La Fura dels Baus, la mítica compañía fundada en 1979, con Àlex Ollé y Carlos Padrissa a la cabeza en su dirección artística, y tras el arrasador éxito de su particular visión del mito fáustico que con tanto acierto llevaron a la gran pantalla bajo el título de "Fausto 5.0", vuelven de nuevo a la carga tratando de ofrecer una relectura posmoderna y deconstruida (¿actual?) de "La filosofía en el tocador" del "divine" Marqués de Sade, escrita en 1795 y considerada por muchos un perfecto resumen de la filosofía moral representada por el ilustre libertino. En esta pequeña obrita, compendio de los productos fabricados por una mente sometida a un impulso casi incontrolable por dinamitar los diques de la contención expresiva, tres perversos personajes capitaneados por el cruel y amoral Dolmancé (perfecto en su papel el escultural Pedro Gutiérrez) serán los encargados de corromper la virtud de la virginal Eugénie hasta desembocar en una monstruosa metamorfosis que conducirá a la joven doncella a cruzar las misma leyes responsables de la fundamentación de toda cultura.

 

En el planteamiento escénico y el progreso de la acción dramática La Fura se mantiene fiel al espíritu del Marqués enmarcando su particular mirada en un ambiente metálico y frío, muy próximo a la desnudez pornográfica, hábilmente mezclado con efectos digitales de última tecnología capaces de multiplicar la oscura sordidez de lo mostrado en el escenario con el acompañamiento de primeros planos gigantescos y superposiciones apendiculares en fusiones imaginarias perfectas, donde la genitalidad desinhibida confunde lo natural y lo artificial mediante el apropiado uso y recurso a unas posturas milimétricamente planificadas. En la muestra de sexo duro es donde La Fura trata deliberadamente de convulsionar la prejuiciosa e hipócrita mirada con que se supone el espectador acude al espectáculo, y de esta forma apela directamente a la generación de un estado interior en que la carga libidinal pueda ir desplazándose hacia territorios de corporeidad habitualmente arrinconados en las oscuras mazmorras del inconsciente. Pero justo allí, en ese punto enigmático donde La Fura grita una supuesta liberación a través de la palabra soez e injuriosa, el repudio a la moral burguesa, la náusea frente a un mundo globalizado donde lo virtual acelerado ha sustituido a lo real concreto y el asco ante una conformidad uniformadora asentada en una falsa diferenciación publicitaria, es como digo en ese anudamiento de repulsa donde se detecta una deficitaria teorización nutrida de contradicciones lógicas que denotan no sólo una cierta carencia de profundización reflexiva sobre los temas abordados sino además el incomprensible plegamiento ante eslóganes tan culturizados e hipócritas como los que precisamente se tratan de combatir a través de la supuesta catarsis sísmica cuyo epicentro es el ruedo giratorio escénico del instinto. ¿Instinto? Mejor habría que definir el aspecto básico y definitorio de la sexualidad humana como "pulsional", a caballo entre lo psíquico y orgánico, y por lo tanto esencialmente desacoplado de naturaleza y cultura. Porque la oposición simplista entre naturaleza y cultura, ideología e instinto, asienta su fuerza en una teoría de la sexualidad de corte jurídico-represivo de la que se sirvieron en su momento posiciones revolucionarias delirantes (Reich) o regresivas (Marcuse), sin acertar a vislumbrar lo que acertadamente Michel Foucault denominaría "voluntad de saber", es decir, la continua incitación a emitir discursos sobre la función sexual intrínsecamente enlazados a tecnologías de poder. No es que el poder cultural reprima el instinto natural, que también lo hace, sino que una vez que ya hemos hecho saltar por los aires gran parte de las inhibiciones corporales y lingüísticas a través de una multiforme proliferación de los discursos sobre la conducta sexual en todas sus facetas, perversiones, puntos de excitación en incandescencias múltiples, continúa inherente al propio ejercicio de la sexualidad una indefinición identitaria, un malestar, un conflicto en el mismo seno de la Pulsión, irresoluble por tanto, y que generaría la represión desde el punto de vista psíquico para posibilitar sencillamente el surgimiento de lo humano. La Fura parece durante un instante intuir tal cosa y conduce la extraordinaria parte final de su espectáculo, a partir de la detección de la monotonía en los juegos sexuales orales y anales de los cuatro protagonistas, hacia el enfrentamiento directo entre el erotismo exacerbado (fusión de cuerpos al fin y al cabo) perseguidor de la paralización de la maquinaria productiva del Ananké (trabajo) y la pulsión de muerte desvinculada de la vía representacional del placer y tendente hacia la directa disolución de la vida orgánica en el Nirvana de la aniquilación existencial propia y ajena. Como por inercia, casi sin saberlo a juicio de ciertas manifestaciones detectadas en Dolmancé y Lula (potentísima Teresa Vallejo) durante los interesantes lapsos efectuados para interaccionar con el público, la obra desemboca en el frenesí orgiástico ejemplificado en la transgresión definitiva de las dos leyes fundamentadoras de lo humano como hecho diferenciador de lo puramente animal: la prohibición del incesto y el asesinato de los progenitores. Ahí la Fura se crece de nuevo y ofrece una secuencia de angustia al límite de lo soportable, porque lo hace sin sublimación alguna, sin velo que pueda filtrar lo imposible de tolerar, y vapulea la sensibilidad del atónito espectador hasta límites insospechados. Sin embargo, y ese es su punto más débil o al menos más discutible, no profundiza (en el sentido de búsqueda de lo oculto y no de abstrusa opacidad) en la articulación del auténtico conflicto irresoluble que la socialización cultural supone para la dinámica pulsional en sí misma, es decir, en el aumento irremediable de Culpa que la contención de la energética agresiva necesaria para el amasamiento libidinal-comunitario inexorablemente conlleva. Ahí se juega la auténtica tragedia de lo específicamente humano, no en un deseable retorno hacia lo imaginariamente instintivo. Porque, ¿cómo además puede abogarse por un mundo mejor desde la intuición no explicitada por La Fura de una deseable liberación de la subrepticia pulsión de muerte? Amigos míos, en el hombre lo natural ya es necesariamente moral.

 

A pesar de todos estos obstáculos, que también funcionan a modo de acicate pera el pensamiento, el nuevo espectáculo de La Fura es absolutamente recomendable y una cita obligada para cualquier ciudadano o persona (¿es lo mismo?) mínimamente interesado en los destinos del entramado bio-psico-social del que forma parte.


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XXX de La Fura dels Baus: la diseminación virtual de Sade
Fecha de publicación: 2003-09-30 19:28:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 2884 veces)   (a 8 personas les ha parecido interesante)
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