Avanzo a ciegas en el entramado laboral, me despierto de un sueño profundo y ya estoy de nuevo aquí, con la mente todavía aturdida, tupida por la nebulosa del despertar, esparrancado sobre el fuselaje de una farsa y largando el obenque de una nave de locos. El azar viene a rescatarme en forma de suculento preestreno (Teto, siempre excelente y generoso, gracias), lo último del maestro Takeshi Kitano, una obra de arte llamada "Dolls" (será próximamente comentada) y, movido por el entusiasmo, escucho a todo volumen el periplo musical mítico de Symphony X en su particular "Odyssey", me abandono de nuevo a los ritmos funk de Prince en su "Diamonds and Pearls", bailo imaginariamente con el "Get Ready!" de Roachford y me relajo finalmente mientras me sumerjo profundamente en la tristeza sublime del Adagio for Strings de Samuel Barber. Miles de viciosas nereidas acuden en mi ayuda, tratando de rescatarme de un pozo de inconsciencia del que me resisto a salir, me agito, me revuelco entre sus llamadas y grito para ahuyentar el acre aroma que desprenden sus alientos infernales, en el horizonte ya puedo vislumbrar una protuberancia que late con rítmicos pulsos de brillo creciente, corro, salto, vuelo, estiro mi dedo, me aproximo, acierto, presiono, ¡¡lo hago!! PUSH it:

Antoni Aloy: El celo. "Otra vuelta de tuerca" del excelso Henry James en las manos aparentemente inexpertas, pues ni lo parecen ni a juicio de los resultados lo son, de un vital e inteligentísimo director catalán, que contó para llevar a buen puerto tan arduo proyecto con las inestimables colaboraciones actorales de Harvey Keitel y la mítica Lauren Baccall. Perfectamente captada toda la esencia psicopatológica, oscura y psicoanalítica que anida en esta magna obra del genial escritor americano, Aloy se pone manos a la obra, construye con sabiduría una atmósfera decimonónica, precisa, asfixiante y sombría, diseña adecuadamente los perfiles psicológicos de los protagonistas, nutre de inquietante ambigüedad el desarrollo del relato y activa el engranaje que prácticamente funciona por sí mismo, así de hábil ha resultado su planificación, contribuyendo el mefítico y sexualmente saturado ambiente a formar las necesarias pantallas de proyección psíquica donde las sombras de la caverna danzarán al opresivo ritmo de los deseos perversos y polimorfos. La fantasmagoría es una continuación natural de esos dispositivos atravesados por una erogeneidad marcada por re(p/g)resiones responsables de síntomas histéricos. Toda esta complejísima densidad funciona maravillosamente bien, casi sin esfuerzo, sin esquematismos simplificadores, provocando una fascinación de impecable estilo y honda raigambre conceptual. Muy Buena.

Sidney Pollack: Las aventuras de Jeremías Johnson. El gran Robert Redford compone un mítico personaje repleto de simbología y que encarna a la perfección el coraje del hombre indefenso contra la indiferencia de una Naturaleza tan bella como hostil, habitada por la pulsión homicida en sus formas de organización más tribales. Amor, redención y violencia extrema en un filme duro y gélido, contenido e hiriente, con apropiados toques de humor negro y corrosión moral, en las competentes manos directoras de un realizador casi siempre interesante. Buena.

Nagisa Oshima: Feliz navidad Mr. Lawrence. Sin alcanzar las sublimes cotas de "El imperio de los sentidos", de nuevo el maestro Oshima nos regala con esta obra una personal aproximación al choque de las mentalidades oriental y occidental enmarcando la confrontación en un campo de prisioneros ingleses ubicado en Java allá por 1942. Serán Ryuichi Sakamoto, autor asimismo de la BSO, y el camaleónico David Bowie los que se vean envueltos en una compleja relación de tintes violentos, culpabilidades atormentadoras y sexualidades reprimidas dando forma a un vació de incomunicación serpenteado por un fervoroso y extraño vínculo. Compleja y enigmática en muchos momentos, es un material excelente para poder aplicar sobre él interpretaciones psicologicistas y socioculturales de toda guisa. Buena.

Orson Welles: El proceso. Si unimos los talentos imaginativos, literarios, proféticos y narrativos de Kafka y Welles, ¿qué obtendremos? Pues esta película calificada, no sin razón, por Chaplin como la cumbre del arte cinematográfico, y vaya si lo es. El extrañamiento del universo kafkiano a pleno rendimiento en perfectos planos donde el juego entre luces y sombras provoca asombro y es capaz de maravillar al espectador más exigente. Situaciones de la cámara inverosímiles ofreciendo perspectivas de agigantamiento, oblicuidad o pequeñez sabiamente diseñadas, decorados oscuros e hiperreales para recrear la diabólica y asfixiante maquinaria jurídica que terminará por aniquilar completamente la existencia de Joseph K., un Anthony Perkins realmente prodigioso. Todo excelso, milimétricamente calculado y planificado, con el necesario respeto por una obra densa y compleja, la de Kafka, que continúa tan actual como en el contexto espacio-temporal que sirvió de referencia a su genial alumbramiento. Obra Maestra.

Xavier Villaverde: 13 campanadas. Fallida película de este joven realizador español, que tras su última "Finisterre" monta una historia basada en un relato de Suso del Toro, prometiendo mucho y otorgando menos de lo esperado, al tratar de articular un complejo thriller psicológico donde la psicosis y lo sobrenatural, con aparentes reminiscencias de arte esotérico, no logran una verdadera ni fructífera colusión, perdiendo la oportunidad de haber desarrollado más profundamente ciertas conexiones (locura y arte, creatividad genial y psicosis, maternidad y psicopatología) realmente interesantes. Lo más destacado sin duda es el perfecto trabajo de un Juan Diego Botto, cada vez más excelso en su control interpretativo, ofreciendo una suculenta gama de posibilidades expresivas y, sobre todo, el brillante Luis Tosar cuya sola presencia es capaz de sostener por sí misma el peso de la película. Se deja ver con interés hasta cierto punto del metraje; a partir de ahí, cuesta abajo y sin frenos, haciendo incomprensibles concesiones a una comercialidad sin arrestos. Muy Decepcionante.

Gleen Gordon Caron: Novio de alquiler. Apestosa producción norteamericana destinada al consumo masivo de imbéciles adocenados con ansias de triunfo sociomediático. El amor es presentado en su lado más infantiloide y aburrido a través de una trama absolutamente irrisoria, que pretende ser graciosa y ejemplar en su ligereza y que en verdad sólo consigue provocar sonrojo y adoctrinamiento laboral barato. Nada se pone en cuestión en esta deleznable realización excepto la propia idoneidad de semejantes engendros, que ni tan siquiera logran el propósito de entretenimiento superfluo para el que fueron diseñados. El siempre competente Kevin Bacon da lástima y la tal Jennifer Aniston mucho habrá de mejorar para que en un futuro alguien pueda referirla utilizando el calificativo de actriz. Algo he oído al respecto, y ojalá sea así. Emética.

Ken Loach: Felices dieciséis. Loach ha vuelto y ¡de qué manera!, la mejor posible para ofrecernos una filme absolutamente perfecto, duro, contundente, maravilloso, emocionante y arriesgado dentro de su habitual exploración de los márgenes más dolorosos y disfuncionales, más escondidos y olvidados, de la posmoderna sociedad neoliberal del supuesto bienestar. En esta ocasión, el gran realizador británico entra de lleno en la ineluctable tragedia personal de un joven adolescente cuya forma de enfrentar la disgregación relacional de su propia familia le conduce a través de un camino sin retorno hacia el tráfico de drogas, que es asimismo un trayecto experiencial que le abrirá definitivamente los ojos a la cruda realidad de la propia fatalidad que le circunda. Con este complejo material, Loach arma escenas inolvidables con la limpia mampostería de las emociones descarnadas surgidas del desgarro, y que poco a poco se van conformando en las auténticas protagonistas del filme. Lo ha logrado de nuevo, sin artificios, sólo con sabiduría y verdad. Muy Buena.

Me desvanezco un lunes más, entre líneas artificiales que de un modo casi mágico, es la nueva superstición de la posmodernidad, provocarán comportamientos automáticos y procesamientos reiterativos en una máquina que no piensa, no es inteligente, no crea, no percibe, no se emociona, no habla, pero almacena, nos depura y finalmente determina. J.G. Ballard se ha ido por fin cerrando el círculo enigmático de la memoria y la imagen, ocupando su lugar un desvirtuado y hasta ahora muy mediocre Aquilino Polaino-Lorente (un psiquiatra del Opus Dei capaz de tildar de supersticiosas las arúspices de las cartas, en fin, sin comentarios), que me dejará muy pronto en hojas, eso espero, menos ideológicas y supuestamente expertas. Al menos hay que concederle su interesante voluntad de recreación fenomenológica sobre el hecho de morir. Control, medicación, alucinación, diagnóstico, reclusión, locura. La disfuncionalidad continúa siendo tan funcional como siempre lo ha sido. La fragilidad, la enfermedad, nos convierte en vulnerables, nos exalta el refinamiento, nos convierte en objetos de veneración para nosotros mismos y los demás. Todo es materia psíquica. Hasta esto.

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Otra vuelta más
Fecha de publicación: 2003-02-04 12:43:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1006 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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