Una semana más azotado por inquietudes metafísicas que poco a poco resultan soslayadas por una tranquilidad perceptiva que apuesta por una valoración fundamentada en la comicidad, la complicidad y el Destino. Retornan sobre mí los movimientos interactivos de ida y vuelta presentes en las enigmáticas Figuras pictóricas del gran Francis Bacon, de la estructura de color duro y liso hasta la imagen, de ella hasta el armazón mediante el contorno y los puntos de fuga en conexión con los redondeles y paralelepípedos, y contemplo la abyección desde otro punto de vista, entiendo su esfuerzo por librarse de la pintura figurativa, de la narratividad puesta por nosotros en conjuntos de imágenes arbitrarios, le admiro. Tal vez haya que plantearse la escritura así, como un juego absurdo, un ateísmo lingüístico, un desligamiento progresivo de cualquier significado fijador. Y mientras así pienso, Ella acaricia mi mano y un dulce estremecimiento recorre todo mi cuerpo, lo que provoca que pulse el "play" del Sony con lector de MP3 (absolutamente recomendable para oídos selectos; el sonido es impecable) y comiencen a expandirse por el salón los acordes perfectos y embrujados de los coros místicos de Penderecki, lo que mi imaginación interpreta como un vibrante y oscuro "Stábat" que a continuación deja paso al clásico "muro" de Pink Floyd, para concluir finalmente con una selección de fusión encabezada por el trabajado sonido progresivo de Urbanator. Mi fantasía se ha visto imprevisiblemente lanzada hacia las formas adivinadas en los preparativos que Rubens realizó para los tapices sobre Aquiles y rozo mi talón aceptando la vulnerabilidad constitutiva de todo lo humano, cuya grandeza precisamente reside en la aceptación entusiasta y desesperanzada, optimista y cruda, de un final contra el que hemos de resistir a pesar de su inexorable presencia. Ahora soy yo quien roza su mano, fijando la mirada en un punto que danza al ritmo de un resplandor azaroso. Tratamos de capturarlo. PUSH IT TOGETHER:

Antonio del Real: El río que nos lleva. Hermosa historia destinada a resaltar valores ya extintos en nuestras sociedades patológicas y neoliberales como solidaridad, tolerancia, respeto por el medio ambiente, empatía, diálogo, etc. Los valores cinematográficos de la cinta, es justo reconocerlo así, no son ni mucho menos excesivos, más bien pecan de simplismo o ineficacia en determinados lances donde habría sido deseable un pulso más firme en el planteamiento y resolución de los conflictos en que algunos de los personajes más interesantes del relato se ven directamente involucrados. En plena posguerra incivil asistimos a los últimos estertores de una profesión, la de ganchero, abocada a la desaparición en las brumas del tiempo y del olvido. Son hombres duros, aguerridos, desencantados, que huyen de una realidad asfixiante y de sí mismos guiados por la corriente de "un río que los lleva" a ninguna parte, hacia su propia aniquilación colectiva, lo que nos hace rememorar también esa obra maestra llamada "El viaje a ninguna parte" del enorme Fernando Fernán Gómez que, salvando las distancias, también hace su aparición en la historia encarnado un memorable sacerdote asediado por conflictos morales y metafísicos digno del mejor Miguel de Unamuno. Lástima que ese gran personaje, capaz de conmover con una homilía pletórica de sentido trágico y existencialista –"me sería más fácil creer en un Dios inmortal pero mucho más difícil depositar en Él mi esperanza"–, sea aparcado muy pronto por el realizador y sus efectos no se dejen percibir con demasiada claridad sobre los comportamientos y reflexiones de un acertado Alfredo Landa. Digna, pues, y recomendable la adaptación efectuada sobre la novela homónima del gran José Luis Sampedro.

El hombre deviene animal y se funde con la estructura que lo congela, que lo determina, que lo circunda, hasta convertirse en un fragmento más de ese contorno ya indistinguible de él mismo. Una carcajada satírica, un juego de ida y vuelta. Nada adquiere la completitud como ya demostrase Kurt Gödel, y en esa indefinición axiomática es imposible emitir un juicio definitivo sobre "algo". A mi mente viene el ejemplo de "La Palinodia" fabulada por la Pardo Bazán imaginando a un ciego Estesícoro despertando a la luz por la gracia y el perdón vanidoso de Helena. Otra asociación y aparecen los primates de Jane Goodall... El hombre abocado a la permanencia única de su sonrisa mientras se evapora en medio de las sombras. Un juego maravilloso e (i)lógico. Acaricio de nuevo su mano, me invade una vez más el sosiego...

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Fecha de publicación: 2004-06-08 17:07:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1453 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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