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Fecha de publicación: 10/06/2003 10:42:00

Querer



Otra semana más de esperanzas, duelos, alegrías, decepciones, melancolías y sueños componentes de un complejo y preciosista artesonado de madera existencial, con múltiples motivos de sugerencia simbólica, entre ellos la supuesta unión carnal y espiritual de dos seres decididos a pasar el resto de sus días Uno en compañía del Otro, en una fusión de intereses, inquietudes, caracteres, voliciones y miedos cual pura abstracción metafísica. Se hace prometer la perdurabilidad de un estado muchas veces transitorio, y de ahí se deduce lógicamente la conclusión de un futuro desastre. Mientras se pronuncian las mágicas palabras, dos imponentes columnas separadas entre sí por hermosos travertinos jaspeados, pienso en el auténtico significado del asunto y soy perfectamente consciente de que si y sólo si el amor que los ha unido es en realidad Amor Verdadero, entonces su promesa podrá ser cumplida y eso aplaca de golpe todos mis temores, porque esa misma certeza se me adhiere a la piel emocional como una suave muselina, acariciando todos mis sentidos táctiles, y es entonces cuando miro Sus Ojos hondos y oscuros y sé que ese tipo de Amor es el que me embarga, y comienzo en ese mismo instante a escuchar con deleite las notas de las Sonatas para Piano 26, 27 y 29 de Ludwig Van Beethoven, para seguir con las contundentes notas de Mr. Big y finalizar con un más que genial e inspirado Pat Metheny en su grandioso We Live Here. Alzo la vista, me levanto casi sin darme cuenta, sin ser demasiado consciente de lo que estoy haciendo, me apoyo en un quebrantado pretil, miro hacia abajo y observo la corriente negra y oscura que devora miradas y sueños, productora de mil pesadillas, y un oso gigantesco volador se aproxima a la cancela tras la que inútilmente trato de refugiarme, porque una vez atravesada la cancilla me lanza miles de agujas que esquivo con precisión aritmética, al tiempo que una luz poderosa zarandea mis neuronas y me hace entrar en un nuevo sueño dentro del sueño, donde asisto a una ceremonia nupcial que me sirve de acicate y marco para unas reflexiones arrumbadas en un foco luminoso que me llama, como canto de sirena, y al que presiono sumergido en la habitación flotante, de esta guisa: PUSH IT NOW:

Marc Recha: Pau y su hermano. El joven realizador catalán, responsable de la excepcional "El árbol de las cerezas" y cuya última entrega ha tenido una más que aceptable aceptación entre la crítica especializada en el reciente Festival de Cannes, firma una obra extraña y apasionante repleta de lírico intimismo y silencios densos como montañas sisíficas, al borde del hermetismo pero ofreciendo siempre claves interpretativas al espectador fascinado por una aparente sencillez sostenida por arquitecturas conceptuales y de guión muy trabajadas, cuyo natural funcionamiento se asemeja a un leve susurro de juncias mecidas por la brisa refrescante de la claridad. La mutua imbricación naturaleza-cultura en su doble determinación configuradora y desestructuradora está presente en todo el cine de Recha y acaba por constituirse en un personaje más, una especie de espíritu condicionante para los hombres y mujeres enfrentados al enigma de la creación-destrucción de la vida (nacimiento-amor-muerte), que termina por convertirse en imprescindible veredero de redenciones y derrotas morales. Un auténtico placer para sentidos e intelecto la propuesta arriesgada y libre de un cineasta que nos dará grandes proyecciones de gloria. David Selvas, un actor extraordinario habitual de Ventura Pons (grande, muy grande Amic/Amat), cumple perfectamente con un papel complicado y suculento. Muy buena.

Michael Winterbottom: 24 hours party people. Estamos frente una experiencia singular y muy sugerente para todos aquellos amantes de la historia, la leyenda (a veces indistinguibles), la música y el simbólico viaje efectuado por Ícaro hacia las proximidades del Sol. No es imprescindible adorar los años 80, basta con haber oído hablar de grupos tan archiconocidos como Sex Pistols o New Order y, a partir de ese instante, dejarse llevar de la mano (la cámara) de Winterbottom a través de una odisea musical y existencial sabiamente planteada como una ficción documental narrada por un Tony Wilson perfectamente interpretado por Steve Coogan, que marca el tempo narrativo y poco a poco va introduciendo a toda una serie de integrantes de bandas míticas ligadas directamente al "contrato de sangre" representado por el ascenso y caída de la Factory Records en sus diversas etapas creativas desde su instintiva, inconsciente, gestación a partir de la actuación de los Pistols en el 76 ante una auditorio de 40 personas, alternando momentos de gran esplendor con periodos de auténtica precariedad económica, siempre con el "orgullo cívico" de que hace gala Wilson, en un Manchester saturado de sexo promiscuo, drogas y unas bandas destinadas a convertirse en legendarias tanto por su calidad intrínseca cuanto por la extravagancia genial de sus peculiarísimos líderes y colaboradores, principalmente el enorme Ian Curtis (1956-1980) como fundador de Joy Division y que terminó ahorcado en su cuarto de estar, dejando un vacío absorbente que más tarde sería de algún modo taponado mediante la transformación de los miembros restantes en New Order (qué tema tan excepcional es "Blue Monday"), formación cuyas ganancias pasaban casi íntegramente a engrosar las deudas de "La Hacienda"; el delirante Shaun Ryder, adicto a todas las drogas imaginables, firmando grandes temas con Happy Mondays al tiempo que se entregaba a todo tipo de conductas excesivas convirtiéndose así en un adorable goliardo felizmente baqueteado -"El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría", Blake dixit-, aunque éste siempre mantuvo, al contrario que un Wilson amante de la literatura, el pensamiento y los clásicos, una insoportable ignorancia al respecto; y por último a destacar el desmesurado en cualquier acepción del término Martin Hannett, tan genuino en su particular estado megalomaníaco que resulto "demasiado grande para la muerte". Un trayecto, pues, al borde del éxtasis más surreal (las visiones de Dios o la matanza de palomas son dos cuadros antológicos) y en el que asistimos perplejos, metamorfoseados en testigos-nómadas de primera fila, a una mutación "musicológica" que invierte la primacía de la creación de la obra hacia un preocupante anonimato, o lo que es lo mismo, la "beatificación del ritmo" al ser adorado el medio de transmisión (DJ, nosotros contamos con el más genuino, Rubensito) en vez del auténtico compositor o intérprete, significando esta transmutación una completa y normalizadora serialización instalada justo en el corazón del proceso productivo de las melodías, que pasan a ser productos reciclados de fabricación masiva. El tema, como habréis podido contemplar, no tiene pérdida y el filme, desde luego, es absolutamente recomendable. Cine libre, imaginativo, independiente, atrevido, incisivo, divertido y abierto. Muy muy Buena.

Terrence Malick: Días de cielo. El director de esa obra incomparable, sólida, imperecedera y magistral llamada "La delgada línea roja", una inmersión en el horror más real y a la vez más metafísico, nos ofrece aquí signos inconfundibles de su peculiar talento que podemos analizar retrospectivamente como significantes precursores de ciertas constantes presentes en la obra escasa y sublime de este cineasta. Porque de nuevo la Naturaleza aparece como contrapunto de cruel indiferencia frente a un recalentamiento volcánico, emocional, que irrumpe como una lengua de fuego aniquiladora de cualquier florecimiento de ingenua esperanza en la candidez del alma humana. Sus planos son escenarios poéticos saturados de referencias "animalógicas" que recubren la conducta de los personajes como si de una hermosa pérgola de glicinias se tratara, chorreando fragancias metafóricas hasta los mismos lindes del mohín turbador, (re/des)-velador, cuya ejecución desencadena, precipitándola, una serie aritmética de fatalidades con resonancias bíblicas. La mirada de Malick no resulta sin embargo compasiva o aleccionadora, es más un entomólogo del sentimiento, un observador fascinado por las múltiples ondulaciones y bifurcaciones de los deseos humanos sometidos a ambientes opresivos de explotación laboral o emocional, allí donde se cuece la tragedia de un modo natural, casi amorfo, como un elemento más de la maravillosa y aterradora vida cotidiana. El amor es redentor en la medida en que condena a un sufrimiento devorador del corazón de quien lo padece y ejerce, pudiendo concluir en el axioma inexorable de la muerte. Un jovencísimo y abrumadoramente guapo Richard Gere se verá las caras y el destino con un atormentado Sam Shepard. Una experiencia al límite de lo soportable, una experiencia sublime: el élitro de un ángel-insecto consumido en las llamas prendidas por un Dios incapaz de escuchar las palabras de un condenado. Muy Buena.

Brian Singer: Wilde. El gran Oscar Wilde fue din suda un personaje peculiar. La lúcida y veloz inteligencia, la ironía refinada, el ornato falsamente superficial que aplicaba principalmente a su exitoso teatro, la sarcástica ligereza contra los perfectos ideales cuando estos son esgrimidos como motores intemporales de conducta o de transformación social, todas ellas eran características definitorias de una personalidad capaz de adorar las misma hipocresía que denunciaba y que, finalmente, y debido a su condición homosexual, fue abatido por una moral homófoba sufriendo encarcelamiento, exilio y silencio. Ahí fue donde parió sus mejores y más profundas obras (en efecto: De Profundis), al borde mismo de su aniquilación vital. Su lección única e imperecedera: la vida emerge en todo su imperfecto esplendor cuando también es posible la aceptación y el amor hacia toda la corrupción que inevitablemente encierra. Stephen Fry y Jude Law componen con oficio al refinado Wilde y su descarriado amante respectivamente. Interesante.

Brett Leonard: Asesino del más allá. Justo en el más allá habría que poner a este director y su infame película con la que, supongo, ha pretendido crear un nuevo género cinematográfico: la comedia estúpida de terror inconsistente, o algo parecido. La cosa va de intercambios psíquicos motivados por un satanismo casposo siempre acompañado de rancio heavy metal. El competente Jeff Goldblum nos hace añorar su gran interpretación del insecto díptero y sólo podemos recrearnos imaginando a Alicia Silverstone en la "Lolita" de Adrian Lyne (a Kubrick ni tocarlo). Diabólicamente mala.

El mundo se ha vuelto completamente loco, el aroma de lo excepcional o de la podredumbre es sistemáticamente anulado por un sistema de producción destinado a la generación masiva de necesidades artificiales y consumidores idiotas, el simulacro es el rey y la mentira la dueña de todo corazón humano, la tiara es en realidad piara, la cornemuse del éxito resuena en las mentes ambiciosas, podridas y adocenadas, y el fin de la inteligencia se avecina con inquietante celeridad. Frente a este desolador panorama, un ejército de quejumbrosos y políticos desplazan filas de acólitos que rezongan y musitan la miseria que inunda sus corazones sin saberlo, pues hablan de bienestar, de crecimiento, de libertad. Falsas creencias, dogmas de cartón, jubones transparentes, anulación y culto de la personalidad en el mercado de la compra-venta de la personalidad. Efectivamente, el gran Rafael Sánchez Ferlosio lo dice claramente, Non Olet. El hedor de la mentira es anulado por el fragor de la batalla de precios. No importa, nada de eso parece ya afectarme, he recuperado la auténtica fragancia de la Vida y ésta se extiende por cauces muy distintos, un nuevo traje cortado al bies sobre la rectilínea cuadrícula de la tela de lo real, un aroma fuerte y denso surgiendo de la superficie inodora de la realidad, un atisbo de felicidad desafiando la norma de la insoportable rutina, un pañuelo retador arrojado a la cara del inmisericorde destino. Quiero emitir las dos palabras como columnas, para siempre, quiero querer-TE.

P.D.: ésta es la última crónica antes de nuestro segundo aniversario cultureta, que tendrá lugar en próximo día 18, lo que supondrá que a partir de ese instante recuperaremos lo más destacado del Rincón acaecido durante los últimos 365 días. Bon Apetit.





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