Una semana más embriagado por vivencias que se relacionan directamente con el mundo del celuloide, entendido éste en su acepción más eximia y productiva. Porque parece evidente que nuestra extraviada sociedad actual no deja de proponer nuevos enchufes a los que conectarse para sencillamente dejar de pensar, huir de la realidad, mirar hacia otro lado o dejarse arrastrar por corrientes de opinión más o menos mayoritarias pero siempre dictadas desde los nodos reticulares del (P/p)oder. Pero existen hombres y mujeres en este mundo que sí son capaces de tomar posición y decisión frente a los determinismos más horrendos que destrozan esperanzas y vidas días tras día, sin pausa, sin remisión. Un nombre: James Natchwey, posiblemente el más reconocido fotógrafo de guerra del pasado siglo XX; una película: "WAR PHOTOGRAPHER" de Christian Frei, donde se acompaña al profesional y al hombre en sus trabajos realizados en zonas especialmente calientes del planeta. La música de Arvo Pärt, Eleni Karaindrou (habitual en las obras maestras del realizador griego Theo Angelopoulos) y David Darling enmarca el descenso a los infiernos que representa seguir los pasos de un fotógrafo situado al borde mismo del abismo. La experiencia os resultará aterradora y sublime al mismo tiempo.
Natchwey es una persona muy especial, ensimismado, habla poco y trabaja mucho y bien, tiende a concentrarse en su producción de una forma un tanto obsesiva, autista, y cuesta llegar a él sino es a través de un contacto personal muy prolongado en el tiempo. Opiniones de colaboradores, jefes, periodistas y cámaras dan testimonio aproximado de una especificidad caracteriológica tan singular. Para nada se trata de una persona escéptica, cínica o excesivamente pesimista y ese es precisamente el misterio que la cinta nos va desvelando con una maestría incomparable, dándonos tiempo para acostumbrarnos al personaje y obligándonos tanto a verle en plena acción como opinar sobre los laberintos éticos de su quehacer cotidiano. Yo destacaría fundamentalmente los siguientes puntos con objeto de proponeros un visionado urgente de la película y una posterior reflexión sobre los importantes contenidos de la misma:
-) El problema de la canalización de las emociones a través del uso de la fotografía, o lo que es lo mismo, la fotografía como método de elaboración y educación sentimental. El propio Natchwey lo asume al reconocer abiertamente haber llegado a una mejor y más profunda comprensión de su mundo emocional mediante la utilización deliberada del encuadre. La fotografía canalizaría de alguna manera todo el impacto emocional recibido en unas situaciones prácticamente insoportables debido al sufrimiento sobrehumano que conllevan, y lo haría al ser capaz de plasmar en una instantánea todo ese horror circundante que de otra manera permanecería, digámoslo así, pernicioso y latente en su inconsciente.
-) El verdadero significado existencial de su trabajo pasa necesariamente por una específica resistencia contra el Mal. Natchwey ha interiorizado, experimenta y por ello mismo es capaz de exteriorizar un especial optimismo que es al mismo tiempo una reacción visceral contra la barbarie que contempla y una defensa personal contra la amenaza constante del cinismo escéptico.
-) Relacionado con lo anterior se hallaría el tema transcendental del sufrimiento del otro y cómo compaginar ese hecho radical con un cierto sentido moral implícito en su trabajo. La respuesta parece ser la compasión, la medida de un respeto al sufrimiento del prójimo, que acepta ser fotografiado precisamente por sentirse respetado, que a su vez depende de que el propio fotógrafo se acepte a sí mismo y sea aceptado por los demás. Esa aceptación de sí mismo vale como decir que esté de acuerdo con un código ético propio que no le haga sentir culpable por lo que hace. De ese modo puede reconocer la aceptación de un "otro significativo" dentro y fuera del mundo occidental.
Pero el verdadero hallazgo es el siguiente: puedo fotografiar su sufrimiento si tengo compasión y respeto por sus circunstancias, ellos lo saben, y sólo me dejarán hacerlo si intuyen mi respeto. De esa manera yo también puedo respetar mi trabajo y, en consecuencia, a mí mismo.
-) Natchwey se involucra en lo que está pasando porque su fotografía no quiere servir simplemente como mero espectáculo de consumo. Desea estar dentro de la misma tragedia, fotografiar el epicentro del infierno. El cámara que ha colaborado con el fotógrafo lo expresa con sumo acierto cuando describe el brutal asesinato de un hombre en Yakarta (filmado en mayo/junio de 1999), tras los duros enfrentamientos que tuvieron lugar entre los estudiantes y el ejército durante las grandes revueltas surgidas como consecuencia de la dimisión de Suharto.
Todo ello y mucho más convierten a esta excepcional cinta documental en una obra directa, poderosa, profunda y necesaria, con la capacidad añadida de ir provocando en el espectador una reflexión aguda y progresiva pero de un modo natural, nada forzado, sin mensajes doctrinales y no cayendo en la movilización de las emociones como único instrumento para lograr la identificación con determinadas posiciones críticas. Todo fluye de una forma lógica siguiendo la ilógica de la violencia desalmada y ciega practicada por muchos contra muchos. ¿Culpables? Precisamente la obra de Frei huye de cualquier esquematismo fácil de atribución de responsabilidades y se interna con valentía y aplomo en el terreno mucho menos seguro de las cuestiones y las incertidumbres, sin ofrecer jamás aseveraciones definitivas y sí iluminaciones lúcidas nacidas de un espíritu sensible que vive, anda, come, camina y habla entre la miseria, la tortura, la desesperación pero también la dignidad, la lucha por la supervivencia y la esperanza, más allá de cualquier prueba objetiva de unos seres que constituyen, entre otras cosas, los márgenes más vergonzosos de un mundo dominado por el ejercicio arbitrario del poder y el uso fraudulento del dinero.
Después de todo lo dicho es como si la figura del fotógrafo de guerra se agigantara de tal manera que pusiera en cuestión algunos de los presupuestos más duros de la filosofía heideggeriana contenida en "Ser y Tiempo", más en concreto aquellos directamente relacionados con el descenso a una soledad radical, última, nacida de la angustia existencial que niega cualquier posibilidad de relación con una conciencia otra. En la autenticidad existencial heideggeriana no tendría sentido apertura alguna hacia un otro ajeno al sí mismo. ¡Pero Natchwey ha accedido precisamente a ese nivel de conciencia y no ha sucumbido de ninguna forma a ese nihilismo radical que anula la intencionalidad de la conciencia dirigiéndose hacia la alteridad! Él se dirige desde esa angustia inclasificable, física y adivinamos que metafísica, hacia una alteridad que le interpela desde un sufrimiento tan duro e inconmensurable como la propia consciencia de la Angustia. El fotógrafo se apropia de su soledad intransferible pero utilizándola como dispositivo de aproximación hacia otras soledades y angustias más radicales si cabe que la suya. Es un movimiento cuya energía es obtenida de la angustia y que es reorientado hacia la construcción de una macla capaz de reflejar simétricamente el atroz sufrimiento partido por el eje de la conciencia lúcida.
¿Alcanzar la felicidad en estas condiciones? Una imposibilidad que me lleva a enlazar con algunas frases extraídas de la novela de Pamuk a que me refería en la anterior entrega cultureta (Nieve) y que mueven a una reflexión constante. En una magnífica conversación entre el protagonista y uno de los personajes principales uno de los dos dice <<hacer lo correcto no siempre nos hace felices>>, a lo que el interlocutor responde que <<lo correcto es lo que nos hace felices>>. He aquí una brillante muestra de una alternativa basada en la supeditación medios-fines y en un concepto equívoco de "Felicidad": bien el logro de la auténtica felicidad depende de una rectitud moral que puede entrar en directo conflicto con otro tipo de felicidad entendida en un sentido mucho más laxo y banal, bien la consideración de lo que sea moralmente correcto o incorrecto depende del resultado obtenido mediante esas conductas y, por lo tanto, el concepto de felicidad sería totalmente subjetivo (lo apropiado, lo aceptable es precisamente aquello que me aleja de lo que yo considero que me hace infeliz). Una disquisición eterna. Lo que parece claro es que Natchwey parece haber logrado algo así como "la paz espiritual de los que han decidido que nunca serán felices", por inconformismo radical (de raíz), ya que "los que se conforman sólo con ser felices nunca lo son", y sin embargo no cayendo jamás en las trampas de los cambios utópicos, puesto que "soñar en heroicidades es el consuelo de los infelices". Sólo existiría algo semejante a lo que experimenta uno de los protagonistas de la más que interesante "Banderas de nuestros padres" del maestro Eastwood, un modo duro a la vez que compasivo de estar-en-el-mundo.
Así que el fotógrafo de guerra parecería empeñado en superar un dolor brutal, desgarrador, aplastante, consiguiendo esa meta a base de una peculiar identificación con un proyecto vital oscilante entre la individualidad más absoluta, marcada por una soledad libremente asumida, y una rebeldía tendente a la agitación de las conciencias mediante un testimonio gráfico directo no considerado como obra artística sino como reflejo mimético de una realidad brutal, desolada, condenada de antemano pero que es capaz de afrontar su destino trágico con valor y dignidad contra la invisible y continua asonada de los poderosos del mundo.
Plano final realmente profundo y conmovedor, palabras pronunciadas por Natchwey desde lo más hondo de su conciencia de hombre comprometido con una realidad que le supera, un ejemplo magnífico de la serenidad convertida en sabiduría práctica, de sinceridad que se niega a cohonestar cualquier violencia ejercida por los hombres armados (véase el extraordinario filme de John Sayles) del mundo.

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Instantáneas desde el infierno.
Fecha de publicación: 2007-01-24 07:01:09, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1233 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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