Una semana más al borde de asistir a una nueva unión matrimonial (de la mía os avisaré con tiempo suficiente para que podáis felicitarme) fundamentada en ese sentimiento enigmático, abismal, maravilloso, profundo y total denominado Amor, del cual soy presa entregada e inerme. Mi lenguaje se ocupa de desgranar una intimidad hasta ahora sellada en una oscuridad densa, satinada, cuyo lacre he levantado para que definitivamente dejase de ocluir el camino hacia el centro luminoso de mi propio ser. Contemplo a mi lado la resma de folios en blanco, cómplices de mi confesión, y sé que sólo gracias a Ella he logrado atravesar el agostado sendero de la derrota, para vislumbrar en el horizonte un cauce líquido cuyo elixir de vida es extraído por un azud de memoria y deseo, el adecuado nudo para fundar un auténtico proyecto de dos. Llegan a mí las poderosas notas del Parade de Prince and The Revolution, y continúo pensando en los muros quebrados de la conciencia, en los diques que se han reventado por el impulso de la libertad, en las coronas de espinas alabeadas que por fin han sido desterradas de la propia imaginación, y prosigue el sonido de Eric Clapton y sus maravillosas Chronicles, para ir a desembocar en las excelentes composiciones de ese singular y personalísimo artista que es Juan Perro (experimentador y pensador de la música) en sus recomendables Cantares de Vela. De pronto algo atraviesa a toda velocidad mi campo de visión, ha podido ser un insecto despistado, no lo creo, giro levemente la cabeza y el suceso ocurre de nuevo, y otra vez más, y otra, hasta convertirse en un curioso bígaro zigzagueante cuya onda oscilatoria muere justo en ese punto diana sobre el que mi dedo, ávido de su presa, ejecuta el movimiento suficiente y necesario: PUSH IT:

Emilio Martínez Lázaro: La voz de su amo. Fallida entrega del responsable de "El otro lado de la cama", quien aburre soberanamente al personal por falta de definición de género y contundencia dramática, entregando así un supuesto thriller oscuro ambientado en el infierno vasco asolado por la carnicería etarra. El realizador pasa de puntillas sobre los temas más escabrosos o éticamente comprometedores, quedándose finalmente en lo meramente anecdótico, con unos personajes planos cuya psicología se mantiene estancada durante toda la duración de la cinta. Nada puede hacer, por tanto, el gran Eduard Fernández para dar solidez a un personaje endeble y de excesivo esquematismo. Mala.

Edward Burns: Las aceras de Nueva York. El que por muchos es considerado en algunos aspectos buen remedo de Woody Allen, no tanto en su vertiente cómica cuanto en su especial talento para analizar con inteligente acidez los múltiples claroscuros de las relaciones de pareja, firma una voluntariosa obra de sello personal e intransferible, planteada como una rueda dialógica que enlaza a los diferentes personajes, masculinos y femeninos, enfrentándolos entre ellos y a sí mismos en una suerte de desorientación afectiva y búsqueda ciega de un ideal de amor (cada cual el suyo) siempre esquivo e inasible. El propio Burns, como ya hiciera en "Los hermanos McMullen" y "Ella es única" (BSO de Tom Petty), interpreta uno de los personajes, no el más interesante desde luego y esto habla muy en favor de sus tendencias "egófugas", que a medida que avance el film, y utilizando para ello una hábil mixtura entre entrevista y narración, irá progresivamente desvelando sus miedos, temores e inseguridades con relación al contexto relacional en que se ve envuelto, cosa que el resto de protagonistas harán con mayor o menor fortuna en función de su propia situación vital. Divertida y entretenida a partes iguales, no defraudará en absoluto a los seguidores de este singular y, por añadidura, atractivo cineasta. Muy Interesante.

John Strickland: Corazón Rebelde. Los conflictos bélicos iniciales en el avispero irlandés, con los acuerdos llevados a cabo por Michael Collins en un Dublín a punto de estallar, operan como telón de fondo a una insulsa historia telefílmica asperjada con los consabidos topicazos pseudodramáticos y patéticamente trágicos de que suelen adolecer estas producciones destinadas a la sobremesa más soporífera. Sólo el joven James D’Arcy se toma en serio la cuestión y, so pretexto de mostrar y demostrar cierto desgarro de tinte nacionalista, añade ciertos rasgos de auténtico sufrimiento al asunto. Nada comparable al que el filme es capaz de provocar en el doliente espectador. Muy mala.

Ricardo Franco: Pascual Duarte. Basada en la gran novela homónima del ya desaparecido Camilo José Cela, la película del también "ya expirado" Ricardo Franco es una gran obra que asusta, sí, digo bien, asusta tanto por la brutal sequedad de su perturbadora imaginería cuanto por la contundencia inmisericorde de una historia al límite de lo humanamente soportable, cuya principal metáfora de aniquilación vital queda perfectamente reflejada en la agostada conciencia de un ser bestial, animalidad pulsional creciente, progresiva en su biológica desestructuración, cuyos impulsos más desproporcionados se concretizan en conductas de una desmesurada barbarie. El silencio es un hueco irrespirable al que los personajes se asoman atraídos por la fetidez que emana de su oscuridad, allí se revuelcan en su propia instintividad maloliente, y corroboran una hedionda tragedia que no deja resquicio de esperanza o algún atisbo de posible redención en medio de una tierra devastada por la ignorancia y la violencia. Cruda, descarnada, brutal e insondablemente dolorosa es ésta magna creación de un cineasta que se fue dejándonos regalos tan preciados como "La buena estrella". Obra Maestra.

Walter Hill: La compañía Bravo. Interesado como siempre en un tipo de heroicidad un tanto afectada y artificial, el realizador de que nos ocupamos no convence en absoluto con una historia que en otras manos habría dado mucho más de sí. La idea de la que parte resulta metafóricamente muy atractiva: un grupo militar de combate enfrentado a un enemigo surgido de las propias entrañas de la América más profunda, de donde ellos precisamente provienen, hasta el punto de hacerse inconfundibles e ir desdibujando poco a poco cualquier línea divisoria moral que pudiera haber existido o servido de anterior referencia para distinguir entre Bien y Mal. Pero Hill, filmando alguna que otra secuencia de conseguida violencia, no profundiza en tan sugerente planteamiento y se pierde en un relato previsible e insulso, tímidamente transgresor en muy contadas ocasiones. En cuanto a los actores, sólo Keith Carradine ofrece algún destello de aceptable calidad. Absolutamente Prescindible.

John Ford: El doctor Arrowsmith. Filme poco conocido de uno de los referentes claros de Clint Eastwood y autor de una obra maestra incomparable como es y seguirá siendo "Centauros del desierto", no logra sin embargo las cimas esperadas y se queda sólo en un amable intento de biografiar -si es que tal cosa fuera posible-, mejor dicho, hagiografiar los cauces vitales de un hombre, Arrowsmith, entregado en cuerpo, mente y alma (¿son lo mismo?) al que considera objetivo digno de toda entrega y motivación personal: la búsqueda científica de la verdad materializada en un gran descubrimiento que: a) le haga famoso y b) mediante su aplicación a la salud eterna de la humanidad. La ciencia no sale muy bien parada de todo este embrollo en el que las inconsistencias narrativas y los saltos abruptos e irrisorios de guión son a duras penas atenuados por el talento indiscutible de Ford. Ronald Colman hace lo que puede frente a una esposa sumisa y patética que acabará devorada por la ambición del aguerrido científico. Lo más destacable es ver que efectivamente John Ford también usó grúa. Olvidable.

Ya os dejo una vez más, con la visita proyectada a la Feria del Libro donde trataré de conseguir a toda cosa El visitante de Eric-Emmanuel Schmitt (Freud dialoga con Dios), sin perder de vista las recientes entradas en mi sacra biblioteca de aficionado, es decir, la Doctrina de la Ciencia de J.G. Fichte, que tendrán que esperar como mínimo a un turno demorado de meses, lo cual me llena de indignación al tratar de ponerme en su lugar, el del libro, pues si yo fuera él cuan enorme sería mi deseo de ser leído por la persona que me desea, de igual modo que el amante desea ser amado por el ser al que ha entregado su ardiente y gozoso corazón excitado, y entonces percibo la vida del propio libro, su constante parloteo, su inquieta propensión a desvelar sus secretos más recónditos, el continuo traslape de sus verdaderas intenciones subversivas, la necesidad imperiosa de ser transformado en materia vivencial y psíquica. Y entonces lo acaricio, como si de un fetiche se tratara, y él, el libro, abre su secreto y me deja comprender el sentido que encierra, la materia de que están construidas nuestras propias e insignificantes vidas, para ofrecerme un mensaje de esperanza y trascendencia en la propia forma de su concepción, en la propia articulación de su discurso, pues allí reside algo de esa verdad que habitualmente somos incapaces de ver. Es letra, es Vida, es Ficción, es Real.

P.D.: El segundo aniversario del Rincón está cerca...

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Letra de vida
Fecha de publicación: 2003-06-02 16:30:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1075 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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