas fechas, justo un año antes, había fallecido su primera esposa María Barbara. En 1721 contrae nuevas nupcias con Ana Magdalena Wilcken con la que traería e este valle de esperanza, lágrimas y música (este hombre era un auténtico portento en todos los sentidos) nada menos que 13 hijos. Muy poco después, y tras la muerte de Johann Kuhnau en Leipzig, el maestro se dirigirá hacia esta ciudad pasando de "kapellmeister" en Cöthen (el príncipe Leopold, familia del de Weimar, era su patrón allí) al puesto de "Kantor" en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Transportado de esta manera a nuevas esferas de emotiva intelección, fuerzo mi voluntad a mantenerse lo más lejos posible de aproximaciones sesgadas a esas corruptelas sociopolíticas cuyo hedor a todos alcanza, y que dentro de su momentánea corrección política situada en la órbita de la "incorrección naïf" de diseño, hacen injustificadas concesiones a una prefabricada tesis propagandista salpicada de un cargante victimismo ético. La luz se va concentrando poco a poco en un punto de cierta tranquilidad mientras ella toma mi mano, la acaricia y me susurra palabras de amor que logran adormecer mi exacerbada inquietud. Puedo verme justo antes de caer en el espeso sueño en medio de la que fue sin duda una memorable celebración el sábado noche en el local madrileño "Primer Equipo". Un hombre inteligente, generoso, sensible y entregado a la causa del Bien, Jorge Marugán Kraus, reputado psicoanalista y estudioso audaz y profundo de los intrincados enigmas de la obra freudiana y lacaniana, celebró el paso del tiempo con la clase, el buen gusto y la elegante sencillez que sólo las grandes personas saben mantener y demostrar en todo momento y situación. Un ejemplo a seguir. El sueño por fin me ha vencido. ¿A vosotros no? PUSH IT SLEEP:

Dennis Hopper: Easy Rider. Dennis Hopper gestó y dio a luz en el lejano y mítico año 1969 la no menos mítica cinta llamada "Easy Rider", y que más allá de sus bondades y defectos cinematográficos es toda una lección de cine valiente y, por qué no decirlo, experimental. Porque si bien esta particular road movie nos muestra todo el contexto sociocultural de una época atravesada por unos aires utópicos de libertad, aquellos precisamente que soplaban sobre un territorio abonado a la experimentación límite con sustancias, actitudes y conductas, no se restringe a ese aspecto meramente descriptivo y a medida que avanza en el desarrollo de personajes y planteamiento de situaciones ofrece una auténtica odisea existencial centrada en la tragedia de unos personajes convertidos en mártires por una sociedad malsana y asfixiante, represora y cínica, capaz de sacrificar a sus ciudadanos en aras de una ficticia libertad individual que es para colmo el tabú más temido y odiado por el mismo sistema social y económico que la publicita, exigiendo su falso cumplimiento justo hasta el umbral en que comienza a transformarse en crítica contra su esencia más perversa.

La apuesta personal de Hopper, con grandes orgías de alcohol y agresividad durante el accidentado rodaje, le llevo hacia extremos de sí mismo que chocaron frontalmente con algunos planteamientos de Fonda y otros miembros de la troupe, lo que quizás lejos de haber supuesto un obstáculo infranqueable para la producción supuso un acicate de riesgo y profundización que terminó dando como resultado una obra incomparable. Puede asimismo que los mejores ejemplos de lo que digo residan en dos momentos muy significativos del filme: por un lado la enigmática respuesta que el traumatizado y complejo personaje encarnado por el solvente Peter Fonda enuncia como respuesta a ciertos interrogantes lanzados por su compañero de viaje; por otro toda esa psicodélica secuencia del cementerio conceptualizada a modo de brutal y angustioso delirio compuesto por identificables elementos religiosos. Sea como fuere, lo cierto es que esta irrepetible obra representa una de las raras ocasiones en que imagen y sonido se funden en un magma imaginario de múltiples lecturas y cuyas implicaciones sobrepasan con creces los anclajes socioculturales momentáneos para, una vez desbrozada su auténtica esencia, arrojar una negra, pesimista e incontestable reflexión acerca de lado más sombrío, afortunadamente no el único, de la precaria condición humana. Clásico.

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El Sueño del Poder
Fecha de publicación: 2005-03-08 17:53:19, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1251 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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