Una semana más que me entregará progresivamente a la visualización real de una unión que dentro de muy poco practicaré del mismo modo, una joya hábilmente requisicionada a los habituales rituales de paso y consenso sociocultural. El proceso eclesiástico de aquiescencia es arduo y la venerable institución trata fructuosamente de ir a la raíz del asunto sin reparar en mientes. Porque a la intrascendencia de su milenaria mentira se une la trascendencia inveterada de una verdad que supera cualquier tipo de teorización que pueda proponerse al respecto. Y es justo entonces, embarcada mi mente en estos abstrusos pensamientos, cuando se me advienen mágicas imágenes de narraciones perdidas en la impenetrable memoria de los pueblos (¿milesias, escitas...?) y el sonido mágico, excepcional y absolutamente romántico de la Balada para piano nº1 de Frederic Chopin subyuga mis emociones hasta hacerlas temblar de pura excitación armónica. Compuesta en París en 1836, y dedicada a la frustrada pasión que supuso su amor por María Wodzinska a la vez que supuestamente alimentada gracias a un poema lírico de Adam Mickiewicz ("Conrad Wallenrod"), la melodía del genio es casi con total seguridad una de las más hermosas y bellas composiciones que se hayan fraguado jamás por espíritu musical alguno. Me balancea, me estremece, me eleva unos centímetros por el suelo y de pronto me percibo golpeando rítmicamente el parqué con una fuerza desconocida, telúrica, rodeado por un ejército de ménades y coribantes convulsos, frenéticos, histerizados, agitando con violencia mi imaginaria melena acompasada perfectamente a las guitarras poderosas y contundentes de Rage against the machine, y cuando me hallo agotado por el supremo esfuerzo, exhausto en realidad, me veo suavemente relajado por el maravilloso Concierto para Violín y Orquesta nº1 en D mayor del virtuoso Paganini. Con los ojos entreabiertos, sumido en un reparador duermevela, soy presa en ese mismo instante de una aparición hipnagógica que siento tan real como la propia mirada interna que trata de apresar sus impredecibles movimientos azarosos; se aproxima, su luz me inunda, levanto mi dedo, lo hago: PUSH IT:

Robert Rodríguez: The Faculty. El tal Robert0 Rodríguez firma una más de sus insufribles e infumables producciones al borde de la memez absoluta y la pesadumbre cinematográfica más atroz. En esta ocasión (que alguien le quite la cámara a este tío, por favor) el tal Roberto se dispone a ¿homenajear? un cierto tipo de género, llamémosle así, y concretamente una película, "La invasión de los ultracuerpos", con toda la enorme carga sociológica y política que la obra conlleva y, como era de suponer, el tipo se ve superado a las primeras de cambio (mantiene su marcha) y nos regala una pantomima absurda plagada de jóvenes "endrogaos" y unos alienígenas (el Terminator de mercurio de T2 es lo único destacable) peripatéticos, pero sin el peri-, que necesitan más H2O que Simancas en la asamblea de la Comunidad madrileña. Siguiendo la línea de esos dos himnos a la basura universal como son "Abierto hasta el amanecer" y "Desperado" (así me quedé yo cuando vi esos dos engendros), el tal Roberto ofrece un bodrio que, efectivamente, provoca un terror atroz a cualquier espectador medianamente cultivado. ¿Qué hace Elijah Wood en semejante breña? ¿Quién de una vez por todas prohibirá, sí, prohibirá que esta insufrible mercadotecnia colonice nuestras queridas pantallas? ¿Quién le dirá a este acólito y turiferario clon de Tarantino que se dedique a intercambiar cromos de la liga de las estrellas? Chapi, empieza tú. Una diversión zonza y gratuita. En fin, lamentable.

Francisco J. Lombardi: Bajo la piel. Esta producción peruana del año 1996, con un estupendo guión escrito por Augusto Cabada, es una excelente y recomendable muestra de buen cine independiente, con un trama curiosamente hitchcockiana hábilmente insertada en un despiadado análisis de un microsistema rural y opresivo, que además es perfectamente capaz de entretener con solvencia, ofreciendo un plus de inteligencia que dejará satisfecho tanto al espectador más exigente como al meramente pasivo. Muy bien interpretada por el auténtico baluarte de la cinta, un José Luís Ruiz excepcional (extraña mezcla entre un atormentado Kevin Bacon y un duro Scott Glenn), la historia se sirve del pretexto de una serie de asesinatos rituales para adentrarse en territorios donde la supuesta normalidad deja progresivamente paso a las diversas patologías de la vida cotidiana rayanas con la muerte, la traición, la hipocresía y el deseo. ¿Final feliz? Tan sarcástico, irónico y acertado que toda lectura es posible a propósito de su demente ambigüedad. Buena.

Phil Alden Robinson: Pánico Nuclear. Pues sí, amigos, nada nuevo bajo el sol, y menos aún si tenemos en cuenta a lo que nos enfrentamos mediante esta basura yankee cuyo máximo responsable es el director de "Sneakers", y que viene protagonizada por un héroe de cartón-piedra (el virginal Ben Affleck, qué malo es el jodío), que se hace acompañar para la desgraciada ocasión por un desperdiciado Morgan Freeman (hay que ver cómo se abona este hombre a papeles de corte fascistoide), provocando entre ambos un campanudo borborigmo resultado de una mezcla muy difícil de digerir: pepinazos nucleares, rusos arrepentidos, neonazis terroristas y moralinas execrables. El único remedio es regurgitar. Lamentable.

Louis Morneau: Bats. Aburrida, irrisoria y absolutamente prescindible cinta de (supuesto) terror destinada al consumo masivo y a la contribución a la bolsa mundial de palomitas en sala oscura. No le falta detalle al asunto: poli duro y fuerte (perdido para siempre Lou Diamond Phillips), chati para perder el "sentío" (Dina Meyer), negro graciosillo y científico perverso. Uno desea con todas sus fuerzas que los ciegos mamíferos se jalen pronto a toda esa lamentable tropa, pero a la postre ganan los buenos y los bichos son aniquilados sin opción a segunda parte. Dan ganas de producir unos cuantos murciélagos más para finiquitar los días de productor, director y guionista. Para no dormir.

Y ya os dejo una vez más, espero que con la esperanzas puestas en el descalabro total y absoluto del corrupto y lamentable Simancas en la Comunidad madrileña de los horrores, con la ilusión de que el nuevo poder popular deslegitime de una vez por todas un sistema de no-representación ciudadana habitado por las alimañas neoliberales, y totalmente felices y satisfechos por el merecido premio Nobel (¿también Noble?) obtenido por el gran J. M. Coetzee. Contemplo con la misma efervescencia anímica las extraordinarias sorpresas que pronto me habrá de deparar "La mancha humana" de Philip Roth, ahora ya en mi poder, y dejo un último resquicio temporal para escupir con saña sobre el bobo y gaznápiro rostro virtual alojado en el interior inexistente de esa caja estúpida constructora de la Gran Ficción. En contraste con las voces atipladas y engoladas que vomitan periodistas robotizados, seres anunciados desprovistos del más mínimo indicio de inteligencia sensible o políticos cuyas entrañas aparecen devoradas por los gusanos de la avaricia, aparece la Verdad transparente y luminosa de la Suya, que me tranquiliza, que me devuelve la confianza en una realidad no del todo condenada, que me acaricia los sentidos, que me retorna, una vez más, a la Vida.

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Melodías Vitales
Fecha de publicación: 2003-10-10 09:41:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1165 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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