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Fecha de publicación: 24/04/2009 10:04:34

EscribiéndoTE (III)


 La cólera desgasta. Si no tuviésemos cuidado, pronto nos matarían los patanes.

[Jules Renard]

 

Te sientes acorralado. Las miserias humanas que te envuelven hacen cada día más irrespirable el aire que entra y sale y entra y sale de tus pulmones llenos de asfixia. A tu alrededor surge de tu pasado una figura autoritaria y enigmática que te señala con el dedo índice apuntando sobre tu cabeza y a punto de apretar el gatillo de la reprensión. De ese pozo hediondo salen aullando las hienas de la injusticia. ¿Justicia? No existe tal sin una teorización adecuada acerca de la venganza. Notas como la furia se concentra en tus mejillas y que tus dedos se agarrotan manifestando la crispación que se apodera poco a poco de tu mente. Le miras fijamente mientras imaginas lo bien que te sentirías si en ese mismo instante aplastases su cabeza contra la mesa. Cierras los ojos y comienzas a sudar, conteniendo la respiración, tratando de mantener la calma y disminuyendo la visión catártica en la medida de lo posible. Los sonidos potentes provenientes de Nine Inch Nails ("1.000.000") y Steven Wilson (la obra maestra total que es el tema "Harmony Korine") martillean tus oídos recordándote que no has de olvidar la verdadera razón de que sigas ahí. Tus pensamientos son ahora cortantes como cuchillos y te gustaría lanzarlos contra esa cara de asno que rebuzna delante de ti. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos construido una civilización donde la mediocridad burocratizada domina el universo y detenta el poder de decidir sobre nuestras vidas? Un leve gesto involuntario te hace percibir que estás perdiendo el control. Has dejado de oír sus palabras y su rostro se está oscureciendo tanto como tu negra rabia. Comienzas a incorporarte con la mirada extraviada y fija en algún punto distante de la máscara grotesca que continúa gesticulando delante de ti. Tus dedos se han recluido para formar un muñón tensado por los nervios a flor de piel. De pronto sueltas el látigo de tu odio y tu puño impacta directamente sobre su nariz. Cuando quiere darse cuenta de lo que está sucediendo ya tiene la punta de tu zapato dentro de su boca. Ahora vas a proseguir con la demolición de sus pómulos y notas en cambio que algo te paraliza, que no puedes continuar con tu salvífica tarea de reparación. Varias manos contienen tu impulso y te sientes incapacitado para concluir con éxito la loable misión que hacía tan sólo unos pocos segundos parecía perfectamente realizable. Luchas por desasirte de las cadenas humanas que te inmovilizan y en un último intento desesperado logras propinar un blando puntapié al Ogro cobarde que huye despavorido y sangrando abundantemente por todos los orificios de su fea cara. Mientras que te doblegan y te hacen besar la lona suena con más fuerza todavía el sonido que ha servido de banda sonora para tu absurda cruzada. Los improperios no cesan de salir de tus entrañas y ruges como un león finalmente cazado. Toda esa jauría trata de mantener la situación bajo control, de instaurar de nuevo el orden previo para que no les salpique toda la suciedad que acaban de contemplar y que pueden ver desparramada por el desolado suelo de sus almas. Por un momento lo ves claro, todos se han identificado contigo y ellos se han sentido satisfechos a través de tu conducta violenta y descarriada. Llega el primer golpe. Luego el segundo, el tercero, el cuarto... La música es atronadora y los puñetazos se alternan con las patadas en un festín de golpes. Sus alaridos espantarían al mismo demonio. Tu cuerpo magullado y maltrecho se aovilla en un precario reflejo defensivo tratando de amortiguar la brutal descarga que se le viene encima. La paliza es brutal. Sientes que algo te ha crujido por dentro y esbozas una mueca que debe de resultarles irónica, burlona incluso, porque la saña con que se emplean aumenta de intensidad. De repente todo se detiene y el tiempo se congela zumbando sobre tus oídos, como un nimbo helado chorreando sangre. Ahora sólo puedes replegarte más y más hacia adentro, tratando de que el dolor no nuble más tus sentidos, porque estás a punto de perder el conocimiento mientras El Jefe de todo eso y sus cipayos continúan empleándose a fondo con tu cuerpo barritando como bestias enfurecidas. Esos energúmenos no van a parar hasta triturarte porque son máquinas programadas para destruir al prójimo, cuyos procesos de razonamiento obedecen inexorablemente a patrones previstos y predeterminados de conducta. De tu interior descreído brota un miedo oscuro y recóndito, alimentado de los rescoldos de antiguas afrentas, y eres consciente de que no puedes transformar metafóricamente lo que está sucediendo haciendo simple literatura, y tampoco te es dado abstraer tus pensamientos de la paliza real que te están propinando en el vano intento de proponer un descabalado opúsculo acerca de la intrascendencia dialéctica de la zurra. La realidad no va a cambiar porque tú lo desees. Sabes que entre los apegados dogmáticamente a una doctrina y aquellos eternos flexibles de enteca y venal adaptación no hay ni mucho menos tanta diferencia: todos acaban aceptando de buen grado la opinión ajena como verdad inmutable. Pero detestas observarte como un hombre resignado a su fin. Tú escupes a la cara de esa verdad. Sabes que también has de batallar contigo y rendir cuentas a ti mismo. Vuelves a tomar consciencia de tu dolorido cuerpo y percibes no sin cierta sorpresa que los golpes han cesado por completo. Tu boca está reseca como un desierto, la sientes pastosa como si hubieran succionado toda la humedad del cuerpo. Oyes voces como ecos distorsionados y eres incapaz de entender el significado de esos sonidos confusos que no transportan ningún consuelo. Te sientes abatido y tratas de incorporarte apoyándote sobre tus manos pero las fuerzas te han abandonado por completo y no puedes, así que desistes de tu empeño y decides esperar subido en el adarve de tu mente, tratando de construir una nueva empalizada con los várganos que han logrado sobrevivir al naufragio. Subes los doloridos párpados y eres capaz de notar la pálida luz de su odio palpitando como un temblor reflejado en tus ojos; una mirada gélida y desprovista de compasión reverberando sobre una transparencia inerte. Pero tu desprecio es aun más intenso, puede casi palparse, y tienes todavía las fuerzas suficientes para escupir sangre encima de algún sucio zapato que pasaba por allí. Ahora se te impone una imagen proveniente directamente de tu niñez. El tiempo parecía haberla borrado casi por completo de tu memoria pero este violento suceso la ha rescatado de su prolongado y oscuro letargo. Te ves a ti mismo abriendo aquel cuento de Andersen titulado "El soldadito de plomo", y a continuación su rostro triste y demacrado, cayendo al asfalto, colándose por una alcantarilla, sobreviviendo a la voracidad de un pez gigante y finalmente descubriendo que la bailarina... ¿qué sucedió exactamente con la bailarina? Lo visualizas cojo y decrépito, portando un casco empenachado, con su fuliginoso sable pendiendo de un funéreo correaje encima de un dolmán ennegrecido, sin lustre, anunciador del triste destino que siempre aguarda. Una pena infinita invade tu alma mientras la realidad se desvanece como un sueño del que comienzas penosamente a despertar. Lo recuerdas como un alfeñique demacrado y macilento, navegando a la deriva por aguas estigias a bordo de un barco de papel que se reblandece aún más con las lágrimas que derrama sobre la cubierta blanca. Esa tristeza profunda no presenta ninguna cualidad soteriológica, él está condenado y tú también. Su final habita en tu memoria tan incierto como el tuyo. Tus filosos comentarios no llegan a ninguna parte, no resaltan sobre un fondo gris que te succiona hacia una mímesis completa acorde con la tonalidad del entorno, y eres consciente de que tampoco es posible una entente con esos pertinaces siervos de la gleba. Con ellos el agon siempre desembocará en una disputa sangrienta. Ahora asistes perplejo a la sedición de tus propias imágenes y sientes que has perdido completamente el control sobre todo lo que está ocurriendo. No te equivocas. Maltrecho, exhausto, corcovado, peripatético, tratas inútilmente de zafarte de las manos que te sujetan cuando has alcanzado por fin el acmé de tu propia desesperación. Estás enfermo de ti, tú eres tu propio virus y los demás sólo estaban recordándote ese axioma, practicando una dura reconvención a lo inusual. Con un último y doloroso esfuerzo logras levantar la vista y sostienes la mirada al Ogro enfurecido. Sonríes. Sabes que se convertiría en una puta rata con tal de demostrar lo que de verdad detenta, su poder. Pero no necesita hacerlo. Ya es una puta rata disfrazada de Ogro. Y en el juego de comer ratas tú no participas porque tu inepcia no lo permite, porque tus trolas resultan patéticas, mientes sin convicción. Hace poco has leído que no es tan importante estar de cuerpo presente para conocer las cosas como para que ellas sí acaben conociéndote a ti, auscultando tu alma hasta en sus rincones más oscuros cubiertos de mugre y frustración. Te has hundido en su fango y han acabado contigo. Está claro que los patanes ahora ya te conocen demasiado bien.





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