Una semana más asaltado por nuevas inquietudes de carácter fundamentalmente cinéfilo. O habría que utilizar más bien el término de cinefagia (acuñado, eso creo, por el crítico Jesús Palacios) para referirse a un apetito voraz por la magia secuencial de la imagen-movimiento productora de sentido. Es muy curioso la interrelación continua e imparable que los propios contenidos imaginarios establecen entre sí al margen de la propia voluntad del espectador. El desplazamiento del significante no deja de provocar efectos alrededor del vacío, eso si no pensamos que es precisamente el giro eterno de su demanda lo que potencia la fundamentación de lugares y de tiempos en este caso fílmicos.
 
Para potenciar tales metonimias sigo el consejo de mi muy querido familiar y amigo Fabio Aguado, que como ya he dicho en otras ocasiones es un hombre sabio, honesto, generoso y extremadamente culto, vacío mi memoria acústica de sonidos prejuiciosos, consigo música japonesa centrada en los tres instrumentos básicos allí utilizados y comienzo una escucha muy estimulante. El disco pertenece al grupo Yamato Ensemble formado por instrumentistas expertos en Koto (instrumento de cuerda similar a una cítara; el básico es de 13 cuerdas), Shakuhachi (flauta japonesa) y Shamisen (instrumento de tres cuerdas que se toca con una uñeta llamada bachi).
 
Las sugerentes melodías me trasladan a otra dimensión que me esfuerzo por situar más allá de las restricciones puramente racionales y que poco a poco voy aproximando a mis adormecidos sentidos mediante una operación que me gustaría calificar de intuitiva. Algo de eso tiene que haber porque la enigmática música me hace atravesar como al lado de una penumbra, una línea gruesa desdibujada por una sombra incierta. ¿Una amenaza? No lo sé. Simplemente me dejo llevar para ir captando progresivamente un leve murmullo de silencio tras mis pasos que he dado sin andar. ¿Escucharé de verdad el sonido de una sola mano? Wu.
Localizado allí, en medio de un onírico abandono, las imágenes vienen hacia mis ojos cerrados como olas calladas que traen hasta mi preconsciente recuerdos fragmentados y algo incoherentes. En ese terreno resbaladizo soy (in)consciente de que los grandes asuntos del hombre se dan cita en una sucesión no lineal y en un espacio agujereado por la nada. En realidad ¿contra qué nos enfrentamos cuando nos proponemos tratar de reconfigurar nuestros códigos de interpretación sobre una realidad compleja e impenetrable? ¿De qué estamos hablando? ¿Acaso no hay que "morir" interiormente para poder renacer a otra realidad completamente diversa, alternativa? Un anclaje matricial para sustentar ciertas pseudofilosofías posmodernas de escaso sustento conceptual. Linotipia del aire.
Se apodera de mí esta recurrencia reflexiva y me obsesiona la idea del suicidio simbólico (retirada de la realidad simbólica) como un intento desesperado por romper con el Otro simbólico, con cualquier tipo de red sociosimbólica sostén de las identificaciones inconscientes. El gran pensador que es Slavoj Zizek acude a mi petición de ayuda y me proporciona las necesarias coordenadas de inteligibilidad para profundizar con ciertas garantías en tan espinosa cuestión.
 
Al renunciar y llegar al punto cero (véase mi antiguo comentario laudatorio sobre "El club de la lucha" de Palahniuk-Fincher) sobreviene la serenidad de haber renunciado a lo que de por sí era otro rechazo, puesto que en los lazos simbólicos ya estaba inherente la irremediable pérdida, esfumándose de este modo lo que ya era de por sí pérdida. El suicidio simbólico no es en absoluto el suicidio en la realidad, que continuaría atrapado en esa malla de significados socioculturales al no ser en el fondo más que una llamada desesperada al gran Otro. Si uno desea salir de los circuitos de intercambio simbólico no se quita la vida. Pero el suicidio simbólico no es una acción que se lleve a cabo de forma activa, es un acto que se atraviesa, se sufre, y se sale de él siendo completamente diferente a como se era. Implica por tanto una transgresión de los límites simbólicos de la comunidad a la que se pertenece. Supone entonces una irreductible negatividad que se opone a toda positividad conocida. Su impacto y grandeza depende del lugar en la estructura simbólica desde el que se lleva a término y se produce. Surgen más cuestiones. ¿Cómo es posible no dejar de asesinar la vida a través de la continua producción del orden simbólico? ¿Cómo no externalizar y proyectar una y otra vez nuestra inherente insuficiencia para el equilibrio hacia un enfrentamiento continuo contra una realidad construida desde nuestra propia frustración interior? ¿Y qué hay de una elección imposible, de la temeridad de arrostrar las identificaciones simbólicas ofrecidas por el Otro y optar por no renunciar al propio deseo aun a costa de pagar el infinito precio de la locura? ¿Acaso no debemos por lo menos imaginar como sería repetir nuestro remoto y olvidado gesto ético fundamental de entrada en el orden simbólico (la primigenia amalgama social) para subvertirlo definitivamente, atreviéndonos entonces a elegir lo imposible, el objeto parcial de nuestro deseo? ¿No sería esto un acto verdaderamente religioso, el abandonar para siempre nuestras ataduras morales y simbólicas?
 
Apago la música y salgo de mis ensoñaciones. Dejaré para más tarde la banda sonora de una buena película, impactante, demoledora en su desenlace y excelentemente dirigida por el talentoso Juan Carlos Fresnadillo (Intacto). La música de John Murphy trae lamentos de desolación y muerte, y ahora lo que necesito es mitigar mi perplejidad con rabia. ¿Algo de Def Con Dos? Estupendo.
 
Se trata de un grupo de combate cuyas punzantes y certeras letras funcionan a modo de envenenadas saetas contra un sistema socioeconómico, el nuestro - democracias (¿?) tardocapitalistas de corte neoliberal -, podrido desde su raíz estructural hasta las superestructuras ideológicas que obviamente lo justifican y racionalizan.
Siempre lúcidas, críticas y desafiantes, las composiciones de Def Con Dos utilizan dos armas básicas que bien combinadas, como ellos hacen, ofrecen como resultado un material ciertamente explosivo y especialmente indicado para despertar nuestras adocenadas conciencias:
-) Ironía y humor.
-) Señalamiento sobre los perversos mecanismos del Poder.
 
Desde ambas coordenadas pueden entonces articular un discurso contracultural apoyado en la toma de con(s)ciencia de clase de unos individuos que se resisten a ser absorbidos por las normas habituales de convivencia burguesa. Los fenómenos más extremos de esto que digo vendrían a ser el solipsismo inteligente del "yomismista", totalmente despreocupado de su posible intercambio material y/o simbólico con los otros, y por otro lado el activista anarco capaz de descerrajar un balazo en la frente de un obsceno millonario-candidato (en "Blanco humano") o de perpetrar una masacre sanguinaria dentro de un establecimiento de comida rápida ("De cacería"). En estos casos extremos el mensaje doctrinario e impulsor del acto aparece convenientemente desactivado por la necesaria dosis de humor neutralizante, lo cual le hace mantener su carga crítica y le permite acceder a los circuitos simbólicos de intercambio cultural sin aparecer como un atentado excesivamente despiadado o brutal contra ese mismo sistema que irónicamente posibilita su escucha.
 
La verdadera crítica entonces hay que buscarla en otro lugar dentro de la estructura "defcondosiana". ¿Cuál? Aquel que permite una localización de una reflexión crítica asentada más en análisis racionales que en impulsos emocionales activados por la impotencia y la rabia acumuladas. Apropiado escandallo que podemos informar con piezas tan redondas como "Que no te cojan" o "Insonorízate", constituyéndose ambas en excelente descripción de un universo desposeído de todo sentido trascendente y abocado hacia un hedonismo infantiloide dominado por el deseo de posesión sin límites.
La cuestión que podemos hacernos al respecto es si existe forma de reacción diferente a las anteriormente comentadas frente a un mundo enfangado en la violencia y la corrupción total generada desde los parámetros de una economía global cruel y de efectos devastadores para el planeta.
 
¿Ayuda humanitaria? ¿Lavados periódicos de conciencia? Tampoco hay que caer en esa trampa preparada por el mismo sistema provocador de las más horribles injusticias cotidianas.
Estoy cansado por hoy. ¿Reír y Gozar? ¿Disfrutar de una felicidad inmaculada y plena? ¿La verdadera paz anhelada y por fin lograda? ¿El intento de transformar una probabilidad de salvación en una certeza subjetiva de fe incuestionable en el progreso? Awakee.
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Limítate a transgredir
Fecha de publicación: 2007-09-29 04:09:08, por Adrián M. Buleo   (visto: 1668 veces)   (a 15 personas les ha parecido interesante)
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tarado
Vacuidad libre publicada el (04/02/2010 00:02:15)

Imperativo transgredir. La transgresión por la transgresión. El todo por el todo es un discurso vacío.

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