Una semana más marcada por la aproximación inexorable de los días santos (Espartaco en el horizonte), que amenizarán nuestras seculares y anticristianas existencias. La Guerra es un monstruo devorador de conciencias, de dinero, de esperanzas, de honradez, de luz, de Vida. Son tiempos estos donde reina la oscuridad y las tinieblas se extienden desde la tierra bushiana de Mordor. Blair es un Uruk- ¡ay! de nueva generación y el orco Aznar (qué feo es el tipo) trata de esconder sus podridas entrañas tras la máscara de su solidificado bigote hitleriano. Las fuerzas represivas se emplean a fondo, y la gente no se atemoriza. Así las cosas, conecto el CD de Jarre, concierto en Hong Kong, y me elevo durante unos instantes electrónicos hacia la busca y captura de un sonido de Paz. Triste por no haber disfrutado de un fin de semana más corpóreo, carnal, me aproximo con cautela a una de esas obras reverenciadas desde hace largos años; la huelo, la toco, la hojeo, la acaricio, me trae un recuerdo perdido, ella era muy joven, una adolescente maravillosa, yo leía a Bergson y su Evolución creadora mientras ella preparaba el examen fin de curso, nos queríamos, todo pasó, qué tiempos los de aquel año... Levanto la mirada y un rayo de luz se posa con suavidad en mi retina excitando todos mis conos y bastoncillos, puedo percibir su murmullo quiasmático, respondo con prontitud a su urgente demanda, atravieso la estancia y lo hago. PUSH it:

Jacques Becker: La calle de la Estrapada. Considerado por muchos como el más francés de los realizadores franceses, vaya usted a saber lo que ello significa, este genial cineasta nos ofrece una amable crónica de posguerra dentro de la serie de cuatro comedias que dedicó a este objetivo, y lo hace con su habitual maestría para dibujar perfiles psicológicos y captar entramados emocionales con una aparente sencillez expositiva que jamás cae en el esquematismo simple, constituyéndose por el contrario en fina e invisible arquitectura al servicio de un interesante estudio de caracteres. El ya clásico autor de esa rotunda obra maestra que es "La evasión" nos deleita una vez más con una excelente muestra de su talento. Buena.

Gregory La Cava: Al servicio de las damas. Comedia moralizante de este maestro de la elegancia cinematográfica y de quien ya realicé una elogiosa crítica referida a su filme "La chica de la quinta avenida". Esta sin duda es una obrita menor pero no carente de interés, debido fundamentalmente a la solapada crítica que realiza al modo de vida banal y superficial ligado a la burguesía adinerada y la aristocracia decadente, hoy extensible a clase política, mediática, popular, media, etc. Siempre me ha llamado la atención que un realizador vinculado a un republicanismo reaccionario fuera capaz de trabajar con guionistas mucho más progresistas, y que le ofrecían guiones plagados de crítica mordaz contra los valores que él, La Cava, de algún modo representaba. ¿Modo de expiar la culpa? Quién sabe, lo importante es el producto final siempre agudo y divertido. En este caso un vagabundo entra a formar parte de una rica familia en el honorable puesto de mayordomo, un puesto que le permitirá socavar las bases narcisistas de algunos de sus miembros femeninos, amén de proporcionarle una oportunidad de redención vital inserta en un desenlace de didascálica moral adaptativa. Interesante.

Spike Jonze: Adaptación (El ladrón de Orquídeas). Ya el título de este, adelanto, interesante estreno plantea un serio interrogante: ¿qué se pretende contarnos con una nominación tan extraña? Quien viera la extraordinaria "Cómo ser John Malkovich" de nada puede extrañarse porque anda curado de espanto y esperará justamente eso, que Jonze le sorprenda con una historia alambicada y rocambolesca, justo la que nos ofrece a través de un guión "adaptado" de la novela de Susan Orleans por Charlie Kaufman y Donald Kaufman, siendo éste último personaje de ficción y los otros protagonistas del relato, es decir, que el proceso creativo de configuración del guión se constituye en guión del filme que lo toma por sustento, estableciendo de este modo dos coordenadas posmodernas sin las cuales es imposible comprender en su totalidad lo que nos están ofreciendo: hipertextualidad, entendida como malla de fragmentos interconectados cuya sugerida presencia articula una voluntad intrínseca de ser descubierta, y deconstrucción. Precisamente la dicaz ocurrencia que Charlie Kaufman (grande Nicholas Cage) le suelta a Donald Kaufman (grande Nicholas Cage) deconstructivista es un punto de señalización al espectador, quien ha de estar atento al continuo movimiento de ida y vuelta entre realidad y ficción, efectuado con talento por Jonze, con ciertos momentos muy destacables, y que finalmente apela a una fragmentación brutal de la propia identidad, imposible de recomponer como algo unitario o consistente puesto que más bien se trata de un collage de partes interconectadas, precisamente todas aquellas cuya comunión simbólica posibilita un proceso adaptativo de carácter neurótico pero no paralizante. Jonze acompaña a los dos gemelos en un periplo surrealista cargado de referencias evolutivas (Darwin principalmente), interrelacionadas directamente con el proceso evolutivo como fuerza primigenia de la naturaleza, bien visible en las diversificadas especies de orquídeas cuya fantasmática presencia también sirve de baliza al deseo, como un doble teleológico y complementario de toda búsqueda individual. En este sentido son los personajes interpretados por Meryl Streep y un soberbio Chris Cooper los verdaderamente absorbentes. Jonze y Kaufman trabajan con un material muy complejo y por momentos su obra roza la perfección, parece hasta sublime, pero a la postre nos damos cuenta de la autocomplacencia que muestran en algunas partes de su edificio estructural, provocando lo que una obra de esta calibre jamás debería provocar: la visión de sus propias costuras. La artificiosidad entonces gana tantos y hurta contundencia al acabado, lo cual no resta méritos a una propuesta atrevida y original, con un guión trabajado y difícil, de múltiples lecturas y referencias, pero algo lastrada por la tendencia no sólo a mostrar sino a demostrar la tesis doctrinaria del propio guionista, operada bajo una inversión de papeles y una asunción caracteriológica demasiado efectista: el genio inadaptado en realidad sufre una enfermedad adaptativa al vivir bajo el yugo de las normas ajenas, sometido a la opinión escrutadora e implacable del Otro, mientras que el superficial adaptado no lo es tanto al identificarse exclusivamente con los objetos de amor autoproclamados; ambas posturas estrategias de afrontamiento frente a las continuas demandas cambiantes del entorno, y que terminarán fundidas en un equilibrio adaptativo (visible también en partes diferenciales del filme) metaforizado por la muerte (¿venganza subliminal del guionista hacia su parte más comercial?) y posterior asimilación simbólica de un carácter (Donald) por parte del otro (Charlie). Si a alguien se le ocurre resignificar el hecho como la asimilación de un sosia generado desde la alucinación psicótica, pues también vale. Y por si fuera poco, ese proceso adaptativo también viene dado, anunciado, a partir de la asistencia de Charlie al seminario del guionista de éxito, cuyos consejos sobre el final son precisamente desmentidos por el propio guión de la película, lo cual me hace sospechar un trasfondo de ironía bien disparada o, sencillamente, que se han perdido en su propia jungla de hallazgos. Lo dicho, hay que verla. El interés y el retorcimiento mental están más que asegurados. Inteligente. (*)

Rob Marshall: Chicago. No, desde luego éste no es el musical que de haber estado vivo hubiera realizado Bob Fosse. Pero eso ya da igual. Se trata de revitalizar un género, de darle nuevos bríos, de inyectarle savia renovadora capaz de elevarlo sobre sus propias cenizas, y esto "Chicago" lo consigue perfectamente, con dignidad y solvencia indiscutibles. Rob Marshall, que se pasa como por arte de magia del rol dramatúrgico a director de cine, ofrece un grandioso espectáculo destinado a consumo masivo y diversión asegurada, con brillantes escenas musicales, magistralmente planificadas y coreografiadas, diseñando una puesta en escena de ritmo envolvente, frenético, trabajada inteligentemente desde reminiscencias clasicistas hábilmente combinadas con destellos de relampagueante modernidad, y todo ello apoyado en el trabajo de tres actores en estado de gracia artística: la belleza deslumbrante de una seductora Catherine Zeta-Jones, la perversa ingenuidad de la delgadísima (comparo con Bridget Jones) Renée Zellweger y, por supuesto, para mí lo mejor de la entrega, un Richard Gere engominado que compone un abogado cínico y manipulador con un estilo fuera de lo común (gran intérprete cuando se lo propones, pues). Mucho glamour y barras de estrellas en esta magnífica película que, no obstante, y a pesar de centrarse en la enormidad de un espectáculo vibrante, no deja de lado el abordaje de temas capaces de captar la atención del espectador, quien asiste complacido a una galería de mujeres duras, fuertes, combativas, castrantes y ambiciosas, asesinas implacables, dueñas de hombres y destinos, manipuladoras sutiles e inteligentes sirenas cuyos hipnóticos cantos no es capaz de soportar ni el Ulises más decidido, muestra y reflejo de existencias enmarcadas asimismo en la vorágine ficcional del espacio público, esa plaza donde se lidian los toros de la mentira bajo la oscura autoridad representada, nunca mejor dicho, por la irrisoria, fútil, vacua, leve y frívola teatralidad de la vida. En este sentido apunta un juicio desternillante mezcla de diferentes paroxismos en el fingimiento de la máscara, bien asentado en los precedentes que el propio guión estableció con ironía en el sublime número de los títeres, los que precisamente otorgan una lectura más atrevida y desafiante a lo que definitivamente se convierte en una orgía desenfrenada de melodías con poso nostálgico y jazzístico. Porque la existencia es un espectáculo terrible y maravilloso, tenebroso y luminoso, macabro y auténtico, redentor y condenatorio, aceptable y desdeñable, numinoso y contingente, en fin, en epítome conclusivo, verdadero y falso (y a la inversa). Actuamos en nuestro efímero paso por este valle de sombras cavernosas, y al actuar, al actuarnos, nos descubrimos fundidos con la máscara que los demás nos han colocado como elemento identificatorio, la Identidad. El aplauso final, que el público asistente a la función supuestamente real también otorgó, fue el mejor síntoma de lo que vengo afirmando: la ficción traspasó la pantalla y se adueñó del auditorio, en un movimiento inclusivo de ida y vuelta que nos convirtió en espectadores partícipes de las pasajeras carnestolendas del incierto transcurrir. Y es que todo es improvisado, todo es incierto, todo es maleable, todo es... Jazz. Muy Buena. (**)

Rene Clair: Me casé con una bruja. Estupenda comedia de puro entretenimiento al servicio de dos intérpretes tan buenos como Fredrich March y Veronica Lake, una rubia majestuosa y radiante a la que Rene Clair supo sacar el mejor partido posible en la piel, hermosa y nacarada piel, de una perversa bruja con dotes incontestables. ¿Puro entretenimiento dije? Como suelen practicar las buenas comedias, siempre lo he afirmado, y ésta lo es, la cinta también ofrece más planos de lectura, siendo tal vez el más evidente aquel que apela a efectuar una lectura descreída acerca del matrimonio convencional y sus mecanismos de poder y engaño, perfectamente reflejados en la relación del futuro gobernador con quien no llegará a ser su esposa, otra bruja de esclavizantes hechizos. Buena.

Woody Allen: Recuerdos. El gran Allen y la hermosísima Charlotte Rampling son los protagonistas de esta no por menos conocida peor entrega del genio que representa este singular cineasta, un hombre capaz de reflexionar con ironía, sagacidad, mordacidad e inteligente humor sobre los temas más importantes de la existencia, la abstracta y la concreta de cada día y de cada uno de nosotros, siempre iluminado con la lucidez preclara del creador curioso que no deja de maravillarse al contemplar desde nuevas perspectivas asuntos sepultados bajo el insoportable peso de las normas y creencias pertenecientes al acerbo intelectual del hombre común, éste sí, el más común de los humanos. En esa ocasión establece un análisis de su propio carácter, diseccionando su proceso creativo, el entorno adulador que le rodea, sus temores, anhelos y profundas inseguridades de las que sabe extraer el material que su indiscutible genio sublimará en arte, pasando inductivamente de lo meramente anecdótico a lo generalizable y universal. Esta línea indagatoria de Allen culminará en esa extraordinaria obra maestra llamada "Deconstruyendo a Harry", un monumento de inconcebible lucidez vital. Allen jamás defrauda. Muy Buena.

Carlos Carrera: El crimen del padre Amaro. Basado en la novela homónima de 1875 del portugués Eça de Queirós, el filme de Carrera es un valiente alegato en contra de la hipocresía reinante en la podrida institución eclesiástica representada por la Iglesia Católica, y a favor de la crítica necesaria que sus propios miembros deberían plantearse realizar desde sus vergonzantes templos de oro, en realidad de barro. El padre Amaro, un joven tímido, manipulador y extremadamente ambicioso, perfectamente encarnado por el gran intérprete en que ya se ha convertido Gael García Bernal, resumen la postura acomodaticia, hipócrita, egoísta y transigente con la explotación, la miseria, la manipulación y el enriquecimiento de unos pocos, la(s) Iglesia(s) entre ellos, gracias a la explotación inmisericorde de muchos, muchísimos, un ejército de desposeídos, de moribundos, a los que los supuestos herederos de la doctrina de Cristo les vuelven la espalda de un modo vejatorio y cruel. De esta forma la mentira se instala en el corazón de la ortodoxia y la institución puede cerrar los ojos a la exterminación de inocentes, expulsando incluso de sus filas a aquellos de sus integrantes más próximos a las bases fundantes (léase teólogos de la liberación). Al remontar el río hacia el hontanar de esa podredumbre, Carrera abre en canal las defensas protectoras de toda esa mala conciencia y hurga sin contemplaciones en la actitud cobarde y malsana de un sacerdote únicamente temeroso de su propio fracaso profesional dentro de la jerarquía de poder instalada en la secta, responsable final de la trágica muerte de su amante y el hijo que ambos esperaban, todavía por nacer. Un duro golpe en pleno rostro de los fabricantes de mentiras universales, las peores, pues éstas ofrecen falsas respuestas a enigmas sin solución y aquellos las utilizan en exclusivo beneficio propio. Muy Buena.

Y ya nos alejamos una semana más, con la excitación en el cuerpo y la alegría no disimulada porque ese gran autor que es Pedro Almodóvar ha vuelto a hacer historia. Es muy grande y han sabido reconocer su excepcional talento. Al César lo que le pertenece y esta entrega de las estatuillas ha sido valiente y atrevida, premiando la Calidad por encima de todo, con un gran triunfador, Roman Polanski (su obra fue calificada por el Rincón de Obra Maestra y en homenaje de este gran realizador volveremos a incluirla la semana próxima) y su enorme "El Pianista", una obra llamada a convertirse en Clásico. Enhorabuena a los premiados y no dejéis de adaptaros a este entorno hostil que nos acecha utilizando un modo de afrontamiento inteligente y crítico. ¿Hay otra forma de hacerlo si lo que se desea es mantener la cordura?

(*) Chris Cooper ha obtenido el premio a mejor actor de reparto.

(**) Mejor película en la entrega de los Oscar 2003. La venus Zeta-Jones es la afortunada elegida como mejor actriz secundaria. Nada que objetar.

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Escenarios Adaptativos
Fecha de publicación: 2003-03-26 20:44:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1243 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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