Regresemos a la Arena. En octubre de 1503 es elegido nuevo Papa el sobrino de Sixto IV, Juliano della Rovere, el pontífice Julio II. De carácter también difícil y complicado como el del propio Miguel Ángel y con quien efectivamente tuvo importantes desavenencias, el Papa batallador y guerrero trató por todos los medios a su alcance, incluyendo la guerra por supuesto, de lograr para Roma un dominio tan grande que la convirtiera en el primer y más poderoso estado sobre la Tierra. Su pontificado, no hay duda al respecto, ambicionaba con convertirse en una nueva y floreciente Edad de Oro, y que como toda nueva y autoafirmada edad dorada, como en realidad toda auténtica belleza, vendrá condicionada y al mismo tiempo presentará como límite una faz oculta y siniestra, una Edad de Hierro sempiterna y salvaje.

Recordemos que en la entrega "Espíritu Renaciente" habíamos dejado a Bounarroti con el encargo que en otoño de 1504 Pier Soderini le había confiado para que realizase el fresco de la "Batalla de Cascina", ganada por los florentinos contra los pisanos en el año 1364. Pues bien, en marzo del año siguiente el nuevo Señor de la Cristiandad lo llama para encargarle la realización de un gran mausoleo. El genio pasará un tiempo en Carrara seleccionando los mármoles y a su vuelta surge un intenso conflicto con el Papa quien se niega a recibirle por estar ocupado en el seguimiento de las obras de reconstrucción de la basílica de San Pedro llevadas a cabo por Donato Bramante. Miguel Ángel se enfada muchísimo por el desaire y regresa, una vez más, a Florencia. Sólo después de tres cartas papales y la mediación de Soderini accederá el artista a reunirse con Julio II en Bolonia. El Papa le encargará entonces una estatua de bronce con su efigie (destruida en 1511 por los boloñeses al recuperar su independencia) y Miguel Ángel permanecerá allí hasta febrero de 1508. Desde allí, y tras una breve parada en Florencia, se dirigirá hacia Roma para comenzar los frescos que le darán fama inmortal, los frescos de la Capilla Sixtina.

Ya nos encontramos dentro y la sensación es como de irrealidad, cuesta acostumbrarse a estar justo enfrente de la obra de arte par excelence, delante mismo de la pura eternidad. Cuesta imaginar sin duda el trayecto que hubo de seguir el autor para concluir una monumental creación repleta de referencias figurativas y de innumerables citas de xilografía que podían hallarse en ediciones de la Biblia del último Quatroccento.

Nuestra atónita mirada se alza hacia Los Profetas que parecen anunciarnos desde el primer momento el advenimiento sin remisión de una nueva Edad del Espíritu. Mientras unos vociferantes cuidadores se encargan continuamente de recordar a los turistas el prohibido uso de cualquier tipo de dispositivo destinado a memorizar digitalmente las grandiosas pinturas, nosotros cerramos nuestros oídos a tan prosaicos consejos y reparamos inmediatamente en que la colocación de Las Sibilas junto a los Profetas pone bien a las claras el sincretismo pagano-cristiano del humanismo del que tomó siempre buena referencia toda la obra de Miguel Ángel. Esta pluma electrónica dejará escapar algunos retazos de aquel poderoso misterio fijados en la memoria invisible de la escritura.

Contemplamos la Sibila de Cumas, de rostro decrépito y brazo poderosamente musculoso, que simboliza el doble valor político y religioso del mensaje transmitido: el ya citado resurgimiento de la nueva Roma como renovado reino de Dios en la Tierra de la mano, dura mano, del Papa Julio II. También la equilibrada y muy sensual Sibila Líbica, dirigiendo su mirada hacia un punto de apoyo sobre la ménsula que le proporciona una tensión corporal admirable.

Somos comprensiblemente absorbidos por todos esos misteriosos anuncios proféticos que nos rodean sumergiéndonos en ese arte sublime que apenas podemos digerir con nuestra perpleja mirada: la figura del Profeta Jeremías, en la que muchos han querido ver un autorretrato del artista, hundido en sus oscuras meditaciones y cuyas "Lamentaciones" fueron asimiladas a ciertas prefiguraciones sobre la Pasión de Cristo. Desde luego la meditación de Miguel Ángel sobre la historia de la humanidad tiene un punto de amargura perfectamente reconocible. La melancolía de un Paraíso Imposible en la Tierra fluye desde el fondo de esos colores hasta nuestras mentes. Algo tenebroso late bajo toda esa belleza arrebatadora de un modo similar a como tras los mitos y rituales que conforman las manifestaciones religiosas más visibles puede detectarse la existencia de una secuencia mítica de carácter terrible y cuya existencia da sentido sintomático a todas esas partes más visibles.

También parece hablarnos el Profeta Jonás con cuyos principales atributos, la ballena y la planta de ricino, parece prefigurar los tres días que Jesús permanecerá enterrado hasta su definitivo triunfo sobre la Muerte. Y una nueva premonición de sufrimiento en la burla que el desagradecido Cam efectúa de su padre Noé, prefigurando de alguna manera las burlas y el escarnio que Cristo padecerá por parte de los sayones romanos.

Alzamos aun más la vista y contemplamos la mítica creación de Adán cuando el hacedor le transmite ese soplo de vida creadora en un gesto de aproximación sobrehumano y memorable. Ahí ya se prefigura el misterio de Pentecostés, la bajada del Espíritu Santo. Entres los acompañantes del Padre del Universo, cuya palabra según San Agustín de Hipona no podría ser sino eterna e inmortal, una e indisociable con la voluntad creadora del Artífice de Todo y que ya lo contendría de una vez y para siempre, una figura femenina que prefiguraría la elección de María desde el inicio del tiempo histórico como madre del futuro redentor de la humanidad, y también la figura de un niño que se agarra a los pies del Padre y que sería el mismo Jesús, tocado por la mano de Dios y en una postura similar a la del primer ser humano. Genial.

El Padre eterno constituye una simultaneidad perfecta e indisociable entre pensamiento, palabra y acción. Su capacidad de movimiento es infinita como infinita es su potencialidad creadora desde su misma voluntad moviente. Él, y Miguel Ángel admirablemente identificado con su acto de potencia creadora mediante la plasmación de un gesto similar al que durante mucho tiempo hubo de mantener al realizar los frescos de la Capilla, con los brazos abiertos y la mirada hacia arriba cuando separa la Luz de las Tinieblas, identificado además a cada uno de nosotros que nos vemos obligados a adoptar la misma postura en escorzo para continuar contemplando las maravillas de la bóveda…

Luego Eva saldrá del costado de su compañero y se dirigirá implorante a la figura del Padre, mientras Adán duerme apoyado sobre un tronco de árbol cuya rama imita el gesto de la mujer.

A continuación vemos a Eva aceptando dos higos de la serpiente demoníaca y siendo mimetizada de nuevo, en un gesto cargado de oscura sensualidad, por un tronco de árbol seco que reproduce simbólicamente la esterilidad vacía de ese nefasto gesto de aceptación.

Nos admiramos una vez más al analizar sólo muy por encima las soluciones de iluminación que utiliza el genial artista para resolver el problema de los dobleces o pliegues centrales en las pechinas de "David y Goliat" y la dedicada a "Judith y Holofernes". En ambas Miguel Ángel proporciona el máximo de luz a esa zona cóncava más rehundida y logra de esta manera dotar a las escenas de una convexidad aparente que físicamente no existía.

No menos impactante resulta el castigo del visir Amán, que ya prefigura, al transmutar Miguel Ángel la horca bíblica por la Cruz, el mal finalmente clavado por medio del Hijo hecho hombre. Se produce aquí un efecto inusual de desbordamiento oblicuo y diagonal de la imagen. El espacio es fragmentado en diferentes planos de profundidad y la tensión conseguida es máxima, perfecta.

Contemplamos también algunos de los enigmáticos antepasados de Cristo, la ocho generaciones de la estirpe de Sem hasta llegar a Abraham, las 40 generaciones desde éste hasta José, cumpliendo así la misteriosa profecía de salvación. La luz simbólica se derrama sobre los lunetos procedente desde el altar (Aminadab, Naasón), y muchos de los elementos simbólicos más perceptibles en estas series (bellotas y conchas) aluden directamente a la referencia mariana de la Capilla, que a su vez anuncian la ya referida Edad Dorada representada por el pontífice Julio II.

Estamos excitados y exhaustos al mismo tiempo; llevamos en el interior casi una hora y todavía hemos de afrontar la increíble visión del impresionante Juicio Universal. No alberguéis temores porque el Rincón también os hablará de ello...


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PREFIGURANDO LA ETERNIDAD
Fecha de publicación: 2005-10-04 02:02:54, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1022 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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