Una semana más asaeteado por los dardos envenenados de la presión laboral. Porque cuando uno se sitúa frente a un cierto estilo de liderazgo laissez-faire, en relación con la tarea, poco o nada es dado hacer para cambiar una situación cada vez más dominada por la necesaria contingencia de la entropía. Pero pienso algo más. Reflexiono a fondo sobre estas últimas palabras encadenadas y soy plenamente consciente de la arbitrariedad de lo que acaban de afirmar. ¿Por qué? Porque tal vez tanto la necesariedad de las leyes supuestamente científicas como la habitualmente admitida en relación con el orden de sucesión de los acontecimientos sólo sea fruto único y exclusivo de nuestra imaginación. Prendemos entonces la fuliginosa tea de la razón y creemos arrojar claridad sobre las extensas zonas de sombra que nos rodean. Me aferro durante el tiempo que dura esta desorientación a los sonidos que me llegan desde la oscuridad circundante. Se trata de algo suave, dulce, finísimo en su ejecución, lejos del peligro de la superficialidad filistea dominante en los ruidos actuales. Escucho la Chromatic Fantasia and Fugue (transcription de J.S.Bach) de Ferruccio Benvenuto Busoni (1866-1924), el grandísimo músico capaz de debutar con tan sólo ocho primaveras en Trieste y fallecido a los 58 años de edad. Bach y Listz se fundieron en su delicioso piano. Pero si lo que digo es cierto o al menos presenta una cierta coherencia deductiva, entonces nos veríamos en la nueva necesidad de introducir una hiancia radical entre una serie y otra de sinónimos, quebrando de esta forma su anterior correspondencia pseudonatural. Puedo agrupar todo esto bajo el grandilocuente acápite "teoría imaginaria del sentido". Una estructura paranoica más para hallar una justificación paradójica dentro y fuera del contexto de validez en que me muevo. No, de ninguna forma quiero yo convertirme en uno de esos fanáticos ergotizantes dueños de un saber absoluto. ¿Saber? ¿Acaso ese plano intermedio entre la opinión y la ciencia, incrustado en las prácticas sociales e inconsciente para los individuos que operan a su través? Alzo mi rostro y un punto de luz incandescente se ha instalado al alcance de mi vista. Me aproximo con cautela y presiono dentro de su efímero resplandor. PUSH IT INSIDE:

Ventura Pons: Caricias. Mi adorada esposa me preguntaba el otro día: ¿por qué Ventura Pons utiliza habitualmente un tratamiento narrativo de marcado carácter sexual? Su pregunta era complicada y no tengo una respuesta definitiva para ella. Sin embargo me atrevo a ofrecer algunas pequeñas claves exegéticas a través del breve comentario aplicado sobre esta joya posmoderna llamada "Caricias". Pons, trabajando sobre el texto dramático del reputado director de escena Sergi Belbel, ofrece una panorámica perfecta acerca de la desorientación existencial y la agonía vital de unos personajes ubicados en medio de la nada urbanita que les rodea. Un entorno vertiginoso, hiperreal, deshumanizado y violento donde las pasiones más profundas suelen sintetizarse en el laboratorio alquímico de la soledad más descarnada. Son historias encadenadas a través de unos personajes-eslabones que poco a poco van desvelando sus miedos más hondos y sus miserias más inconfesables a través de un recurso que no por paradójico resulta menos efectivo: hablo de las aporías presentes en los niveles de comunicación interpersonal. Los planos de desencuentro se superponen y en los cruces oblicuos de desentendimiento, que funcionan a modo de espadas afiladas, surgen las emociones como sangre desprendida de esos cortes profundos operados bajo la piel del fingimiento. Las máscaras acaban cayendo y poco a poco dejan entrever un universo íntimo azotado por los resentimientos traumáticos y más allá, tal vez como paliativo posible a ese dolor insondable, un anhelo de afecto oculto y difícilmente expresable, prácticamente bordeando todo el discurso lingüístico de acusaciones y quejas. Seres exangües, fortificados mediante un muro de incomprensión o vivenciando su desánimo como un fracaso determinista. ¿Cómo entender entonces en este contexto de extrañamiento la práctica narrativa de la sexualidad? Desde luego como un artificio novelado, o lo que es lo mismo, el último refugio imaginario donde poder hallar, siquiera por un breve instante, el temblor o el estremecimiento señalizador de la presencia de la vida. La sexualidad experimentada con angustia como último motor compulsivo en la búsqueda desesperada de autoconfirmación. Aquí la cuestión gay tiene cabida, por supuesto, ya que presupone para Pons un terreno de liberación de los cuerpos menos atados por prejuicios sociales o meras construcciones impuestas de género. Pero el placer entendido como salvación tampoco funciona de la forma prevista y los personajes se hallan "reflejados" en el espejo de su propia vacuidad, contemplándose a sí mismos a través de una mirada que les omite en el nivel mismo de su realidad. Son así incapaces de arrojar lejos el peso de una soledad que les asfixia y se encuentran dando vueltas sobre su visión distorsionada, la única de la que pueden disponer y con que suelen anular cualquier atisbo de auténtica afectividad. El sexo como historia también sucumbe bajo el yugo de las demandas imposibles y el ser finalmente sólo puede hallar un hálito de mínima esperanza en un gesto no voluptuoso despojado de toda historia previa y acometido desde el más puro encuentro azaroso. Un curioso y enigmático quid pro quo: la pérdida total del interés respecto al Otro como única forma de obtener algo genuino proveniente de un lugar situado fuera del intercambio interesado de lo conocido. Ahí tiene lugar el milagro del hallazgo, sin palabras, sin pasado y sin futuro, en medio de un tiempo suspendido que enlentece el desorientado transcurrir de los acelerados acontecimientos cotidianos hasta congelar esa caricia de amor universal en un instante eterno, de una presencia rotunda y cuya grandeza es extraída de la sublimación de todas las pulsiones en un objetivo "sin fin". Pons ha tratado a sus criaturas sin indulgencia pero con un respeto infinito, de ahí que se produzca como efecto último una extraña salvación de lo humano en medio de la desesperación e incomunicación circundantes. Un maravilloso milagro dentro de una pequeña pero inmensa película.

Y ya os abandono una semana más, riéndome del nuevo discurso contradictorio sostenido por ciertas franjas obsoletas de la socialdemocracia española, una plurinación no mugiente de virtudes pero de proba festividad, y tratando de rememorar lo que sin duda fue una experiencia de conjunto realmente espectacular. Un grupo de 15 machos a la busca y captura de ese acto sublime con que coronar la despedida de una persona a la que admiro y quiero profundamente. Él es Mario Sanz, un hombre íntegro y bondadoso, de carácter afable e inteligencia vertiginosa, cuyo corazón atesora unas emociones de límpida sinceridad. Su amistad nos hace sentirnos poseedores de un cierto aticismo por contagio, y nos proponemos hacer de nuestras existencias unas verdaderas obras de arte. Esa sabiduría antigua me inunda por momentos y contemplo extasiado algunos escritos de Filóstrato, en concreto las vidas de algunos sofistas y la esotérica vida de Apolonio de Tiana, el Cristo pagano. El corte se derrumba y mi fe en la sucesión histórica de los acontecimientos se restablece y vuelve a ocupar su centro imaginario. Mis niveles de serum ideológico han vuelto a la normalidad. La estadística también puede llegar a ser un perfecto tranquilizante. Apoyo mi cabeza en su regazo y me abandono a un hipnótico sueño sin fisuras.

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Fecha de publicación: 2004-06-01 13:39:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1216 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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