La levedad de la vida, el paso del tiempo, la proximidad de la muerte son temas que más tarde o más temprano hay que afrontar de un modo particular e íntimo, absolutamente individual. Mi imaginación divaga una vez ha sido invadida por tales cuestiones hacia el periodo del Barroco, y más en concreto a las proximidades dogmáticas salidas de Trento y de una contrarreforma cuya subjetividad mística y patética fue directamente opuesta a la individualidad protestante. Y es precisamente en esa religiosidad surgida de un formalismo doctrinal y pictórico riguroso, encorsetado, de donde procede ese especial tratamiento de una naturaleza muerta con un palmario sentido ejemplarizante y moral. Esa meditación sobre la nada real de las cosas de este mundo me subyuga por completo. Contemplo una reproducción de la obra de Juan de Valdés Leal (1622-1690) llamada "In ictu oculi", esos sombríos y aleccionadores "jeroglíficos de las postrimerías" pintados por el maestro sevillano entre 1671 y 1672, y mi pensamiento se proyecta como consecuencia hacia zonas más sombrías. Se me aparece asimismo "El sueño del caballero" de Antonio de Pereda ejerciendo también de lema amenazante en una conexión con Valdés: Finis Gloriae Mundi: lema contra lamé. Prurito de poder, de riqueza, de fama o grandiosidad, de permanencia... todo inútil. La angustia ante la comunista guadaña de la señora que todo y a todos iguala sin tomar en cuenta las excelencias de lo vivido, experimentado o creado. Una futilidad que sólo el Amor puede combatir generando en nosotros un certeza de fe sobre la permanencia de una emoción que experienciamos con inabarcable y eterna seguridad. El Amor reconoce la Vanitas y se enfrenta con arrecha compostura a la vacuidad del destino. Lucha por dotar de significado a la azarosa arbitrariedad de un universo silencioso que ignora nuestra presencia y toca a rebato del atroz sometimiento global. Lo logra en buena medida pues lo puedo intuir como una intensa luz que se acerca vertiginosamente a mi encuentro. Estiro el índice y presiono con fuerza: PUSH IT SENSE:

Frank Perry: El nadador. Es ésta una extraña y fascinante película del año 1968, injustamente relegada desde el fracaso de su estreno a un cierto limbo desmemoriado, que regala al espectador más avezado una experiencia emocional realmente provechosa. Provechosa y extremadamente dura. Porque el periplo que el burgués Ned Merrill, encarnado por un prodigioso Burt Lancaster (qué físico tan impresionante presentaba a sus 55 años), se propone hacer y lleva a cabo a través de las piscinas de sus vecinos residenciales es no sólo un viaje interior hacia la semilla de la propia destrucción personal sino en mayor medida un descenso a los infiernos de la hipocresía social, una máscara de ignominia cuyo rostro reversible muestra su más abyecta ferocidad contra aquellos elementos que ya no son capaces de reforzar su maquillaje de impostura y falsedad. Es justamente Eleanor Perry, la esposa del director, quien adaptó con suma habilidad este relato corto de John Cheever para ahondar en las miserias de un hombre al borde del delirio cuyas amnesias "lacunares" se van rellenando precisamente en cada inmersión de Ned Merrill en los particulares y artificiales lagos vecinales, de aguas superficiales cristalinas, que sin embargo, dejan entrever una amenazante turbidez subacuática. Es también más que curiosa la asociación que nos provoca Janice Rule en su extraordinaria escena con Lancaster, la de una "jauría humana" silenciosa, hedionda, expectante y dispuesta a despedazar a quien ose desmantelar sus estrategias de mutismo y dominación, arrumbándolo en la tierra baldía de los apestados. La cruel exacción aplicada sobre Merrill, extrayendo de sí la posibilidad de decir la verdad y vivir en comunidad al mismo tiempo, viene excelentemente marcada por la buena música de Marvin Hamlisch, que refuerza de este modo la caída del personaje y su entorno en una alegoría final rebosante de soledad y tristeza. Muy buena.

Y ya os dejo una semana más, con la ardiente canícula perfilándose en el horizonte de merecido descanso y el nuevo aniversario del Rincón justo allí, en ese lugar, precisamente a la vuelta de la esquina, y no huiré en esta ocasión de la tentación de falcarlo para que no pueda tambalearse el evento bajo ningún concepto o extraña circunstancia. Lo haremos juntos, en efecto, invocando para cumplir nuestro objetivo la bella música de Il Trovatore del maestro Giuseppe Verdi a cargo de la Compagnia & Coro Teatro Lirico D’Europa dirigida por Giorgio Notev, o mejor aun, nos reuniremos con La Messe de Nostre Dame del mayestático Guillaume de Machaut, secretario en vida del rey de Bohemia Juan de Luxemburgo, hijo de Enrique VII, y cuya voz poética también resuena en nuestro fulgor interno cada vez que contemplamos la adorada particular Toute-Belle ("Bellísima"). En ese estado contemplativo donde los sentidos se pierden, llevándonos en las alas de un arrobo inimitable, podemos y debemos conjugar la verdad espiritual de la Vanitas y su anulación mística mediante el desposeimiento por amor. Unión imposible y verdadera. Síntesis de vida y muerte, salvación y condena, persistencia y olvido. Existencia plena.

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Fecha de publicación: 2004-05-26 13:08:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1988 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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