La nueva temporada de nuestro venerado Rincón se complace en daros la bienvenida a lo que desde este momento y hasta varias semanas supondrá un recorrido alucinado y alucinógeno por algunos de los territorios más emblemáticos dentro de la constitución de nuestra particular mirada occidental. Sí, lo habéis adivinado: el arte, la vida, el arte de la vida y la vida del arte. Partiremos para ello desde la base que nos ha dado durante este verano un breve pero intensísimo recorrido por y a través de las ciudades europeas de Roma y Florencia, plataforma inmejorable para lanzar tomándola como punto de apoyo reflexiones acerca de todo lo que vaya surgiendo en relación con este indescriptible periplo. Porque todo viaje que merezca la pena lo es porque supone no un final sino un comienzo de algo nuevo al haberse constituido en un camino hacia el fondo desconocido de uno mismo. Sendero de autodescubrimiento, de perplejidad, de emoción y pensamiento, de amor hacia una historia desconocida y que poco a poco comienza a florecer ante nuestros ojos desplegando una memoria que ya comienza a afectarnos. Florencia, la ciudad del Arno, una inmersión en la cuna majestuosa del Renacimiento. Allí nace el fenómeno del mecenazgo que cambiará radicalmente la forma de entender y enfrentarse a la producción artística. Y allí respiramos el misterio de unas calles y unos edificios que vieron nacer y morir a la saga de los Medici. Hoy apuntaremos hacia esos orígenes casi míticos que podemos fijar en la trastienda de un comercio de lanas. Allí vio la luz la dinastía de banqueros y mecenas más ilustre del viejo continente.

El negocio lo dirigía Giovanni de Medici, Giovanni di Averardo di Bicci (1360-1428), el padre de Cosimo de Medici, más conocido como Cosme el Viejo (1389-1464). Hábil e inteligente, Giovanni prosperaría gracias a sus dotes de venta y a la importancia concedida a lo que hoy llamaríamos fidelización de sus numerosos clientes.

Giovanni también corrió el evidente riesgo de financiar a Baltasar Cossa (1371-1419), antiguo pirata y aspirante a ocupar un lugar destacado dentro de la curia Vaticana. En 1410 el pirata sería nombrado Papa con el nombre de Juan XXIII, el sucesor de Alejandro V, el Antipapa católico vamos. ¿Y de quién se acordará el pontífice cuando piense en un banco para gestionar sus cuentas? Los Medici, desde luego, serán los elegidos y pasarán directamente a ser nombrados "los banqueros de Dios".

A partir de entonces sólo les cabrá enfrentar un reto aun mayor que les otorgaría la gloria definitiva: encontrar una solución para el cierre real y simbólico de una comunidad en torno a una catedral desnuda sin el cierre gigantesco de su imposible Cúpula. El genio del incomparable Filippo Brunelleschi (1377-1446) se encargaría de obrar la milagrosa proeza.

El prudente, modesto y emprendedor Giovanni murió en 1420. Fue enterrado en la también reconstruida por Brunelleschi iglesia de San Lorenzo. Al contemplar la capilla realizada por el maestro, al comprobar la perfección pura y sencilla otorgada por su genial mente a una construcción que transpira mistral clásico en todas y cada una de sus formas no podemos dejar de admirar cada vez más la aventura casi imposible de un hombre que supo desafiar todos los convencionalismos conocidos hasta su tiempo. Gobernaban entonces en Florencia miembros de la familia Albizi. Y asimismo Cosme, el heredero de Giovanni, buscaba con ahínco los conocimientos perdidos del Mundo Antiguo. Ese entusiasmo por el pasado no es desde luego carente de peligros pues en sí mismo ya conlleva el germen de una nueva forma de existencia. Así las cosas, Cosme es juzgado y expulsado de la ciudad, Brunelleschi es encarcelado y las obras de la cúpula se paralizan. Sólo un año más tarde estaría de vuelta de su forzoso exilio veneciano, necesitado y aclamado por la ciudad.

Fue entonces cuando el próspero negocio de la banca divina se disparó hacia un éxito casi celestial. Cosme utiliza el mecenazgo como estupenda estrategia de control político, lo que sin duda hace que surja un mercado artístico sin precedentes hasta aquel decisivo momento histórico. Siempre fue plenamente consciente del valor ideológico, propagandístico y de control social que las enormes sumas de dinero que destinaba al mecenazgo artístico poseían: el ya citado Brunelleschi, Michelozzo, Donatello, Paolo Uccello, etc. Al término de la gran Cúpula los pilares de la nueva Roma a orillas del Arno ya estaban puestos. Es un hombre sumamente hábil y prudente, que siempre supo respetar la conciencia democrática de la República florentina. Así llegó a convertirse en el gran patriarca de la cultura de la ciudad del Arno, el padre de la patria, el pater patriae, el fundador de una renovada Academia platónica (Marsilio Ficino era el encargado de realizar la traducción de los textos platónicos por encargo del propio Cosme) siguiendo el ejemplo del modelo clásico. En sus memorias ya anticipaba una futura expulsión de su familia transcurridos unos 50 años debido a que conocía bien el carácter de sus conciudadanos y las vueltas imprevisibles de la rueda del poder. Sólo erró su cálculo en 20 años: en 1494 su bisnieto Piero, llamado "el Desafortunado", era expulsado de Florencia junto con toda su familia…

El sucesor de Cosme el Viejo fue su hijo Piero (1416-1469) apodado "el Gotoso" por esta dolorosa enfermedad física que padecía. Casado con Lucrezia Tornabuoni, Piero tuvo cinco hijos: Lorenzo "el Magnífico", Giuliano, Maria, Bianca y Nannina. Son cinco años de gobierno donde la hegemonía de los Medici se vio seriamente amenazada. De ahí que se buscasen alianzas matrimoniales con familias poderosas y militarizadas fuera de Florencia.

Lorenzo (1449-1492), casado por conveniencia política con Clarice Orsini (hija de un aristócrata romano y sobrina de un cardenal, fallecida el 29 de julio de 1487 a los 34 años), toma el control de la ciudad con tan sólo 20 años de edad. Su padre murió a las pocas semanas de haberse celebrado la estratégica boda. El 26 de abril de 1478 sobrevivió a un atentado perpetrado por la familia rival de los Pazzi en el que perdió la vida su joven hermano Giuliano (1453-1478). El genio de Sandro Botticelli pudo florecer y desarrollar todo su potencial en este contexto de caótica y fructífera efervescencia cultural y artística. ¿No fue este grandísimo pintor quien trató de divinizar la figura de los Medici al situarse justo en el centro de la escena dedicada al nacimiento de Jesús? Vemos el cuadro en los Uffizi: "La Adoración de los Magos": la dinastía de los Medici en su punto más alto de popularidad y cultivación del gusto en plena "Edad de oro". En el extremo derecho de lienzo está el propio autorretrato del artista, incluido en el círculo íntimo de la familia y dirigiéndonos una perturbadora mirada. El poder fáctico, real, con efectos visibles y notables entre todos los ciudadanos es enorme y va más allá de cualquier ley escrita o título adjudicado. Su influencia llega a ser para todos los habitantes de la Toscana sencillamente abrumadora. Desafortunadamente, y no por falta de ganas ni fuerzas sino de tiempo, no pudimos llegar a contemplar los frescos que hacia el año 1460 pintó Benozzo Gozzoli en la "Capilla de los Magos" del Palacio Medicis-Ricccardi posiblemente en memoria del concilio ecuménico que Cosme el Viejo (ya hablaremos de ello en otro momento) trasladó de Ferrara a Florencia en el año 1439. ¿Cómo definir a Lorenzo? Culto, ostentoso, astuto, inteligente, previsor, sensible, conflictivo, estadista, intuitivo, ocasional poeta, amante de la vida y de la libertad, arriesgado, vengativo, atormentado, cruel. ¿Quién podría saberlo con absoluta certeza? Sin duda un hombre excepcional. Sus últimas y tremendas desavenencias con el inflexible Girolamo Savonarola (qué gran sensación nos produjo contemplar sus celdas en el convento de San Marcos) están por llegar. El dominico centró todas sus exigencias morales en torno a la figura que para él simbolizaba la decadencia sensible de lo humano, Lorenzo, el fundador de la primera Escuela de Bellas Artes de la Historia, donde Miguel Ángel romperá un diente al sátiro que acaba de realizar para complacer al mecenas. Buonarroti sólo tenía 13 años...

Mucho más habrá para los fieles seguidores amantes del nuevo renacimiento cultureta.

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HUELLAS DEL RENACIMIENTO
Fecha de publicación: 2005-09-07 01:02:28, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 2487 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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