En el horizonte ya puedo vislumbrar una radiante luz reparadora que extraerá de mi alma esos reflejos que, de algún modo, siempre han estado esperando su clarividente oportunidad. Y cuando la totalidad de la existencia se siente embarcada en la aventura de la felicidad, es tiempo de gozar con el magnífico jazz (homenaje a Miles Davis y Coltrane) ejecutado por Hancock, Brecker y Hargrove en su gran Directions in Music, para continuar disfrutando con los tres míticos conciertos grabados en el 72 por los legendarios Deep Purple (Osaka 15 y 16 de agosto; Tokyo el 17), en un triple CD para coleccionistas de posiblemente el más grande concierto de rock que uno pueda fantasear. Ni siquiera las excelencias de un filme que en su momento comentaré y desde este mismo instante os recomiendo con fervor, The good girl de Miguel Arteta, con una sorprendente Jennifer Aniston, puede distraer mi exaltada euforia en directa relación con los sucesos que se avecinan, estando como me hallo entregado a un poderoso y sublime sentimiento compartido. Para continuar con las oportunas conmemoraciones dedicadas al Rincón, una sabrosa crítica sobre una de esas películas poderosas y míticas capaces de configurar por ellas mismas todo un universo emocional y creativo. Del gran Stephen Frears, ladies and gentlemen, "Las amistades peligrosas", casi na. Bon Apetit:

 

 

LA RETICULAR INCANDESCENCIA DEL DESEO en "Las Amistades Peligrosas" de Stephen Frears.

"Por medio de los hombres se aprende cómo es el mundo; a través de las mujeres, qué es."

CEES NOOTEBOOM

Tengo el enorme placer de comentar una película muy meritoria en sí misma, de excelente calidad, pero cuyo mayor logro, portentoso diría yo, es haber sabido adaptar a las estructuras narrativas visuales la enorme complejidad conceptual, dialógica y de personajes encerrada en la novela que le sirve de sustento. Me refiero a la magnífica película de Stephen Frears basada en el clásico de la literatura de Choderlos de Laclos: LAS AMISTADES PELIGROSAS.

Pierre Ambroise-François Choderlos de Laclos nació en Amiens en 1741 y murió en Tarento en 1803. Artillero, de frustrada carrera militar, vivió en la Francia del Siglo de las Luces y la Revolución, llegando a convertirse en secretario particular del duque de Orleans y conociendo a fondo el estilo de vida decadente, morboso, superficial y corrompido de la sociedad aristocrática de su tiempo. La novela, una obra maestra de las letras universales, está redactada en el estilo indirecto de la carta, ofreciendo un jugoso "collage" epistolar que poco a poco, a medida que se van desarrollando los acontecimientos, crece en intensidad dramática y compone una de las intrigas más interesantes de la literatura de todos los tiempos. Pues bien, Stephen Frears, acompañado por actores en estado de gracia, con un magistral guión adaptado de Cristopher Hampton, es capaz de captar la esencia de la obra original e incluso, en algunos momentos, introducir ciertas variaciones que permiten una lectura alternativa de la acción, siendo algunas de ellas puntos de condensación de significado, es decir, imágenes que atrapan y no agotan el sentido supuestamente original sugerido por la expresión escrita a la que representan, relanzando la incuestionable e imperecedera actualidad de la obra y posibilitando así nuevos y enriquecedores análisis. Adaptar no es traducir literalmente, más bien consiste en adueñarse del espíritu de la creación original y reelaborarlo, enriquecerlo, complejizarlo, jamás desvirtuarlo o eliminarlo. Frears, sabio y sensible realizador, sale airoso y triunfante de tan difícil cometido.

Pero, ¿de qué se trata en realidad en "Las amistades peligrosas"? ¿Es tan sólo una denuncia corrosiva de los vicios pedantes, perversiones morales y conductas licenciosas presentes en los refinados ambientes sociales de una época curiosamente marcada por el tributo a la Razón? Logra ese propósito, sin duda, pero además de cumplir perfectamente con esa específica pretensión moralizante, la cinta constituye una lúcida, inteligente, sutil y siempre irónica reflexión sobre los profundos abismos que se abren en "lo real" cuando entra en escena el peligroso juego del Deseo.

El principio universal que de Laclos supo destilar desde la atenta observación de las relaciones sociales, contextualizadas en una época visiblemente marcada por las corrientes éticas nacidas del materialismo ateo y el pensamiento rousseauista, es asombrosamente simple y, no obstante, muy complicado de explicitar: cuando hablamos de deseo de un individuo, no se trata en realidad de una fuerza particular, vinculada exclusivamente a esa individualidad concreta, sino más bien de una tupida "red de deseos", o lo que es lo mismo, la sociedad es una red de deseos deseándose mutuamente como deseos. El deseo se reconoce, existe y se potencia siempre a partir del "deseo de otro"; se desea a un tercero en la medida en que es deseado por otra persona, precisamente para poder de alguna manera descubrir qué sea eso que de forma tan constitutiva, en algunas ocasiones con aviesas intenciones, en otras con incitante e inopinado desdoro, nos empuja hacia los abisales misterios de la felicidad y el dolor. Esa corriente electrizante, extática y retorcida, circula, retroalimentándose en imparables iteraciones, en circuitos triangulares que intensifican el goce con cada desplazamiento: el vizconde de Valmont-la marquesa de Merteuil-madame de Tourvel; la marquesa de Merteuil-Cecilia de Volanges-el caballero Danceny; el vizconde de Valmont-el caballero Danceny-Cecilia de Volanges, el vizconde de Valmont-Cecilia de Volanges-la marquesa de Merteuil... todos ellos recorridos incesantes, triángulos libidinales saturados de fantasmas, objetos imaginarios con que identificarse, que aplacan momentáneamente los ímpetus, sólo para reactivarlos con más profusión debido a la satisfacción necesariamente parcial que procuran. Un juego perverso e interminable, una morbosa voluptuosidad alentada, continuamente inflamada, por la promesa del "Goce Absoluto", siempre pospuesto, a merced de la conquista definitiva ejemplificada en el tesoro-carta reclamado con insistencia por la marquesa al vizconde, apetecida en espirales crecientes de traición que culminan en la aniquilación de madame de Tourvel a manos del despiadado Valmont (no puede evitarlo, nadie puede), finalmente adivinada con la proximidad extática de la inmovilidad absoluta, la muerte, la cesación de la circulación del deseo, la desocultación y posesión del Verbo, las cartas investidas de placer, enviadas, reenviadas, robadas, interceptadas, el pábulo significante de la eterna insatisfacción.

Stephen Frears pone en marcha toda esa compleja maquinaria invisible con un pulso narrativo de alta tensión, con diabólica e inteligente ironía, con una amplia gama de matices que capturan con exquisita sutileza todos los casi imperceptibles movimientos que polarizan dulces y tortuosas emociones, con giros maestros que reflejan intensidades de placer focalizadas en gestos totalizadores y declaraciones ocultas, con sensibilidad y profunda comprensión de la impetuosa alquimia de unos cuerpos atormentados por/en su infructuoso deleite. La diferencia esencial de los sexos: unos seres disfrutan con la felicidad que conquistan, otros con la que son capaces de regalar. Unos absorben el disfrute, otros lo procuran. Todos ganan y pierden al mismo tiempo, todos desnudan su alma. La marquesa de Merteuil, mujer implacable construida a sí misma por medio del aprendizaje de la teatralidad y el engaño, sufre una última y sublime transformación en una de las escenas finales más estremecedoras y terriblemente bellas de la historia del cine. La iluminación cambia mientras ella se despoja del maquillaje social que cubre su rostro, una máscara horrible comienza a dibujarse, no, no es una nueva faz, son los trazos de un espíritu sombrío que nació para derrotar al sexo fuerte y que ahora se encarna subrepticiamente en un semblante desleído, de facciones difuminadas, de rasgos pálidos y obtusos, que se desdobla prodigiosamente en una duplicidad simbólica: el demoníaco punto sin retorno al que puede conducir la corrupción moral engendrada por un escenario social enamorado de su propia frivolidad (¿nos reconocemos?), la horripilante enajenación del espíritu cuando se agota en el infructuoso intento de dominar el mundo a través de la exacerbada, sensual ilusión, creencia en el control del propio y desbocado apetito.

Tal vez la culminación de la novela de De Laclos sea todavía menos explícita al respecto, ofreciendo quizás una pluralidad hermenéutica aun más acentuada al ofrecer, en el fondo, un triunfo de la seductora e inteligente lucidez, encarnada en la pareja de libertinos Valmont-Merteuil, sobre las exaltadas pasiones de sus indefensas víctimas. A pesar de su muerte o destierro, ninguno de ellos, vizconde o marquesa, dan signo alguno de arrepentimiento, hecho que sí sucede con Valmont en el desenlace del guión adaptado. En cualquier caso, las ecuaciones rousseauistas "naturaleza = virtud / civilización = depravación" son claramente subvertidas en ambas obras, novela y película, y también ambos finales muestran la hipócrita condena que una sociedad corrompida y frívola ejerce de forma implacable sobre aquellas conductas que ella misma alienta con velada determinación. De este modo la acendrada virtud, demasiado delicuescente para hacer mella en un mundo impaciente por saborear los placeres de la seducción y el poder, sería tan sólo una dulce quimera de imposible arraigo en el comportamiento moral, un paraíso natural de tierna inocencia que jamás existió.

Calificación: Obra Maestra (*)

(*) Galardonada con múltiples premios, resalto de nuevo la gran labor del guionista Cristopher Hampton, quien con habilidad extrema supo adaptar una novela epistolar de gran dificultad conceptual y estilística. Los actores, sencillamente extraordinarios. ¿Cómo no admirar la perversa fortaleza Glenn Close?, ¿cómo no maravillarse ante la virtuosa fragilidad de la Pfeiffer?, ¿cómo no elogiar el sarcástico y tenebroso trabajo de Malkovich? Todo es superlativo en esta prodigiosa producción. Una trágica diversión en las enigmáticas carnestolendas de la identidad. Imprescindible para sensibilidades refinadas.

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Incandescente aniversario
Fecha de publicación: 2003-07-14 18:53:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1255 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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