Una semana más donde hago acopio de valor y entrega y me propongo afrontar una nueva serie de cuestiones dolorosamente elididas, habitualmente olvidadas, cotidianamente invisibles. Se nos aproxima con ardiente celeridad el tiempo de la canícula y no se trata de amenizar las horas con discursos obvios o pasquines jocundos, sino más bien emprender una lucha a muerte contra la relajación máxima del asueto venidero y reflexionar a tumba abierta en la española pedanía de la memez. Los hermanos y hermanas culturetas nos vemos en la obligación semanal de hacerlo mientras preparamos nuestro pequeño autohomenaje que tendrá lugar a partir del día 18 del presente mes. No seré yo quien emplee cruelmente mi particular tralla al aplicar mis espasmos cíclicos sobre una realidad podrida hasta la raíz. De todas formas EL SISTEMA (qué término tan polisémico), esa estructura que funciona a modo de a priori para prácticas y pensamientos, para posibilidades y barreras, se encuentra perfectamente calafateada tras sus engaños, tráficos y prebendas, así que de poco o nada sirve fustigar desde lo alto si no se toma en cuenta el auténtico malestar de base. Lanzo pues mi pensamiento en persecución de la pista de un humanismo perdido y lo hago utilizando de fondo el serialismo minimalista de un inspirado Wim Mertens. Pero detecto un cierto cansancio en mi lóbulo temporal y paso a mayores con el Salve Regina atribuido al genial compositor napolitano Domenico Scarlatti (1685-1757). El gran Whitehead hablaba de encontrar siempre la cantidad y el número en el fondo mismo de la música y la poesía. ¿Cómo atreverse a pensar estas cuestiones? ¿Dónde hallar las regularidades que nos proporcionen unas certezas al borde del abismo? Porque esas fórmulas mágicas dan miedo. ¿De qué nos hablan o a qué o quién quedan definitivamente referidas? Pienso en el portentoso matemático suizo Leonhard Euler (1707-1783) y un estremecimiento me recorre en todas direcciones. Sus investigaciones sobre pares de "números amigos" (50 en total), acerca de las sucesiones convergentes y divergentes, en torno a las regularidades halladas en poliedros convexos, su inevitable "recta" uniendo necesariamente el ortocentro, circuncentro y baricentro de cualquier triángulo, ese puente que dio lugar a la teoría de grafos... Y por fin el misterio de una fórmula esotérica que vincula lo irracional, lo imaginario, el infinito y la nada: (e) [i x PI] + 1= 0*

Comienzo a tambalearme y pienso con Koyré que la auténtica revolución científica consistió efectivamente en oponer lo platónico a lo aristotélico, tratando así de explicar la imperfecta realidad cualitativa a través de la pureza absoluta de lo matemático. Platón ganó la batalla gracias a Galileo. Estoy a punto de perder el sentido y mi campo de consciencia se ha reducido peligrosamente a un solo y exclusivo punto de luz. Lo percibo difuminado y trato de fijar su posición en un lugar concreto. PUSH IT OPERATOR:

Robby Henson: Al caer la noche. Floja entrega la representada por este filme que apuntaba buenas maneras y se queda simplemente en lo que podemos considerar un presente de buena voluntad cinematográfica. El enorme Billy Bob Thornton es Darl Hardwick, un patético sheriff de pueblo abismado en una vida repleta de tópicos, totalmente previsible y que ha vendido su placa a intereses partidistas que dictan las normas de la ley, haciendo gala asimismo de una prejuiciosa intolerancia anclada en una pasada y simbólica conducta fratricida. Bebe mucho, está solo, y se adivina en sus gestos un fondo de violencia contenida bien preocupante. No llega a las turbias profundidades de su magistral personaje en "Monster’s ball" pero sin duda el guionista quiso perfilar para el actor un personaje que guardara con aquel ciertas similitudes conceptuales. Sólo lo logró a medias. Porque si en aquella estupenda cinta el personaje crecía y crecía hasta librar una lucha sin cuartel contra la peste racista y endogámica que anegaba su espíritu, en ésta mengua y disminuye hasta convertirse en una caricatura de lo que verdaderamente podría haber sido y jamás consigue llegar a ser. La liberación de sus barrotes interiores queda materializada en apuntes excesivamente forzados o esquemáticos, cuya sucesión no dota de fuerza al conjunto y termina por mostrar una franca y paladina ausencia de verdadero compromiso moral. La conflictiva transexual de la víctima asesinada sólo es la excusa perfecta para que una desperdiciada Patricia Arquette nos acabe reclamando momentáneamente con sus exuberantes formas, sin alcanzar en ningún caso la necesaria atmósfera de turbidez erótica que hubiera debido envolver su relación con el transformado sheriff, quien simplemente, y a pesar de lo aparente, se limita a sustituir unas opciones existenciales reaccionarias y tribales por otras más políticamente correctas pero igualmente previsibles y acomodaticias. Su recién adquirida ética de apertura le servirá al director para ofrecernos un final decepcionante y convencional, tranquilizador y anestésico, muy alejado de las expectativas levantadas por una historia de grandes perspectivas y casi nulos resultados. Una oportunidad tirada a la trituradora del reciclaje. Regular.

Y ya os dejo una semana más, sumido en oscuros pensamientos que me llevan a visualizar al legendario Fermat escribiendo anotaciones en los márgenes de la aritmética del sabio Diofanto, y preguntándose a continuación: ¿por qué no hay soluciones enteras para la ecuación x[n] + y[n] = z[n] para n>2**? El teorema de Fermat cuya solución él intuyó 300 años antes de que Andrew Wiles lograse la demostración definitiva... Qué grandes enigmas encerrados en una sola mente y cuan pequeña la nuestra siquiera para vislumbrar alguno de esos portentosos fogonazos provenientes de la mismísima divinidad. Miro hacia dentro y percibo mi propia división que me cliva entre una espiritualidad ascendente compartida con ella y el laborar cotidiano que me sumerge en el fiemo de la plusvalía del valor de cambio. La emoción blanca sobre una realidad imprimada en gris. Ambos lo sabemos y nos aproximamos cogidos de la mano hacia el punto del que parte un rítmico y reconocible sonido de carillón. De nuevo la mística de Part. Estamos dentro del espacio puro de los conceptos inmaculados, en el ápice mismo de su cortante hoja divisoria. Y nuestro número continente es el dos.

* Los corchetes encierran el producto de la unidad imaginaria i (raíz cuadrada de –1) por el número irracional PI. Este producto es el exponente del número e en la fórmula. Se leería por tanto: La diferencia entre "e" elevado a "i" por "PI" y la unidad es igual a cero.

** Del mismo modo que en la fórmula anterior, los corchetes son el exponente de las incógnitas: "x" elevado a "n" más "y" elevado a "n" es igual a "z" elevado a "n".


 

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Fecha de publicación: 2004-06-08 17:30:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1284 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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