Una semana más desde la tierra baldía del intercambio laboral, allí donde la asechanza más fraudulenta se combina con la ambición más desmesurada para dar lugar al hedor mefítico que se desprende del adocenamiento mercantil. Y qué mejor que para combatir la nocividad de semejante contexto que los maravillosos ritmos ideados por el prodigioso Prince en su particular "Emancipation", con temas tan buenos como "New World" o esa joya llamada "Courtin Time". Prosigo la particular contorsión con el metal negro de Living Colour y su duro "Cult of personality", para concluir con la llamada de los clásicos en brazos del impresionante Adagio en Sol Mineur de Tomaso Albinoni. Mi mente se deja seducir en el silo peligroso de su propia incertidumbre, trato de mantener la serenidad, apersogado a la tierra firme de las creencias, pero es inútil, me elevo, vuelo, más y más, un poco más, la imaginación comienza a hacer de las suyas, que son las mías, y no puedo contenerme más. Realizo lo que parece un viaje astral hacia una tierra paradisíaca, el tiempo se detiene en una maravillosa simultaneidad, paseo por el Museo de Antropología, dulcemente acompañado, donde una exposición temporal dedicada a Filipinas, Hinduismo y Budismo hace las delicias de los escasos asistentes, y sé que ahora debo dejar paso a la hipnótica pulsación: Play it now:

Barber Schroeder: La virgen de los sicarios. Durísima adaptación de la novela homónima de Fernando Vallejo, quien también oficia de guionista en esta brutal historia sobre jóvenes sicarios en un mundo infernal habitado por la irracionalidad más absoluta y la violencia sin control: Colombia, metáfora de la encarnación definitiva del anticristo global. Con deliberadas resonancias apocalípticas, meditaciones filosófico-teológicas, abrumadora angustia y una sensación de sombría veracidad que impregna cada fotograma, este filme es una obra inclasificable que hunde al espectador en el fango inevitable de un nihilismo desgarrador y oscuro, abisal, cuya negrura se cuela como un veneno catártico en los intersticios de las falsas creencias. Sin concesiones, un viaje hacia la auténtica y desoladora realidad de un universo donde Dios ejerce de perverso observador autocomplaciente. Buena.

Stanley Donen: Cartas de amor. Infumable telefilme con pretensiones románticas fundamentadas en una apasionada y finalmente trágica relación epistolar (nada que ver con e-mails de corte violento). Laura Finney mantiene el buen tipo como puede al tiempo que se adueña del espectador un irrefrenable sopor motivado por un cúmulo de escenas comunes de soterrada y fácil moralina. Sin fuerza, sin pasión, sin garra, sin calidad. Pésima.

Fernando Fernán Gómez: Lázaro de Tormes. Tomando interesantes elementos de la adaptación teatral que ya protagonizara Rafael Álvarez "El Brujo", el mismo actor se encarga con talento y maestría de representar acertadamente la trayectoria didáctica "negativa" de un ejemplar humano pícaro e ingenuo al mismo tiempo, con toda la carga sociocrítica que la novela original indudablemente conlleva. ¿Quién fue el verdadero autor de esta obra maestra inaugural del género picaresco? Muchos son los candidatos (Juan de Ortega, Diego Hurtado de Mendoza, Sebastián de Horozco, Pedro de Rúa o Hernán Núñez de Toledo) y lo único seguro hasta el momento es que efectivamente el tal "anónimo" fue un autor español de siglo XVI. No importa, su fuerza sugestiva sigue intacta y más cuando un actor de la talla de "El Brujo" compone un Lázaro frágil y profundamente humano, víctima de una sociedad hipócrita y moralmente corrupta en un grado mucho más elevado del que se desprende de las propias fechorías que él mismo se encarga de relatar. Buena.

John Irvin: Cuando callan las trompetas. Digna recreación de la Batalla del bosque de Hurtgen ocurrida durante el otoño de 1944 en la frontera situada entre Bélgica y Alemania. La crudeza de ciertas imágenes y el tono de crítica antibelicista sostenido en ciertos momentos del filme hacen de éste una propuesta al menos recomendable. Si bien los altibajos en la narración ocurren para restar contundencia y profundidad al desarrollo de ciertos personajes, el conjunto ofrece un buen acabado con una ironía final, trágica y negra, entroncada directamente con el aspecto más brutal de la confrontación bélica. Interesante.

Marek Kanievsky: Donde esté el dinero. Decepcionante mezcla de comedia y thriller donde lo único destacable son las piernas de Linda Fiorentino y el siempre impecable y genial Paul Newman. Nada puede hacer este excelso intérprete con un personaje sometido a una aceleración de guión que no deja tiempo para asimilar transformaciones interiores ni tampoco cuestionamientos existenciales, precisamente los que parecen tener lugar en el contexto vital de los tres protagonistas de la historia. Mala.

Barbara Kopple: Wild Man Blues. Los entresijos de la gira que el enorme Allen realizó por 11 ciudades europeas con su New Orleans jazz band y en la compañía de su inseparable Soon Yi Previn. Es una buena oportunidad para conocer detalles, no demasiados, que nadie se haga excesivas ilusiones, sobre las particulares obsesiones de un creador genial y paradigmático, con un afiladísimo sentido del humor y una inteligencia desbordantes ("En las alturas se está siempre muy solo", responderá a una entusiasta admiradora burguesa). Pero sobre todo, es una inmejorable ocasión para disfrutar de algunos fragmentos de interpretaciones jazzísticas bien ejecutadas por un clarinete cuyos sonidos proceden directamente de una pasión, la de Allen por el jazz de Nueva Orleans, devoradora. Para incondicionales del genio.

Rupert Wainright: Stigmata. Con pretensiones críticas sobre el mensaje exotérico (vs.religión esotérica) y acomodaticio de la tergiversación operada por la Iglesia Católica sobre el auténtico mensaje cristiano (San Pablo es el maldito responsable), el filme cae en un tremendo despropósito al tratar de adornar semejante objetivo con un rimero insoportable de escenas donde la bella arquitectura corporal de Patricia Arquette es sometida a un castigo lacerante objetivado en los estigmas sanguinolentos de Cristo. Todo ello sin convicción, sin fuerza, sin provocar el pavor que se presupone, sin talento por parte del realizador. El siempre competente Gabriel Byrne poco puede hacer para mantener a flote un personaje marioneta en la piel de un sacerdote excesivamente acongojado. Un verdadero estigma para el espectador. Mala.

Os dejo una vez más no sin antes recordaros el sabio aforismo formulado por Jorge Wagensberg al señalar con inteligente sutileza que "si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?" A nosotros toca formular la interrogante que posiblemente responda planteando nuevos enigmas. Nos movemos en la oscuridad infinita alumbrados por un pequeña luz racional. Que sepamos utilizarla a modo de fanal orientador para nuestra propia navegación vital, es tarea que sólo depende de nuestra propia fuerza interior. La hermandad cultureta apuesta por ello. ¿Cuál es la pregunta?

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Pícaras manifestaciones
Fecha de publicación: 2003-01-24 16:13:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1515 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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