Leyendo apreciaciones analíticas acerca de la subjetivación de la mirada dentro de una escena a través de un objeto tangencial, marginal (la correlación entre un borrón esquinado dentro de una panorámica y el sujeto de la mirada, su construcción) acabo preguntándome sobre la propia perspectiva que estoy construyendo o que se está fabricando a mi alrededor. Todo se torna complicado y oscuro cuando uno reflexiona sobre el espacio imaginario que puede restar tras nuestra extinción definitiva. En efecto, parece que el Universo no deja de expansionarse a velocidades inimaginables. Resulta que cuando éramos pequeños nos enseñaban justo todo lo contrario y en nuestra cándida y febril imaginación nos veíamos contraernos hasta finalmente acabar convertidos en microscópicos pulgarcitos, en Nada. Pues resulta que no, que ahora nos vamos a hinchar por tiempo indefinido y sin pausa. ¿Cómo puede ser ello? Que nadie se tire de los pelos del sobaco o comience a ajustar la soga al cuello. En nuestro rescate intelectual acuden raudos los astrofísicos y demás gente de ciencia, son legión. No es sólo que sustituyan el creacionismo divino por sentencias del tipo “el Universo nació simplemente, espontáneamente de la Nada”, lo cual es no decir mucho más que lo anterior, sino que proponen una teoría inflacionaria que nos deja literalmente patidifusos, pero más contentos o tranquilos, porque tiene sentido. Y bajo mi punto de vista tiene la ventaja de corroborar la hipótesis nietzscheana sobre el eterno retorno de lo mismo. Veamos. Si existen infinitos universos como burbujas anidadas unas en otras entonces tiene consistencia real la expansión infinita de nuestro propio Universo. ¿Qué espacio ocupamos? Pues el de otro Universo, que a su vez se expande dentro de otro y así hasta el infinito. Por otro lado, y dado que los elementos y los sucesos en cada universo son limitados, al ser infinito el número de los mismos resultará en consecuencia que todo lo que ya ha sucedido (o sucederá) habrá sido, estará siendo o será en el seno de otro Universo. De esta manera tú, sí, sí, tú mismo (pero sin ser consciente de haber estado ya en otro universo o de que estarás de nuevo) repetirás tu vida punto por punto, decisión por decisión, en algún confín perdido del cosmos de otro u otros universos. Así que ya no hablamos de universo sino de Multiverso. Qué poético. Vale, bien, ¿y todo esto por qué y para qué? Esas preguntas no parecen albergar mucho sentido (¡y dale con el término!). Todo se presenta tan enigmático e inabarcable que apenas si podemos intuir las consecuencias para nuestras pequeñas y limitadas existencias. Pero en nuestra condición está el hacérnoslas sin descanso. ¿Todavía alguien puede pensar que no es lícito interrogarse por el comienzo, el fin, el significado, la trascendencia o la inutilidad de nuestros actos?  En un Multiverso generado de la nada, con la mayor parte de la materia y de la energía del mismo todavía por revelar su auténtica naturaleza, ¿no es obligatorio detenerse un momento, alzar la vista al cielo, y preguntarse qué coño hago yo aquí?

Y es que todo ese misterio cósmico no es tampoco demasiado si lo comparamos con otros enigmas más cercanos, la palabra y el cuerpo. Asusta hallarse desnudo frente a una mirada escudriñadora que no deja opción para la utilización defensiva de la máscara. ¿Qué sucede cuando uno, desprovisto ya de todo sostén simbólico, se arroja en brazos de otro ser humano en busca de reconocimiento directo de lo que uno es, por lo que es, y no por el lugar que ocupa dentro de la red de fantasmas y significados que el otro le ha asignado? Aquí estoy yo, en lo que soy, mi realidad brutal, desnudo (reconozco que mi denudo también resulta brutal), despojado de artificios para que tú, el otro, te caigas del guindo, no pienses que te traigo el regalo proveniente del gran Otro (que no existe, es sólo un efecto del movimiento de la estructura), y me veas en la más absoluta y cruda realidad de lo que efectivamente soy. Eso es lo que somos, seres humanos frágiles, fuertes, desvalidos, valientes, temerosos, arrojadizos, vacíos y llenos de la misma materia oscura que habita y agota el Multiverso. ¿Qué extraña coincidencia o qué imponderable azar llevó a dos pequeñas moléculas hacia una improbable asociación que acabó por conferirles una estructura que dio lugar a la Vida? ¿Qué tiene que ver eso, esencialmente un fenómeno químico, con la estructura repetitiva de una cadena de significantes cuya única función es la de colocar uno tras otro, en una secuencia cuya lógica se nos escapa, una serie de fenómenos que puedan hablarnos de la verdadera naturaleza de nuestro Deseo?  ¿Acaso la realización de nuestro deseo, el alcance de ese horizonte mítico donde llegar a cumplir nuestro anhelado destino corporal, no tendrá que ver con esa repetición infinita a que nos veríamos abocados si efectivamente fueran ciertas las suposiciones filosóficas de tanto onanista cósmico? ¿No es posible que el Espíritu Material del Multiverso (EMM) tan sólo pueda llegar a intuirse, a comprenderse, a través de la infinita consciencia de cada uno de nosotros en infinitas repeticiones de lo mismo? ¿Puede, me atrevo a preguntar, puede que nosotros mismos seamos al modo de crípticos mensajes encerrados en botellas a la deriva lanzadas por una energía desconocida en pos de un destino que aguarda de forma no teleológica? ¿Puede, me arriesgo a plantear, que nuestra deriva cósmica (somos el mensaje, nuestro universo el envase) acabe alguna vez en nuestras propias manos? ¿Realmente todo tuvo necesariamente que derivar hacia esto que ahora somos o por el contrario esa interpretación es tan sólo fruto de nuestro ansia por otorgar un sentido final a lo que carece por principio del mismo?

Me gusta pen(s)ar así. En un Multiverso donde el eterno retorno de lo mismo es esencial y en el que cada cual podrá acabar siendo cualquier otra consciencia temporal que se imagine, de alguna forma extraña podemos decir que todos seremos todos, que todos pasaremos por todo, en todo lugar, en todo tiempo, y que por eso mismo todos nos salvaremos y nos condenaremos en alguna ocasión, porque ya hemos sido condenados y ya nos hemos salvado en un futuro que nos aguarda en una infinidad de variaciones que, sin embargo, acabarán repitiéndose alguna vez. Lo que está siendo ya fue y lo que será ya habrá sido. La elección, hagas lo que hagas o dejes de hacer, está echada, a los dados, y Dios no suele visitar Las Vegas, ¿o sí? La suerte está echada, ¿o no? Es como si el devenir universal tuviera una extraña semejanza con los tortuosos caminos dibujados por el deseo en su errático deambular en pos de una ausencia infinita. Es también el “pasaje al límite” de la teoría de conjuntos o la decisión vital infinitamente multiplicada por infinito (indeterminación matemática) cuando parece que al final hemos llegado a un cierto umbral, a un determinado límite que recién alcanzado se expande en ondas inabarcables. Un misterio. Pero el misterio está siempre dentro, se reproduce una y otra vez por mucho que lo tratemos de expulsar una vez más y otra hacia el exterior: retorna desde dentro para traspasar esos límites que vemos y casi podemos rozar. En ese preciso instante el espejismo se desvanece y se desplaza mucho más allá, para acicatear nuestro deseo y sumirlo en un nuevo equívoco donde el destino se define más porque algo juega con nosotros (en función de los lugares que vamos ocupando) que por el hecho concreto de que nos haya sucedido algo. Enigma. No gastas prosopopeya ni tampoco quisicosas de club esotérico. Interrogante. Que pones en una botella. Que lanzas a un océano de palabras atravesadas por tiempos pasados, presentes y futuros. Que tal vez alguien encuentre y, al hacerlo, automáticamente se convierta en el destinatario de toda tu existencia. No por tu voluntad, ni por azar, ni por necesidad o predestinación, simplemente porque estaba –por estar– precisamente ahí.

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Fecha de publicación: 2009-10-09 09:10:27, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1566 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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