Una semana más atrapado por toda una serie de reflexiones que me conducen, a veces totalmente a ciegas, hacia territorios no por más asiduamente explorados menos sorpresivos. El mundo de los deseos, de lo imaginario como satisfacción utópica pero supuestamente alcanzable, confrontado de forma directa con el universo de la realidad, de las barreras, de los obstáculos subsumidos bajo el epígrafe de eso que damos en denominar, precisamente, “principio de realidad”. Todo el esfuerzo de un sistema educativo por lograr una asimilación de los valores imperantes y una sumisión al orden vigente podría resumirse en ese necesario empeño base de cualquier tipo de socialización compleja: el aprendizaje de la demora de la satisfacción propia, la postergación de la necesidad (de su requerimiento o de su cumplimiento), la alianza con la imaginación a la hora de presuponer un placer futuro más completo y extático que el inmediatamente derelicto. Más que cualquier otra oposición conceptual o ideológica, es ésta ofrecida entre placer y realidad la que vertebra todos y cada uno de nuestros actos si efectivamente entendemos como tal aquellos que son fruto de una interacción valorativa (a partir de pensamiento, lenguaje, y a[c/p]titud) entre el sujeto cognoscente y el entorno significado como contexto. Pero, ¿qué sucede cuando los deseos individuales, las fantasías más desbordantes y desbordadas de un grupo humano toman concreción aparente sobre una realidad sobredimensionada, alentados todos ellos por un perverso sistema de intercambio comercial-emocional-simbólico a cambio de suculentos beneficios económicos y oligárquicos? El grupo así constituido podría en efecto ejercer de forma un tanto sibilina una acción debeladora sobre cualquier atisbo de conducta disconforme con ese régimen de nepotismo minoritario y pasividad radicalmente acomodaticia. ¿A qué fenómeno de la actualidad parece estar conduciéndome esto…?
El Real Madrid como entidad mítica ejemplifica a la perfección en su desastrosa situación actual la actualización de lo ominoso dentro de una dinámica de grupo extremadamente perversa. Si bien el Rincón ha ido analizando durantes los últimos años de continuo descalabro merengue su caída ha parecido no tener fin, lo cierto es que todo deslizamiento hacia el fondo del abismo parece tener un punto de conclusión y éste ha llegado, al menos así podemos conjeturarlo, en forma de dimisión de la más alta instancia del club. El Padre omnipresente, todopoderoso, artífice de la generación de riquezas infinitas desde la nada, demiurgo creador de un sueño utópico elevado a la categoría estelar de lo puramente mítico, ha muerto, sufriendo una parálisis en su poder, un colapso en su energía creativa escenificado como un piadoso martirio sacrificial, un suicido trágico cuya apariencia teatralizada no puede ocultar de ninguna manera el terrible suceso que se esconde tras esa apariencia de inmolación autoprovocada: el asesinato cruel del Padre a manos de los vástagos que él mismo ha generado a lo largo de varios años. En el mito fundacional del psicoanálisis, relatado magistralmente por Freud en “Tótem y Tabú”, nos muestra una situación en que una horda primitiva asesina al Jefe de la tribu, el Padre, quien tenía hasta ese instante todos los privilegios referidos a poder y sexo. Pero las consecuencias son impredecibles. Porque curiosamente ese padre aniquilado por sus hijos cobra nueva fuerza, convirtiéndose en tótem de la comunidad, a través de la culpabilidad generada y constituyéndose en fuente de prohibiciones para el grupo en relación, precisamente al homicidio (tabú del asesinato) y la sexualidad (principio estructurador de prohibición del Incesto). ¿Nos suena? ¿Puede extrapolarse algo de este suceso mítico, primordial, a una situación tan aparentemente frívola como la del club galáctico? Los elementos de la combinatoria parecen existir y el acontecimiento traumático parece haberse producido de hecho. Las declaraciones del Padre defenestrado señalan indirectamente como culpables a los hijos predilectos. El odio inconsciente, la furia de un vestuario-horda ávido de una posición simbólica inalcanzable a pesar de su estratosférica pecunia, puede haberse alimentado durante un largo periodo de tiempo. La inmediata objeción que alguien podría plantearse tendría que ver más posiblemente con la carne: ¿acaso los jugadores de la tribu blanca no tienen a su alcance todas las féminas más deseables del universo? Sí y no. Las tienen en función de un flujo económico y simbólico que les viene otorgado desde una estructura sustentada en una perversión abominable de lo deportivo, consistente en una fijación de esos parámetros siempre en función de su rentabilidad productiva y dentro de un juego atravesado por la tiranía del mercado y la imagen. Es decir, el Padre-negociador-especulador es el proveedor real de toda una megaficción estelar particularizada en recortados nimbos sobre las divinizadas cabezas de unos héroes tan frágiles como su propio espíritu de lucha. Y tras el asesinato indirecto de la figura todopoderosa, proveedor de la marca de felicidad estándar y protector de la especulación garante del desequilibrio universal, tras su precipitada desaparición como consecuencia de una oscura conspiración de la sombra, la Culpa, el remordimiento, la constitución de un nuevo ritual de reparación, la liturgia de la redención y, por fin, la elevación hacia el Olimpo de los crucificados del Nombre que desde ahora será más adorado y temido que en propia vida ejecutiva. ¿Cuántos sacrificios harán falta para aplacar al ángel vengador que descargará su ira sobre la propia conciencia de unos niños grandes asustados de su terrible y brutal acto? ¿Quién levantará la condena interior que linchará sus almas hinchadas de ego y enfermas de vanidad?
Los deseos confundidos con la realidad convierten nuestras más desconocidas imágenes interiores en oscuras proyecciones sobre una realidad fantaseada, irreal. Mi pensamiento, cuya inercia asociativa le lleva hacia la conclusión más o menos lógica de esta entrega, asaltado en último momento por una súbita furia incontrolable (pura Sturm und Drang), conecta con un estupendo e inteligentísimo análisis, que a propósito de la ópera Così fan tutte, y sin caer en la trampa de convertirlo en mero ditirambo en loor del maestro salzburgués, Carlos Castilla del Pino realiza sobre la imposibilidad de lograr una felicidad realmente plena mientras el principio del placer sea el que reine sobre la conducta psicológica y las decisiones más importantes de los hombres. Completamente de acuerdo. Es preciso aceptar la limitación de nuestro poder, desidentificar nuestra influencia real del impetuoso Deseo que nos anima, para lograr de esta manera un equilibrio auténticamente influyente sobre la realidad objeto de nuestros anhelos y pasiones.
Por todo ello y por más cabe preguntarse lo siguiente: ¿acaso las estrellas del firmamento no caen también fulminadas bajo el resplandeciente fulgor que nos deslumbra y que parecía inagotable? Su visión, ¿no es siempre la contemplación de un pasado brillante y para siempre perdido? ¿No es por ventura la estrella fugaz ese nombre equivocado, resultado de nuestra ilusión y nostalgia, que solemos dar al resto más perecedero de aquello que no permanecerá para siempre colgado en el firmamento de los sueños?

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Fugacidad
Fecha de publicación: 2006-03-10 07:03:59, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1084 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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