Semana de Epifanía enigmática entrando de lleno en celebraciones que más habrían de parecernos míticas que laicas, pero pensar hoy en un anclaje metafísico del valor es como soñar con una izquierda política realmente comprometida. Hállome embriagado de amor y me percibo realizando un sorprendente viaje a borde de un falucho extraído de la memoria de los grandes tiempos, y con Ella vuelo hacia "Los Gigantes", y me extravío en la dulzura de su mirada mientras nos extasiamos cruzando el umbral de la basílica dedicada a la "Virgen de la Candelaria", de cuyo centro gravitatorio nos desprendemos para pasar fugazmente, sin apearnos en realidad, por una "Santa Cruz" excesivamente atestada de política comercial y efectuar a continuación un recorrido cultureta fervoroso a lo largo y ancho de conventos e iglesias ubicados en "La Laguna", población instruida y apacible que nos acoge con los brazos abiertos y una lluvia tan refrescante como persistente. En el horizonte, siempre llenando todo el espacio de la vista, todo el imaginario de la mente, el "padre Teide", imperturbable en apariencia, convulso en su magmático interior, imponente en su solemnidad telúrica que atesora secretos inimaginables para nosotros, efímeros mortales, apabullados frente a un espectáculo mayestático. Nuestra fantasía se dispara hacia una mítica y sumergida Atlántida, explicación de una supuesta similitud entre los cambios tafonómicos detectados a partir de embalsamamientos mayas y restos hallados en las islas, los desgajamientos africanos responsables tal vez de la germinal presencia beréber, los enigmáticos petroglifos guanches, las erupciones nacidas de un roce tectónico de colosales y monstruosas consecuencias... todo se mezcla en un deleite corroborado en el desgraciadamente escaso Museo Arqueológico de "Puerto de La Cruz" y nos lanza hacia la contemplación de la vida apresada y cautiva de "Loro Parque" y "El parque de las águilas", éste último un extraño oasis mantenido en medio de un microclima propenso a la escasez desértica. La ausente presencia de César Manrique no deja de imponer, incesante, su legado y nosotros, arropados por la emoción pura que nos envuelve, recreando la heroica resistencia de los "me" frente a la demolición operada por la realeza católica, sellamos con un beso apasionado un periplo que nos acaba de conducir hacia intuiciones hasta ahora ocultas a nuestro entendimiento. Los últimos rayos del crepúsculo encienden las escarpadas cornisas del Teide, que decide afrontar las bajas temperaturas nocturnas arrollándose en su falda una espesa bufanda de nubes. Nuevas islas se alzan hacia el horizonte y de desvanecen en la bruma del atardecer, dotando al conjunto de una atmósfera onírica. Contemplamos la estrella polar, Venus, Marte, la eclíptica que marca el rumbo del misterio. Una estrella, un destello palpitante, alzo mi mano y presiono. PUSH IT HIGH:

Nicole Garcia: El adversario. Inspirada en un fatídico hecho real, podría decirse que con este filme cerraríamos una interesantísima trilogía configurada en torno al enigma de un hombre que construye todo su universo socioemocional sobre pilotes de barro, quiero decir, inventando una existencia paralela con efectos reales sobre sus familiares y amigos más directos, y que vendría integrada por "El empleo del tiempo", "La vida de nadie" y la propia cinta que ahora nos ocupa. Daniel Auteuil encarna para la ocasión un personaje oscuro, sombrío, abismal, profundamente patológico y extranjero a lo humano al tiempo que angustiosamente próximo a los acantilados de sombras constitutivos del perfil más ríspido del alma humana. El personaje magistralmente interpretado por Auteuil ancla su mal en una incapacidad insalvable de manejar emociones humanas dentro de códigos simbólicos interiorizados por sus semejantes, reconocibles para él en su faceta más externa pero poseedores de una vacío de significado que él no logra superar desde su inicial derrumbe en el ámbito universitario. A partir de ese extrañamiento de sí mismo se dedica a fabricar una alteridad con los elementos que él mismo hubiera podido integrar sin excesivas dificultades en su propio carácter, de no ser precisamente por esa "ajenidad" que percibe en ellos, como si no tuvieran en realidad nada que ver con su propia y frágil identidad. El hombre deambula, ama de una forma compulsiva e infantil, recurre a la mentira patológica para justificar actos implicatorios y demorar responsabilidades contraídas, experimenta accesos de angustia incontrolable; se percibe en realidad cadáver, muerto. Ha surgido un demonio que le posee, una máscara excretada por su misma esencia y que es y no es él al mismo tiempo, ha nacido un otro como una piel de espinas que hace sangrar, vaciándolo, su fluido vital más recóndito, casi extinguido, ya casi indistinguible del veneno ponzoñoso que surca sus venas, sus afectos. Una especie de extraña algolagnia moral se apodera de su comportamiento hasta convertirlo en un fantasma irreconocible para sí mismo, desposeído de cualquier tipo de coordenada orientativa. Pocos finales pueden ser más desesperados, aterradores, reales y oscuros que el ofrecido por un filme espléndido que funciona también a las mil maravillas como metáfora de la disolución de la identidad humana dentro de un universo gélido marcado por la enajenación afectiva, el intercambio material sin objetivo y la presión contextual favorecedora de un estilo de vida basado en el prestigio especular y la ostentación social de lo visible. Muy Buena.

Resuenan en mi memoria los maravillosos acordes utilizados ese día inolvidable: Mozart, Bach, Hevia, Vicente Amigo, Piazzola... y de nuevo la emoción me invade cuando repienso el sincero cariño que nos arropó durante toda la memorable jornada. En un mundo como el que nos ha tocado sufrir, en un universo desposeído de metafísica, en una Europa decadente que se revuelca en su propio hedor narcisista, en un territorio globalizado presa del intercambio brutal de mercancía humana, en una Navidad cuyo pistoletazo de salida y señal de llegada son signos marcados por la pauta comercial de los macrocentros de venta masiva, digo, la lectura de Plataforma de Michel Houellebecq provoca la náusea definitiva, el asco por una sociedad "pura y simplemente, indigna de vivir" y opone a su lúcido pesimismo la aceptación de los hechos más la comprobación de que, a pesar de todo, los sentimientos surgidos del contacto real y profundo entre los seres humanos existen, son reales, son también hechos fácticos y perfectamente verificables, y otorgan un hálito de esperanza al derrotado género humano. Mi testimonio da fe de ello, lo he vivido, lo hemos experimentado durante el que probablemente haya sido el día más feliz de nuestras vidas. El lado más luminoso y puro de la condición humana se nos hizo visible in situ, sin velos, sin ambages, de un modo concreto y táctil. Invoquemos la resistencia. Invoquemos, pues, el Amor metamórfico que sí existe.

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Fecha de publicación: 2003-12-22 17:41:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1174 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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