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Fecha de publicación: 27/03/2007 09:03:39

Muerte y Supervivencia IV (1ª parte)


 
"Cada hombre es dos hombres: uno despierto en las tinieblas y el otro adormecido en la luz."
D. H. Lawrence
 
"¿Cómo puedes encontrar a un león que te ha devorado?"
C. G. Jung
 
Cuarta entrega de nuestra particular y penúltima seriación cultuerta. Trato de evitar que mi pensamiento acabe excesivamente sinuoso, desbocado, como habiendo emprendido una anadeante marcha a lo largo de un sendero conceptualmente escachado, huyendo en todo momento del riesgo, siempre acechante, de la defección.
 
¿Quién/Qué/ es una víctima? De la explicación que demos sobre aquello que cada Uno de nosotros entiende por tal dependerá la valoración política e ideológica de muchas y espinosas cuestiones. Además, el concepto de víctima está estrechamente relacionado, indisolublemente asociado al de Memoria. La Memoria, tal y como venimos sosteniendo en nuestras últimas entregas del Rincón, sería una herramienta de visibilidad para las víctimas del pasado. La Memoria posibilita que las víctimas se nos hagan conscientes emergiendo del profundo y oscuro magma inconsciente de la Historia. Las víctimas siempre lo son de un poder arbitrario y brutal que siega de golpe sus vidas o trastorna su normalidad al introducir en su existencia una discontinuidad prácticamente imposible de reparar. Precisamente por ese motivo, porque no existe una posibilidad real de reparación del daño infligido a la víctima, es por lo que la Memoria ha de aplicar sus categorías de interpretación histórica con el objetivo de rescatarla de su ignominiosa invisibilidad. La Memoria efectúa en un primer momento una operación de rescate de aquello que permanece guardado en el baúl de la vergüenza.
Pero una vez rescatadas de su lapidario sueño, las víctimas, al ser traídas a la luz de la actualidad más visible, surgen nuevos problemas ligados a la responsabilidad de las acciones cometidas en un lejano pasado. Dos cuestiones interrelacionadas al hilo de esta reflexión que venimos desarrollando.
 
Una. ¿Cómo hacer recaer la responsabilidad de la injusticia cometida en un pasado muy lejano o no tanto, pero pasado al fin, en personas del presente? Si los supuestos responsables individuales ya no están, si también ellos han desaparecido por el inevitable desgaste del Tiempo, entonces ¿a quién culpar de las atrocidades perpetradas? ¿A etnias, pueblos, naciones, países, sistemas políticos, ideologías, religiones, creencias...? ¿A todo el género humano tal vez? Cuestión muy difícil de resolver puesto que las múltiples diferencias internas dentro de una misma tradición de gobierno y/o pensamiento no comparten todas ellas los mismos presupuestos de base.
 
Dos. ¿Cómo realizar una lectura ideológicamente aséptica de la ominosa realidad que supone la indiscutible existencia de las víctimas? No es posible defender la imperiosa necesidad de hacer justicia desde el presente en memoria de unas víctimas a las que consideramos afines a nuestros presupuestos ideológicos, y al mismo tiempo negar esa misma posibilidad de Justicia para otras víctimas igualmente inocentes que permanecerían (siempre desde nuestro erróneo punto de vista y de forma incomprensible) situadas más allá de lo que estamos dispuestos a admitir como nuestro particular ámbito de compasión. La incoherencia hace siempre un flaco favor tanto a unas (las más allegadas) como a las otras menos próximas a nuestra sacrosanta conciencia de reconocimiento.
 
Así que la pregunta fundamental sigue siendo: ¿cómo elaborar conceptualmente, filosóficamente, el tema de las víctimas? El tema de la Memoria de los vencidos pasa por ser la clave para pensar de una forma coherente. Y dentro de estas coordenadas el concepto de mesianismo puede ser traído a colación para elaborar un discurso filosófico sobre la memoria de las víctimas, posibilitando una confrontación con el absurdo de la violencia presente en la Historia, para de esta forma acabar afirmando con radicalismo (desde la raíz) que el crimen no es la última palabra políticamente hablando. Precisamente la Memoria sería la respuesta a la injusticia del horror y del crimen cometido contra los inocentes. El crimen pasado es una injusticia vigente, presente, y por tanto operativa desde un punto de vista político. La injusticia no se clausura en ningún caso con la muerte de la víctima. La memoria defendería la actualidad de la injusticia perpetrada en el pasado puesto que no se trataría desde esta acepción de un concepto jurídico sino más bien y sobre todo moral.
 
Llegados a este punto os invito a dar un paso más y hacernos la pregunta cuya respuesta es absolutamente condicionante para todo el tema que nos ocupa. ¿Cómo llegar a comprender la barbarie moderna, el campo de exterminio, como un momento mismo del proceso de desarrollo de la modernidad? Y también desde un punto de vista teológico estrechamente relacionado con ese devenir: ¿qué idea de Dios se plantea frente a la realidad incontestable del Mal? ¿Puede Dios evitar el Mal? La ausencia o el silencio de Dios manifestado frente al intento de exterminio del pueblo judío por parte de los nazis plantea interrogantes muy inquietantes al respecto. Dios en alguna medida se oculta y nos da la responsabilidad a nosotros para el control de la terrible violencia que somos capaz de generar. ¿Cómo afrontar esta realidad tan brutal e ignominiosa? ¿Cómo llegar a digerir la desoladora experiencia que supone la injusticia del sufrimiento sin tener la posibilidad de apelar a unas garantías proféticas?
 
Estas coordenadas experienciales provocarían de alguna manera el nacimiento del concepto de "responsabilidad absoluta": El hombre ha de dar respuesta a ese indescifrable sufrimiento experimentado como injusticia. Desde esta perspectiva hermenéutica no es posible salir del campo de concentración a no ser que se asuma plenamente este concepto y, en consecuencia, tampoco resultaría posible pensar Europa sino desde (y a través de) la experiencia terminal de Auschwitz. El "desfiladero", el "hospital", el Infierno. La máquina de matar más mortífera y letal jamás ideada por el hombre. Todo un ritual perverso y diabólico cuya conclusión efectivamente se cierra con la muerte del inocente, pero que en un último tour de force más macabro todavía, persigue curiosamente, de un modo que parece paradójico pero que en realidad no lo es tanto, eliminar la angustia de muerte del individuo justo antes de su exterminación, en un intento cruel de despojarle hasta de la consciencia misma de su inexorable e inminente desaparición. Un engranaje sangriento, mortífero, nauseabundo, final, la solución final; un monstruoso "proyecto de olvido", cuyo objetivo consistió en no dejar rastro, tratando de hacer desaparecer la significación histórica del pueblo judío, y perpetrando para ello un aniquilamiento metafísico con la intención de borrar cualquier huella de su paso por este mundo. La praxis de una espeluznante serie lineal: Gas-Crematorio-Trituración-Aventamiento de las Cenizas-Olvido absoluto. La voluntad férrea de no dejar ningún testigo de la atrocidad, utilizando para ello todos los medios disponibles a su alcance, incluidos los sombríos comandos judíos de trabajo, que a su vez eran sistemáticamente eliminados y reemplazados sin descanso. No dejar señales del horror, que lo que una vez ha sido deje de existir como si jamás hubiera sido...
Entonces, ¿puede a partir de esta terrible singularidad apocalíptica, de este auténtico cataclismo existencial, ofrecer Europa alguna lección sobre moral y ética? Y si es así, ¿sobre qué clase de ética: relativista, etnocéntrica, universalista, generalista, comunitaria, inidivualista, de principios, de fines, de medios...?
 
En el fondo de esta imponderable tragedia late el fracaso de la Ilustración, la conciencia de su propio fracaso, del fracaso de su línea más emancipadora y democrática. Y es que, como decía Walter Benjamin, "para los oprimidos, la Historia siempre es un Estado de excepción".
¿Un testimonio definitivo al respecto? Bien, sólo tendréis que esperar hasta la próxima entrega que cerrará el pequeño ciclo que venimos dedicando a la violencia, la memoria, las víctimas y los supervivientes. También os daré más referencias fílmicas, radiofónicas y bibliográficas para profundizar en toda esta apasionante e ineludible temática y que me han servido de apoyo para configurar estos breves comentarios.
Llegó Semana Santa, la hora de Ben-Hur, Espartaco, La última tentación de Cristo, La Pasión, El tormento y el éxtasis, y muchas otras maravillas que pueden impulsar nuestra necesidad de reflexión, redención, meditación y trascendencia. No desaprovechemos la ocasión...





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