Una semana más inundado por el esplendente e imaginario sonido de un gamelán hecho de cristal, que emite un leve quejido transparente, bajo cuya superficie ondulatoria puede adivinarse la materia de lo enigmático. Una identificación acuciosa con que comenzar a componer el mosaico de teselas fabricadas con la misma esencia de los sueños. Un viaje tan imaginario como real al fondo de la felicidad extrema. Allí donde también se dan cita la Fantasía para piano en do mayor, opus 17, de Robert Schumann, editada en 1839 y que el gran compositor dedicó a Franz Listz, y la Fantasía Wanderer para piado de Franz Schubert, publicada en 1823 y que alude a la canción "Der Wanderer" escrita por el mismo Schubert en 1816. Ambas son capaces de invocar en mi corazón un ambiente romántico en el que proyectar sin límites el vuelo inabarcable de mi imaginación: miro hacia abajo, los sonidos fuertes y enérgicos de la turbulencia de Dream Theater ascienden en espirales de inusitada potencia, viro hacia la derecha, luego hacia la izquierda, los 6 grados de turbulencia interna se han disuelto dejando entrever una monumental arcada, que en realidad es fingida y no se opone a que atraviese su material vaporoso para lanzarme finalmente hacia el encuentro de un espacio intemporal donde la quietud y la serenidad forman parte del propio oxígeno que allí se respira. Me lleno de aire mientras escucho al fondo las imprecaciones que el maestro arroja sobre el hijo de la luna a punto de certificar la apertura del séptimo sello. La contundencia apocalíptica de Iron Maiden toma repentinamente el lugar de lo que hacía un instante era lugar de meditación y convoca una agitación que a los pocos instantes abandono surcando un nuevo océano de cielo. Allí me espera Ella, tomo su mano, me dejo arrastrar hasta los confines de un universo desconocido y hallo por fin el absoluto éxtasis integral. Cierro los ojos de par en par y Su Mirada esplendente se encuentra directamente con la mía. En ese lugar de perfecta comunicación un punto luminoso baila con vertiginosa gracilidad incitando mi reacción consecuente. Sé lo que desea. Fijo el objetivo y con un movimiento rápido presiono su claridad móvil. Lo hago, sin titubeos: PUSH IT:

Steven Soderbergh: Solaris. La extraordinaria novela del escritor polaco Stanislaw Lem, una verdadera obra maestra, es un libro denso, complejo, inquietante, que ofrece más interrogantes que soluciones, y que se adentra con acierto en las grandes cuestiones sobre la existencia humana sumergida en el cosmos: ¿Quiénes somos en realidad? ¿Qué buscamos en verdad con nuestro conocimiento científico, qué podemos a la postre explicar o comprender desde nuestra limitada concepción del universo? ¿Cómo abordar y enfrentarse a los enigmas que nos desbordan, que nos superan, que nos hablan de nuestros propios límites intelectuales y emocionales? ¿Existe Dios? Y si es así, ¿de qué clase de divinidad estamos hablando? El reto (ya lo supo Andrei Tarkovski en su día) de llevar a la pantalla grande semejante propuesta es endiabladamente atrayente y difícil al mismo tiempo, sólo es posible abordarlo con una alta dosis de talento e inteligencia, cosas que no le faltan a Soderbergh, pero que tampoco le sobran, como ya ha quedado patente a través de filmes tan buenos como "Traffic" o estimables como "Out of Sight" (de nuevo con Clooney), y tan mediocres como "Erin Brockovich". No obstante, es una lectura particular la que el realizador ofrece de "Solaris", optando por centrarse en el análisis de las relaciones humanas desde sentimientos como el amor, el miedo, la culpa y la posibilidad de hallar un sentido de trascendencia en la redención interior más allá de cualquier esperanza, más allá de la propia extinción vital. El planeta Solaris pasa entonces a un segundo plano, anudándose con las configuraciones inconscientes elaboradas a través del sueño, y cobra protagonismo el resultado de su enigmática intervención (¿una inteligencia superior, un organismo metaconsciente, una materialización de un dios imperfecto, perverso, experimentador y, hasta cierto punto, infantil?) en forma de seres que se aferran a los recuerdos de los vivos (¿seres vivos o en el fondo otro tipo de marionetas que se perciben reales?) para no morir definitivamente. La hermeneusis final es decepcionante al denotar un cierto aire derelicto en el buque reflexivo del filme, dejando entrever una interpretación metafísica de marcado carácter convencional, error en el que Lem afortunadamente no cayó cuando firmó un desenlace tan abierto como profundo, es decir, genial. Soderbergh sin embargo opta por efectuar el crudo milagro intuido por el lector en la esperanza desesperanzada del Kris personaje de la novela, y se equivoca al dotarlo de un componente ético ciertamente redentor, no presente en la conclusión de Lem, traicionando de alguna manera sus interesantes reflexiones últimas acerca de un dios ligado indisolublemente a la evolución de la materia, imperfecto, perverso, utilizando para ello elementos de Solaris sobre los que Soderbergh no puede apoyarse pues los ha obviado voluntariamente (¿dónde están las simetríadas, las asimetríadas, los mimoides?). A pesar de sus rémoras, la película ofrece momentos de alto nivel dramático y, por ende, permite el lucimiento de un transformado George Clooney en el mejor trabajo actoral que ha realizado hasta el momento, dotando a su difícil personaje de una insondable tristeza que le conducirá al borde mismo de la locura. Con claras referencias a 2001 de Kubrick, nos deja la duda sobre la obra maestra que con este material hubiera realizado el desaparecido director sin por ello dejar de facturar Soderbergh una obra estimable y digna. Habrá más aproximaciones diferentes a "Solaris" a lo largo de la historia; la obra es de por sí inagotable. La que hemos comentado simplemente se deja ver con mucha curiosidad, que no es poco. Realmente Interesante.

Ken Loach: La canción de Carla. A veces suceden cosas muy extrañas, tan sorprendentes como ver una película de Loach que no cumpla las expectativas levantadas, y es precisamente lo ocurrido en esta desgraciada ocasión. La aproximación que el gran cineasta británico efectúa sobre la craquelada realidad nicaragüense es sencillamente de risa. Sólo la primera parte en que se establece el conocimiento entre un forzado y poco natural Robert Carlyle y una Carla (plana y sin fuerza Olyanka Cabezas) mantiene algo de la fuerza con que habitualmente Loach sabe dotar a sus historias. Pero la segunda parte del filme, ubicada en pleno conflicto guerrillero, es maniquea, excesivamente simplificadora y, quién lo diría, falta de auténtica veracidad, algo que al cine de este importante creador suele sobrarle. Todo huele a artificio forzado y lo que pretende conmover lo hace no por méritos de la película sino por saberse real fuera de ella, y gracias a eso podemos olvidar las escenas lacrimógenas que en ciertos momentos logran un resultado ciertamente paradójico, atenuando el supuesto efecto dramático que persiguen. Loach sale de ambiente y la aventura le cuesta cara. Véase para corroborar esas maravillas llamadas "The Navigators" y "Felices dieciséis". Mala.

Alberto Lecchi: El dedo en la llaga. Si esta película pretende lograr a base de humor inteligente y ácida crítica velada un retrato de las miserias despóticas argentinas, al tiempo que extender su propuesta de liberación desde una supuesta bondad moral juvenil, entonces yo soy Napoleón y ustedes mi demente tropa. Menudo fiasco el que propone este insufrible ejemplar pseudomoralizante (o moralizante en el peor y más grotesco sentido del término), donde podemos contemplar una de las secuencias finales más sonrojantes y desastrosas que uno haya podido imaginar jamás, con un desdibujado y patético Karra Elejalde haciendo de forzado intérprete de teleserie basura. Ni hace reír, ni conmueve, ni alecciona, ni realmente critica. Es una farsa falsamente progresista y, en el fondo, temerosamente conservadora y acrítica con la cruda realidad. Un optimismo tonto y prefabricado. Sólo Darío Grandinetti ofrece momentos de actor. Muy mala.

Graham Baker: Beowulf. La leyenda contenida en el poema sajón (el manuscrito que se conserva data aprox. del año 1000 d.C.) es vapuleada, ninguneada, y destrozada por esta basura comercial sin aliciente alguno, mal dirigida y peor interpretada por un elenco de actores capitaneado por el inefable e infumable Christopher "frente prepotente" Lambert, inmortal de pacotilla, Tarzán aceptable y todoterreno insufrible que no ceja en su empeño de parecerse cada vez más a los ilustres integrantes de la estirpe mamporrera cuyo ínclito cicerone es nada menos que el gran -es un decir- Steven Seagal. Los diálogos pretendidamente profundos precisan de la reclusión inmediata del guionista en una prisión de alta seguridad, y los rostros hieráticos de gesto artificioso y forzado serían una excusa estupenda para montar una divertida feria de titíes quejumbrosos. Así las cosas, qué decir al respecto: lamentable.

Y ya me voy una semana más, intuyendo las satisfacciones que me proporcionará la lectura postergada de los Discursos de Lisias más las siempre interesantes reflexiones vertidas por Mircea Eliade en su particular visión contenida en Mito y Realidad. Miro de nuevo hacia mi interior y ya no existe asomo de duda sobre lo que he llegado a considerar el auténtico sentido de mi existencia. Nuestras vidas y nuestros recuerdos "se perderán en el tiempo como gotas de agua en la lluvia", pero la voluntad de persistencia de un solo gesto de amor total, de liberación definitiva, de dignidad extrema o de compasión sufriente gestará la certeza de su perdurabilidad en la mente y en el corazón de quien lo haya llevado a cabo, aceptando un futurible imposible, una hipotética eternidad aun sabiendo de su imposibilidad lógica. Pero eso da igual. Importa sólo lo que sucedería de hecho si... Porque en mi fantasía, en la proyección de miles de mis futuras o pasadas existencias en millones de universos paralelos o sucesivos, en cualquier tiempo real o imaginario, en cualquier espacio o nada, eterna y necesariamente te hallaría a siempre a Ti.

P.D.: Se nos ha ido uno de los grandes cineastas y delatores de la historia del séptimo vicio o de cómo el arte puede redimir el más sucio y rastrero de los comportamientos. Adiós Elia Kazan, te veremos en el Infierno. Y enhorabuena, dentro de la polémica clausura del 51º Festival de San Sebastián, para el cine oriental con los importantes premios para Kim Ki-Duk (del público) y sobre todo Bong Joon-Ho (director, nuevos realizadores e internacional de la crítica) con su prometedora "Memories of murder". Bravo también por el grandísimo Luis Tosar, un actor realmente magistral.

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Fecha de publicación: 2003-09-30 00:10:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1170 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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