Pensamientos, reflexiones, dibujos imaginarios estarcidos sobre una superficie inexistente, una semana más presa del sublime arrebatamiento propio de un estado cuasimístico y observando la contracción del tiempo hacia la consecución natural de mi sino, comprendiendo con Philip Roth cómo a veces nos parece accidental lo que no podría haber sido de otra forma, lo que necesariamente es como no puede dejar de ser, y que además es percibido con naturalidad emergente, bien ambientado con fondo musical del maestro Toru Takemitsu (maravilloso y enigmático How slow the wind), a guisa de elección preconsciente destinada a salvaguardar lo más preciado, aquello que nuestro corazón atesora en la distancia aparentemente insalvable del inexorable devenir. Pero uno decide y comienza a esperar, casi sin saberlo, la llegada de una señal, de un signo premonitorio, de una brisa transmitida por una atmósfera inesperada, de una palabra transformadora en medio de la insufrible rebatiña del mundo, y cuando por fin llega, cuando al fin la voz durante tanto tiempo anhelada atraviesa el océano de silencio y penetra hasta lo más hondo del corazón, entonces, en ese mismo instante, todo adquiere un nuevo significado y el azar se anuda con la necesidad en la sensación de que se ha configurado un universo paralelo cuya inteligibilidad se cierra para siempre sobre sí mismo. Todas las junturas por donde se cuela la fatiga o el hastío quedan calafateadas y el hombre o la mujer habitantes de ese renovado espacio anímico pueden comenzar a comprender la estructura invisible de sus propias existencias. La realidad les devuelve un excitante campo de experimentación para emprender sobre él una cartografía de líneas ocultas a partir de su propio y compartido sentido de mutua pertenencia, una nueva oportunidad de redescubrir la esencia de una licuescente luminosidad que ahora los fusiona y sobre la cual he de presionar con una mezcla de asombro reverencial y temblor extasiado: PUSH IT FLASH:

Clint Eastwood: Escalofrío en la noche. La ópera prima del gran Clint ya contiene en germen buena parte de lo que más tarde se transformará, gracias a la enormidad de un talento sin parangón en el cine actual, en una forma de concebir el cine y rodar películas con ese toque de clasicismo contemporáneo que le ha aproximado definitivamente a míticos realizadores del séptimo vicio. Este artista total, este actor marcado por un rostro surcado de dureza y sensibilidad, este director prodigioso capaz de efectuar aproximaciones novedosas a géneros aparentemente clausurados, ofreciendo como resultado revisiones de una complejidad extrema (véase la maravillosa "Sin Perdón"), este hombre que ha sabido envejecer como nadie en su oficio y cuya sabiduría crece acompasada a un talento planificador y resolutivo excepcional, este gran hombre y cineasta, digo, es el artista capaz de regalarnos en su primera obra de autor una inquietante, oscura e interesantísima reflexión sobre el Deseo y sus sombras más amenazadoras, relatando con mano maestra la particular odisea existencial de un locutor-seductor (qué hermosa tragedia la de "El seductor" de su gran amigo Don Siegel) sometido a la implacable y destructiva obsesión libidinal de una mujer asaltada directamente por un "más allá" del placer en la búsqueda de un objeto de deseo incapaz en realidad de colmar el déficit de identidad femenina que constituye su particular vacío interior. Muchísimo más impactante y recomendable que la "Atracción fatal" del tramposo Adrian Lyne, es una forma inmejorable de rendir homenaje como espectador entregado al eximio impulso creativo de un cineasta total. Muy Buena.

Roger Spottiswoode: El sexto día. El bueno de Arnold Schwarzenegger, ahora metido de pleno en lides político-fascistoides, se agencia un director a la altura de su nula capacidad interpretativa y nos ofrece un bodrio panfletario, aburrido y perfectamente absurdo en contra de los peligros de la clonación humana, no vaya a ser que a alguien se le ocurra duplicar los músculos de "El último gran héroe" y nos veamos abocados a sufrir cada una de sus nefastas últimas entregas doblemente. ¿Qué le ha pasado a este republicano hipermusculado que cuenta en su haber con filmes de acción tan notables como Conan o Predator? ¿Tendrá algo que ver su viraje derechista en la caída en picado detectable en sus insufribles alharacas de grandullón contrariado? Ni tan siquiera la presencia del gran Robert Duvall puede evitar el sonrojo y la vergüenza que se experimenta cuando Michael "asesino" Rooker hace un chiste barato aplicado al pie que Arnold le acaba de arrancar. Lo demás es una consecuencia (i)lógica de un guión inexistente, un desarrollo anacolútico y una dirección sólo comparable a la inventiva de que suele hacer gala la publicidad televisiva en este país. Como ésta, o quizá más, lamentable.

Jesús Mora: Mi dulce. Cine independiente a la española que debe, imperativamente, ser loado desde este absurdo facistol asentado en la nada de nuestro inconsciente posmoderno. Sí, es verdad, ofrece algunos momentos realmente lamentables cuando trata de forzar la maquinaria dramática olvidando inexplicablemente ciertos planos sostenidos en momentos cruciales que hubieran aportado elementos de profundización en la magna tragedia en que finalmente desemboca el tortuoso curso del filme. Y es asimismo de recibo reconocer el gran acierto de haber planteado la historia en torno a una ausencia estructurante de una realidad familiar deshecha y fragmentada precisamente por la influencia nociva de ese hueco distante, influyente, como una carcoma emocional operando desde la lejanía de un silencio insondable, precisamente el que la adolescente protagonista de la cinta decide explorar con fatales consecuencias para ella. Pero sin duda lo mejor y más destacable de la historia es la ambivalencia mortal y demoledora encarnada por una sufriente Aitana Sánchez Gijón presa de una identificación perversa con el rol materno, con visibles elementos edípicos, cuya obsesión protectora terminará por destruir de modo integral el objeto indefenso de su propio deseo. Buen desenlace para una propuesta loable que ha de servir de modelo para la creación de historias aun a riesgo de sufrir el estigma de la mala distribución, el desconocimiento ignorante o la incapacidad crítica de una masa indolente comedora de palomitas que suele poblar las salas cada 7 días. Interesante.

John Sturges: Duelo de titanes. El responsable de "Los 7 magníficos" nos deleita una vez más con este maravilloso filme que ya se cuenta, merecidamente por supuesto, junto posiblemente a "Centauros del desierto" de Ford y "Sin Perdón" de Clint Eastwood, entre los tres mejores westerns de toda la historia del séptimo vicio. La materia de la que se nutre es el mítico duelo que tuvo lugar en OK Corral en la cuidad de Tombstone entre el clan tribal de los Clanton y el núcleo familiar duro encabezado por el inflexible y orgulloso Wyatt Earp. Sin duda es la mejor aproximación a aquel trágico conflicto porque amén de contar con dos fabulosos actores en estado de gracia, Burt Lancaster y Kirk Douglas, que bordan sus interpretaciones encarnando a Wyatt y Doc Hollyday respectivamente, el vigoroso retrato efectuado por Sturges en ningún momento se olvida de dotar a los protagonistas de uno y otro bando de las necesarias fragilidad y contradicción humanas posibilitadoras de una aproximación veraz en su doble vertiente intimista y contextual, y no simplemente enérgica o falsamente épica, clichés ambos muy habituales en producciones de este cariz. El mejor ejemplo de lo que digo es la dolorosa, trágica y ambivalente relación que Hollyday, un hombre asediado por la soledad y la autodestrucción extremas, mantiene con su pareja dejándose conducir por una pulsión sadomasoquista anudada interiormente a una pareja de actitudes aparentemente irreconciliables, vida licenciosa y disoluta con un compromiso moral férreo cuando éste se finalmente se adquiere, que como digo lo son sólo de forma superficial porque ambas se nutren de idéntica fuente de energía interna. Sturges explora estas distorsiones de carácter con mano maestra y hace evolucionar la narración con una sensación de tensión creciente e incontenible que desembocará inexorablemente en unas secuencias finales realmente memorables. Una cita obligada para cualquier amante del buen cine en estado puro. Obra Maestra.

El presente reasimila el pasado, lo dota de una densidad desconocida y así proyecta un futuro desde la nueva determinación del presente por ese mismo pasado renovado, reconstruido, resignificado, asimilado por fin. Contemplo con arrobo la magna Historia Antigua de Roma de Dionisio de Halicarnaso, acaricio con pasión el surrealismo contenido en La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre, y me impulso con la imaginación desbordada hacia el ensamblaje imaginario de una teorización sobre las emociones que abarque y explique la necesaria consecución de un desenlace que ambos hemos forjado desde la lucha, desde la paciencia, desde el dolor, desde la pasión contenida, desde el yerro abominable, desde la ilusión recobrada, desde el fabulado e incuestionable si(g)no profetizado por el misterioso rabdomante del corazón.

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Fecha de publicación: 2003-11-27 13:36:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1084 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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