Ex nihilo nihil fit o de la nada, nada adviene. Dicho así el comienzo puede parecer algo pesado e incluso motivar serias dudas sobre el verdadero origen del pensamiento aquí vertido. ¿O debería decir di-vertido? ¿Gracioso o repetido? No nos liemos con inútiles juegos de palabras. El significante siempre acecha y lo real que padece del significante no es otra Cosa que un lugar, fracturado, una hendija para más señas de no identidad.
Muchos son los acontecimientos pasados y al menos tantos los por venir. Pero lo que importa en realidad son las relaciones, las conexiones más o menos visibles, menos o más ocultas, los lazos de intersección capaces de abrir espacios de reflexión a partir de interioridades externas y externalidades desconocidamente íntimas. Misterio. Y en ese fluir de lo enigmático mediante metáforas y metonimias infinitas nos situamos nosotros viendo y más viendo y más y más viendo secuencias de imágenes que rebotan unas en otras, de unas a otras utilizando el frontón de la escenificación de la vida y de la muerte. Nos apetece establecer conexiones porque no somos otra cosa que eso. Y para eso hemos venido y estamos de nuevo aquí. ¿Qué he querido decir con todo esto? Mi hija respondería fácil y lo tendría muy claro. Awakee. La sublime expresión glosolálica encierra para mí la respuesta a todas las plúmbeas respuestas ofrecidas por la historia de la metafísica a los interrogantes eternos planteados por el ser humano desde la noche de los tiempos. Todo y Nada. Incluso el Todo desde la Nada para subvertir el inicio del discurso, también de éste, que es como decir del Universo entero. Pregúntele usted a ellos, ellos tienen la(s) respuesta(s), su Verdad es todavía magma real que está siendo solidificado, troceado, por vía de la simbolización del gran Otro. De esa historia, de la marca de la letra en el cuerpo ya hablaremos en otra ocasión, en otra relación con otra relación. No olvidemos que el auténtico arte de mentir astrosamente es privilegio adulto, particularmente de aquellos supuestos receptores de la nueva revelación, posmodernos destinatarios de las epístolas (¿mails?) reclinados en sus reciclados triclinios comentando insustanciales pecados veniales como una forma patética de arrostrar los auténticos demonios interiores, aquellos que jamás se perdonan sin haber mostrado admiración previa al supuesto Revelador. El problema suele consistir en ubicar la residencia de ese especial y oscuro genius loci, el misterioso lugar desde donde se emite el relato, el sitio de configuración de la diégesis y lo circundante. Pero si tal distinción no tuviera sentido entonces sólo el arte podría constituirse en nuestro último refugio frente a la adversidad de la existencia, pues únicamente él podría abrirla al vacío que sostiene la materia y la forma.
No divaguemos más. Pisemos firme. Creamos por un breve instante en la realidad. Admitamos por un momento la verdad como certeza y hagamos nuestra la secuencia paulina según la cual la tribulación llevaría a la constancia, la constancia a la virtud acrisolada y ésta por último a la Esperanza. Nos esperan nuevas vivencias nacidas del magín de grandes creadores y no meramente del puro cálculo comercial.
Combaten ahora por inscribirse en el papel digital ciertas referencias a determinadas citas culturales que el Rincón no debe pasar so pena de excomunión cultureta. Pero es espacio y el tiempo son relativos, sí, pero no ilimitados. Así que tomémoslos como coordenadas kantianas para dibujar un efímero punto cinematográfico en el eje vital imaginario.
Nada lo impide. Hablo de experimentar una descarga emocional no exenta de profundidad ideativa. Me propongo un reto al tratar de lanzaros una interpretación menos convencional y más incómoda de un auténtico clásico del cine. Y es que revisitando la obra de 1964 de Michael Cacoyannis, basado en la novela homónima de Nikos Kazantzakis y asentado fundamentalmente en la soberbia interpretación a cargo de un Anthony Quinn en estado de gracia, se reafirma la sensación de estar frente a una creación de extremada belleza e inagotables lecturas. Porque si bien Zorba el Griego es habitualmente considerado como el prototipo de persona capaz de mantener un acusado sentido de la vitalidad y el optimismo dentro de las circunstancias más adversas, no es menos cierto que su actitud puede y debe ser releída a la luz de aspectos más controvertidos. Al ver su comportamiento, analizando sus palabras referidas al baile cuando falleció su hijo de tres años (para combatir la pena), observando sus declaraciones furibundas contra cualquier tipo de manifestación de miedo o angustia y, sobre todo, quedando atónitos al contemplar las reacciones ausentes de remordimiento o culpa frente al asesinato de la viuda interpretada por Irene Papas (inolvidables sus gemidos y gritos en el mítico álbum "666" de Aphrodite’s Child, cuna de Vangelis y Demis Roussos), es cuando estamos en condiciones de afirmar que esa forma de enfrentar el conflicto conlleva necesariamente un alto coste en inhibición (a pesar de la expansividad conductual externa) e inmadurez personal. La negación continua del dolor, de la ansiedad, de la culpa y, en definitiva, de la responsabilidad personal en los sucesos circundantes le hace mostrar un histrionismo a veces sobrecargado, siempre teatral, que ofrece la alternativa del "siempre adelante si mirar atrás" mientras lo que sucede en realidad es que se mira a otro lado para evitar mirar de frente a la realidad de los hechos y por ende, la propia realidad interior. Lo curioso, lo realmente llamativo por paradójico, es que el pensamiento de Zorba encubre en realidad un fatalismo de la inevitabilidad, donde las cosas ocurren porque tienen que ocurrir y lo único que podemos hacer al respecto es, tal y como él afirma, liarnos la manta a la cabeza y coger a manos llenas todo lo que la vida vaya colocando a nuestro alcance. Hedonismo desesperado acicateado siempre por el negro y seguro horizonte de la muerte. Y es que la Muerte no deja de estar presente durante toda la película, cristalizada en forma de tragedia existencial cuya gestación viene alimentada por un odio ancestral, telúrico, oscuro, turbio, cultivado dentro una colectividad rural donde se dan cita el prejuicio, el rito compulsivo, la superstición, un machismo rancio y podrido, la lujuria contenida, la envidia y la ignorancia. El capitalista inglés, que poco a poco irá identificándose con el punto de vista del viejo Zorba hasta alcanzar el clímax final del baile en la playa (qué hermosa música la de Mikis Theodorakis), responderá de forma reconociblemente neurótica tras el asesinato de la viuda con quien acaba de mantener relaciones sexuales, primero sorprendiéndose de las consecuencias fatales que ha desatado su en apariencia inocente acto, y a continuación aceptando con resignación la inevitabilidad del homicidio en esas circunstancias para de ese modo poder continuar con la obra megalomaníaca emprendida por Zorba.
Zorba es, pues, un hombre que trata de conjurar la muerte mediante su transformación fantasmática en un hombre-Dios, al que le es dado promover obras imposibles, "devorar el mundo" como declara en un determinado momento, y de esta manera poder enfrentar con el mínimo dolor y angustia, es decir, con el mínimo sentido de la responsabilidad personal, todas aquellos resultados directa o indirectamente relacionados con sus decisiones. Si nos encanta, si nos subyuga, es precisamente porque presenta ese halo de héroe capaz de desafiar a la vida en su dimensión más problemática y reírse de ella a la cara justo cuando más duro trata de golpear ésta, ofreciéndole la otra mejilla en un acto provocador de imaginaria omnipotencia. Si ya he logrado dejar de experimentar Angustia, si la he repudiado definitivamente, ¿cómo podrías hacerme daño de verdad? Si mi decisión es la Nada, ¿cómo harás que experimente codicia o pena o tristeza o ansiedad cuando me des a contemplar mis irremediables pérdidas? Si logro mantener a raya cualquier atisbo o intento de penetración del displacer en mi consciencia, ¿cómo podría entonces dejar de percibirme como una persona "todopoderosa" situada de alguna manera más allá del bien y del mal? El alto coste de esta posición es la falta de crecimiento emocional, de tal manera que toda relación con el otro sólo podrá plantearse en términos de dos parámetros fijos: pasión o compasión; evitando en todo momento un contacto real en posición de igualdad total de intercambio. La pasión sexual solventaría el problema del compromiso emocional; la compasión siempre colocará al otro en lugar más sufriente para así mantener una prudente distancia de seguridad (compadecer sin padecer-con). En el fondo, si no somos conscientes de que algo nos falta jamás podremos enamorarnos ni amar en serio. Otra cosa es que aquello que buscamos esté en el otro. De ninguna manera: allí nunca se halla.
También su actividad compulsiva puede verse como un intento desesperado por cerrar una herida continuamente abierta en el seno mismo del orden simbólico. Percibe esa extrañeza, esa enajenación, y trata de taponar el hueco abierto a toda costa. Pero, ¿quién instauró la brecha? ¿Qué Mujer lo hizo? Frente al acto de subversión femenino, la actividad frenética de carácter reparador masculina. ¿Acaso existen diferencias estructurales para sostener tal afirmación? Nada que objetar.
Es hora de concluir por hoy. Un hecho no cesa de escribirse en la existencia. Otro hecho tampoco. Pero la conjunción de ambos es del orden de lo imposible. Tal vez nuestra máxima Grandeza sea también la mayor Estupidez de las muchas que nos definen: no adelantar el fin del Infierno o el advenimiento de la Salvación. ¿Creatio ex nihilo?

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Fecha de publicación: 2007-09-14 02:09:48, por Adrián M. Buleo   (visto: 1091 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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