En la tensa espera que ahora me embarga, perceptiblemente bloqueado en la banquisa de un pensamiento gélido, helado, que huye a conciencia de cualquier atisbo de apólogo o enseñanza, busco con denuedo esa reflexión que me permita salir del frío ensimismamiento para encontrarme de nuevo reconfortado con el calor de las conclusiones fértiles. Una extraña voz surge de las profundidades de mi mente y entona una fervorosa súplica de ayuda. ¿El sonido de mi alma materializado en una particular modulación alegórica? ¿Qué clase de Eurídice me está llamando? La asociación se ha producido y me propongo indagar la sincronía con sana curiosidad infantil.

Para ello decido escuchar la excelente ópera compuesta por Jacopo Peri (1561-1633), uno de los eximios integrantes dentro de la que dio en llamarse "Camerata Bardi o Florentina", fundada por el gran mecenas renacentista y conde de Vernio Giovanni Bari (1534-1612), y que contaba además con la participación de Emilio dei Cavallilere, Laura de Guidiccione, Giulio Caccini y Vincenzo Galilei (el padre de Galileo). El propio compositor cantó el papel protagonista de Orfeo en la fecha de su estreno en el Palaccio Pitti de Florencia el 6 de octubre del año 1600.

No hay duda de que la disposición adecuada para sondear lo innombrable, aquello que con pertinaz insistencia se escabulle tras nuestros discursos más referenciales y constatativos es precisamente la de una cierta escucha desenfocada, flotante, inespecífica, que sin embargo nos permite captar de vez en cuando la sinfonía oculta que fluye por debajo (y al lado) de las cosas. Con esta disposición de ánimo emprendo la audición de la obra citada; noto entonces como esa hermosa música hace vibrar mi interior en determinados picos emocionales y me imagino al amante Orfeo girando la cabeza en el último instante justo antes de atravesar la última puerta del Infierno. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no haber resistido un poco más la tentación? Las interpretaciones que podrían ocurrírsenos son innumerables. Pero lo cierto es que la tragedia se cumple y los amantes son separados definitivamente para toda la eternidad. ¿Tal vez una metáfora de la propia e irreconciliable separación de los sexos? La sexuación, la identidad sexual, las diferencias sexuales, cuestiones complicadas de dilucidar y siempre aguijoneando nuestro intelecto y nuestro corazón. Ya tengo por fin el tema que pugnaba por salir a la superficie y que, sin saberlo del todo, mantenía dentro de los límites de mi preconsciencia. La conexión se ha producido. Atrevámonos ahora, pues, a emprender el reto de su necesariamente breve desarrollo. Además me propongo iniciar una secuencia especial de entregas dedicadas a esta temática, que espero resultarán más interactivas para la siempre receptiva comunidad cultureta en función del interés habitualmente despertado por un asunto sin duda atrabiliario y esquivo.

No hace mucho tiempo lograba extraer la siguiente diferenciación contenida en un libro dedicado a la educación emocional del ser humano en desarrollo (no entraremos aquí en disquisiciones más profundas acerca de los pliegues del concepto de desarrollo evolutivo vinculado a la historicidad de los cambios madurativos; mejor lo dejamos para otra ocasión), y que venía a resumirse respecto a variaciones "estructurales" dentro de la vida en pareja en el siguiente esquematismo más o menos burdo:

 

HOMBRE

  1. El hombre no suele responder primariamente a la crítica de la pareja. Esto provoca un aumento de la ira y de la irritabilidad de la mujer.

  2. Respuesta fisiológica mayor al estrés provocado por la interacción.

  3. Tendencia a alejarse de situaciones angustiosas: más rumiación de pensamientos negativos en ausencia del cónyuge. Mayor utilización del silencio y la actitud distante.

  4. Utilización del Cierre Defensivo como mecanismo de control: el hombre cree que no hablar del problema que genera angustia lo mantiene a raya. Hablar sobre él incrementaría la tensión.

  5. Los hombres tienden a recoger las señales emocionales a partir de lo que experimentan físicamente y bastante menos del medio social circundante.

MUJER

  1. Critica más: cree que someter problemas a la consideración del otro forma parte de su tarea como pareja. Su irritación aumenta con la renuencia del cónyuge a afrontar la crítica.

  2. Respuesta fisiológica menor al estrés emocional.

  3. Menos tendencia al alejamiento y menor rumiación en ausencia del cónyuge. Las mujeres considerarían el silencio y la actitud distante del hombre como prueba de presunción, falta de interés o desaprobación.

  4. Utilización de la Apertura irritada como mecanismo de control: creen que hablar del problema reduce la tensión generada.

  5. Las mueres tienden a recoger las señales emocionales mucho más del medio social que de sus sensaciones físicas y fisiológicas. Por este motivo la mujer puede permanecer más tiempo en una relación orientada al fracaso a pesar incluso de poner en riesgo su salud física.

¿Exacto o equivocado? ¿Verdad, media verdad o simple mentira especulativa? Primer punto en que el Rincón reclama la interacción del lector cultureta a la espera de sus comentarios al respecto.

Yo proseguiré virando la cuestión hacia un terreno más resbaladizo si cabe, tratando de remontar el curso de los acontecimientos para hallar no tanto una serie de causas responsables de las diferencias (o una descripción más detallada de las mismas) como la lógica subyacente a la diferenciación desde un punto de vista estrictamente humano, o en román paladino: la lógica del goce y del lenguaje implícita en la masculinidad y la femineidad. No habrá más remedio que introducir alguna jerga un poco espesa pero que al final del camino nos iluminará con la conclusión que vosotros y vosotras bien podéis ya ir anticipando: la diferenciación existe y tiene que ver fundamentalmente, estructuralmente, con la distinta forma de gozar que tiene el hombre y la mujer a la hora de buscar la satisfacción sexual absoluta. ¿Demasiado atrevido esto en tiempos de negligencia intelectual globalizada y censura omnipresente de lo políticamente correcto? Puede, pero eso no nos arredrará ni impedirá que prosigamos el arduo camino emprendido.

Por el momento os dejo a solas con la propuesta lanzada, mi deseo de que reflexionéis sobre lo escrito en esta nueva entrega de nuestro amadísimo rincón, también el anhelo de que uno a uno vayáis descubriendo pliegues y repliegues en vuestro interior que permitan corroborar o refutar las sentencias anteriores (¿simples enunciados metafóricos de una productividad obsoleta o constatación empírica de hechos observables?), la petición formal de que hagáis partícipe a la comunidad de vuestros hallazgos o hartazgos, y, concluyendo que es gerundio, el temor infundido una vez más al escuchar las palabras de Betsy Blair cuando le expone su particular teoría del equilibrio cósmico al tramposo y cobarde personaje interpretado por José Suárez en la que sin duda es una de las más bellas, inteligentes, lúcidas y demoledoras películas que ha parido nuestro maltrecho cine español: Calle Mayor del maestro Juan Antonio Bardem, sin duda una de las grandes películas europeas de la historia del cine. Además de su vertiente más sociológica y antropológica, me interesa resaltar el profundo conocimiento psicológico de las diferencias de género que nos ofrece un guión magistral y perfecto, tan duro y crítico que simplemente os dejará sin aliento. La España más mediocre y oscura de los años 50 analizada al detalle y convertida en desasosegante y terrible fábula moral. No sólo se trata de una profundización en aspectos más sociales y culturales del oscurantismo moral de la época, es sobre todo un retrato honesto y profundamente veraz de los resortes de comportamiento activados dentro de situaciones que premian el adocenamiento y la miseria moral de sus integrantes. Una maravilla que no podéis ni debéis dejar de visitar.


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Diferencia y/o Repetición I
Fecha de publicación: 2007-10-28 07:10:56, por Adrián M. Buleo   (visto: 1158 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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