La Fura, la mítica compañía fundada en 1979 y con Àlex Ollé a la siempre a la cabeza de su dirección artística, continúa siendo una de las formaciones artísticas más vanguardistas y arriesgadas de cuantas pululan a lo largo y ancho del firmamento escenográfico mundial. Su nueva obra, “Metamorfosis”, así lo demuestra sin dejar atisbo de duda o variación. La suya es una adaptación extraordinaria de la obra maestra del escritor Franz Kafka, desgraciadamente convertido en figura mítica y por tanto elevado a un olimpo literario donde el autor es convenientemente conocido pero casi nunca leído, mucho menos comprendido, con la seriedad y profundidad que una obra como la suya siempre requiere y merece.
Pues bien, La Fura se pone manos a la obra (y qué obra), calienta todos los motores escenográficos a su disposición y ofrece como resultado un material abierto y cortante, duro y preciso, imaginativo y contundente, para llegar a componer a partir del texto kafkiano (qué gran trabajo el de Javier Daulte) una obra multidisciplinar con sorprendentes soluciones escenográficas, discurso de golpeante visceralidad subversiva y, en consecuencia, una inmejorable posibilidad de reflexión metafísica acerca de la alienación humana más actual, precisamente como fenómeno que podemos ubicar dentro de las monstruosas y anónimas urbes globalizadas al tiempo que diseccionar mediante sus visibles (y a veces no tanto) referencias a formas laborales de oscuras reminiscencias rituales. En ese vacío que produce la vida transformada en proceso de producción en búsqueda continua de objetos efímeros de deseo, en esas coordenadas socioeconómicas donde el hombre se convierte en máquina deseante impelida a un goce absoluto publicitado como posible a través del consumo compulsivo de “cosas”, en esa reificación y adulteración del carácter pensante y sintiente, ahí es justamente donde La Fura hurga con toda su ácida ironía en la doliente herida provocada por esa complejísima situación, no cayendo jamás en la trampa de un discurso fácil de crítica panfletaria ni tampoco en un posible recetario reglamentado sobre la conformación pueril de una supuesta esperanza de salvación.
La Fura promueve la reflexión pero no ofrece soluciones fáciles a las importantes cuestiones que plantea con su obra y que su excepcional montaje escénico no deja de lanzar a los atónitos espectadores como ráfagas de una ametralladora infernal. Cada cambio de iluminación, cada modulación cubicular con el fin de atrapar la psicótica transformación del “escarabajo” Samsa, cada tortuoso avance en el proceso de licuefacción de un espíritu cortocircuitado brutalmente mediante la pesada revelación sobre la inanidad insoportable del Ser, nos aporta nuevas perspectivas desde las que apoyar un análisis siempre poliédrico y nunca definitivo sobre la reverberación insoportable del vacío instalado definitivamente en el corazón de una existencia quebrada.
El planteamiento de La Fura resulta sumamente sabio en este punto, y lo es porque obliga directamente al espectador a mantener una auténtica incapacidad de asumir la “verdad” en razón de la extrañeza que suscita el propio modo de abordar los hechos por parte de Gregor y su familia, cada vez más bloqueada en la producción de sentido sobre lo que les está ocurriendo y a la que vemos poco a poco ir levantando barreras defensivas en torno al abismo que se ha abierto a sus pies. Y es que a veces, para seguir simplemente viviendo en el universo de los significados de la comunicación humana, no hay más alternativa que cerrar las puertas al desierto de incomunicación que puede vislumbrarse dentro del entorno más inmediato y próximo. Aquí la lectura psicoanalítica puede también ofrecerse como resolución de una obligatoriedad de la represión como mecanismo de instauración psíquica primigenia. Es decir, aplastar al escarabajo monstruoso surgido de las sombras interiores para continuar siendo de alguna manera alumbrado por un pálido sol exterior, justo lo que sucede cuando al final de la obra la familia decide abrir la ventana de su hogar para dejarse inundar con la exultante alegría del que ha suprimido una terrible amenaza para su fingida tranquilidad de ciudadano integrado, asesinando de un solo mazazo (o pistoletazo) la morbosa presencia de “lo siniestro”, es decir, aquello proveniente de lo más cotidiano, de lo habitualmente conocido y controlado, pero que de repente se nos aparece de una manera paradójica, extrañamente irreconocible, como portando un sentido ominoso que sólo podemos intuir tras su fachada reconocible. Es un terror velado por el rostro del hábito y cuyo peligroso hedor supura entre los agujeros de una realidad transformada de pronto en algo terrorífico e inmanejable. Cuando lo siniestro hace acto de presencia en nuestra acomodada y predecible vida... ¡ay! podemos asegurar en ese caso que nuestras habituales formas de manejar los asuntos problemáticos fallan de un modo estrepitoso por la sencilla razón de que nuestras expectativas han saltado hechas añicos bajo el manto tenebroso de una realidad hasta ese instante inexistente (por inimaginable), y que ahora se nos representa como un destino fatal e inexorable. ¿Cómo escapar de esa garra oscura que nos ha atrapado casi sin darnos cuenta? ¿Tomando con(s)ciencia de la situación tan precaria en que nos hallamos y eligiendo un nuevo rumbo encaminado a la consecución de unas metas que sólo pueden ser definidas desde la pura negatividad? Bien, es lo que hace el compañero de Samsa cuando decide abandonar su insulso trabajo ferroviario. Decide subirse a un tren con destino a ninguna parte. El mismo tal vez (brillante cierre del círculo de temporalidad psíquica) que tomó la parte más racional y adaptativa de Gregor abandonándole para siempre. Por eso la respuesta de su familia alude asimismo a esa posibilidad de viaje sin retorno para asimilar una pérdida tan dolorosa como definitiva.
Un espectáculo, en fin, absolutamente radical (de ir a la raíz de las realidades) y recomendable para quien todavía no se haya decidido a conocer a una de las propuestas escénicas más interesantes de los últimos tiempos. Sin lugar a dudas, una construcción artística que busca nuevos modos de expresión formal, renovada y siempre atrevida, a la par que promover nuevos espacios reflexivos directamente enlazados con los aspectos más plásticos y esteticistas del montaje, lo cual le hace merecedora de ser considerada un hito muy importante dentro de los múltiples abordajes emprendidos sobre el lado más oscuro de la condición humana.
Hasta el 29 de Octubre (este mismo domingo) en el Teatro María Guerrero de Madrid. No os la perdáis.

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METAMORFOSIS de La Fura dels Baus.
Fecha de publicación: 2006-10-30 03:10:08, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1232 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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